Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 4. Con el viento en contra #2
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4. Con el viento en contra #2

—Ah, ya —repuso Julia, perdiendo el entusiasmo de golpe—. Claro. Está previsto que siga haciendo buen tiempo. Si Jens también tiene el día libre, deberíais aprovecharlo.

En lugar de visitar a Abián Bencomo en su casa, Julia decidió acudir de buena mañana al puerto antes de que atracaran los barcos pesqueros.

De ese modo podría hacerse una idea de la competencia con la que tendría que disputarse el género.

Toto le había contado a qué hora llegaría más o menos, y, para que no se le hiciese tarde, se presentó en el muelle antes incluso de que amaneciera.

Era una madrugada encantadora. La luna menguante flotaba a dos palmos por encima del horizonte, arrojando sus reflejos plateados sobre el azul nocturno del agua.

Las olas golpeaban el muro del puerto a un ritmo regular, meciendo los botes amarrados y rompiendo suavemente en la estrecha playa de arena que había al lado.

Le llegaba el olor de las algas y de las hierbas agridulces que crecían entre las rocas que delimitaban el puerto por uno de los lados.

Cuando de repente se mezcló con el de un cigarro, miró a su alrededor preguntándose quién más estaba despierto tan temprano.

Vio a un hombre apoyado con indiferencia en un montón de aperos de pesca, resguardado de la luz de la luna.

—Buenos días —lo saludó ella.

Una voz grave le respondió.

—¿Usted también está esperando a que lleguen los barcos?

—No se puede esperar otra cosa aquí —contestó el tipo, riendo en voz baja—. No eres de la zona, ¿verdad?

—Me llamo Julia Brunner —se presentó ella. Poco a poco la oscuridad se iba disipando y el cielo adoptó aquel tono azul aterciopelado que tanto le gustaba, aunque todavía no podía distinguir el rostro del desconocido—. Tienes razón, no llevo mucho tiempo en la isla. ¿Y tú?

—Yo nací aquí —se limitó a responder. Durante un rato se hizo el silencio y solo se dejó oír el chapoteo del agua entre los barcos y el suave romper de las olas en la pequeña playa vecina—. ¿Eres la alemana que quiere reabrir el Mesón Flor de Sal?

—Exacto, esa soy yo —respondió Julia—. En realidad, ya lo he reabierto.

¿Y tú? ¿También regentas un restaurante?

—preguntó. Al ver que el tipo asentía con un murmullo, repasó mentalmente los locales de alto nivel de la isla, ya que los había visitado casi todos durante las últimas semanas para hacerse una idea de cuál sería su competencia.

Uno de ellos le había llamado especialmente la atención por la gran cantidad de platos de pescado que ofrecía—.

¿La Lubina? —preguntó para probar suerte.

—Pues sí —replicó el tipo, aunque esa vez su voz grave sonó sorprendida—. Me llamo Rayco Baute —se presentó, y la figura se movió para extender una mano hacia Julia. Ella se la estrechó y por fin pudo divisar el rostro anguloso de aquel hombre.

—Encantada —dijo de corazón.

Sentía respeto por el dueño, ya que había comido muy bien en La Lubina, aunque tampoco había sido una experiencia excelente. Intuyó que a él no le haría ninguna gracia saber que estaba allí para arrebatarle una parte de las capturas de los pescadores.

—Ahí vienen —dijo Rayco, señalando con la barbilla hacia mar abierto, donde el resplandor rosado del amanecer destacaba las siluetas oscuras de cinco barcos tan pequeños que parecían de juguete—. ¿Qué buscas?

—He venido a ver qué tienen —respondió ella.

Rayco soltó una carcajada ronca que sonó casi como un ataque de tos.

—Tendrán lo que hayas encargado —dijo—. Si han podido capturarlo.

—¿Y qué has pedido tú?

—Lubina, por supuesto. Al fin y al cabo, la gente nos conoce por eso. Y luego otras cosillas: sardinas, salmonetes, longorones. Enseguida lo verás.

Ya se oía el ronroneo de los motores. ¿Los cinco barcos eran de Abián?

—¿A qué pescador se lo has encargado? —le preguntó Julia.

Rayco le lanzó una mirada que ella no supo cómo interpretar.

—¿A quién quieres comprarle tú? —preguntó con aire estratégico.

Julia tragó saliva. ¿Era sensato confiárselo a un competidor? Daba igual. Tarde o temprano se acabaría enterando.

—A Abián Bencomo —dijo, armándose de coraje.

Su interlocutor guardó silencio. Durante unos momentos, Julia recordó su antigua vida, cuando en Alemania se levantaba a altas horas de la madrugada para ir al mercado de pescado a comprar género.

Por supuesto, allí también tenía que reaccionar rápidamente y prestar atención para que la competencia no le quitara ante sus narices la mejor mercancía.

Y, aun así, aquello era muy distinto de lo que estaba haciendo en ese instante: aguardar en un pequeño puerto solitario a que regresaran los pescadores con la esperanza de que compartieran con ella los tesoros del mar.

—¿Y por qué precisamente Abián? —preguntó Rayco.

—Porque es el mejor —replicó Julia, y le pareció detectar algo semejante a una mirada de reconocimiento en sus ojos a la primera luz de la mañana.

A partir de entonces todo sucedió con una rapidez sorprendente.

De repente el muelle se llenó de hombres, y Julia no comprendió cómo habían podido aparecer de forma tan súbita.

Algunos ayudaron a atracar los barcos recogiendo las velas y amarrándolos a tierra firme.

Mientras subían cajas por la rampa de hormigón, intercambiaban frases en el dialecto de la isla, de manera que Julia no comprendió ni una palabra.

Desconcertada, se quedó en segundo plano intentando distinguir a Abián entre los marineros a la luz del amanecer.

¿Era el que llevaba el gorro de lana calado hasta la frente?

¿O el que tenía puesta la capucha del anorak?

Vio que Rayco ya había apartado unas cuantas cajas repletas de pescados plateados cuando por fin lo encontró: estaba justo delante de ella, negociando impasible con el dueño de La Lubina.

—Hola, Abián —lo llamó, y de inmediato al menos media docena de hombres se volvieron hacia ella. Era la única mujer allí y, al parecer, nadie se había percatado todavía de su presencia—. ¿Qué tienes para mí? —preguntó con decisión, señalando hacia las cajas.

Durante unos momentos se hizo el silencio. Ningún hombre dijo nada. Abián se quitó la gorra antes de hablar.

—Lo siento, Julia. Ya está todo adjudicado.

Como si aquella respuesta hubiera sido una señal, los demás reanudaron los gritos y las risas de repente.

Rayco colocó la quinta caja encima de las demás y le lanzó a Julia una mirada de reojo. Tal vez sintió lástima por ella, aunque quizá simplemente se alegraba de su desgracia. En cualquier caso, fue el único que le dirigió la palabra de nuevo.

—Te lo habías imaginado más fácil de lo que es. Mucha suerte —le dijo, tocándose la gorra con los dedos antes de cargar las cajas en su Land Rover.

Julia esperó a que todos los demás se marcharan antes de abordar otra vez a Abián.

—¿Tienes un momento para que hablemos? —le preguntó.

El pescador titubeó un poco. Julia ya empezaba a temer que le dijera claramente que no pensaba hacer negocios con ella cuando, al parecer, cambió de opinión.

—Tomemos un café —propuso, y con un movimiento de cabeza le indicó que lo siguiera. Frente al muelle había un pequeño bar abierto en el que se habían reunido ya sus compañeros—. Para ser sincero —empezó a decir en cuanto tuvo la tacita humeante en la mano—, he cambiado de opinión.

—Pero ¿por qué? —preguntó Julia.

—Por el Alemán —respondió, y a Julia estuvo a punto de caérsele la taza al oírlo—. No sabía que eras su hermana. Y con gente como él...

—Yo no soy gente como él —lo interrumpió Julia indignada—. Mi hermano se dedica a su negocio y yo, al mío. Ya sé que no es muy correcto porque la familia es la familia, pero yo no quiero saber nada de él ni de lo que hace.

Abián soltó un resoplido desdeñoso.

—Ya lo vimos el sábado —comentó con desprecio—. Lo vimos perfectamente. Lo siento, pero sería una lás­tima que mi pescado acabara en un chiringuito para turistas.

—El Flor de Sal no lo es y jamás lo será —repuso Julia, levantando la voz. Los compañeros de Abián se volvieron hacia ellos con interés, interrumpiendo sus conversaciones—. Jens se presentó el sábado con aquella gente sin consultármelo. No volverá a suceder.

Los clientes del bar estaban muy pendientes de lo que decían, y Julia tuvo muy claro que lo que estaba ocurriendo allí correría como la pólvora por toda la isla.

—Sea como sea —dijo Abián—, ya tengo a mis clientes. No puedo servir a nadie más. Será mejor que te busques a otro pescador —sentenció, volviéndose hacia sus colegas—. ¿Quién de vosotros tiene ganas y tiempo de pescar para la señorita?

La respuesta que recibió fue un silencio gélido. Algunos hombres se quedaron mirando a Julia con desprecio, otros con curiosidad, pero nadie dijo ni una sola palabra.

—Muy bien —concedió ella finalmente con toda la calma que fue capaz de reunir—. Ya veo que no. Gracias por el café.

Dejó la taza sobre la barra, se dio la vuelta y salió del bar. Una vez fuera, se detuvo un momento junto a la puerta para recuperar el aliento y apaciguar el corazón, que le latía con fuerza debido a la frustración y la ira que sentía por culpa de Jens.

—¿Por qué eres tan duro con ella? —oyó que le preguntaban los hombres—. Belén dice que la chica vale la pena.

—¿La hermana del Alemán? Belén se ha hecho vieja —respondió Abián, y a Julia oír eso casi le dolió más que su rechazo.

Regresó a su coche a toda prisa. Sin duda Abián no era el único pescador de la isla. Conseguiría el género que buscaba, uno de calidad. Y en algún momento aquellos tipos tan torpes se darían cuenta de que habían cometido una injusticia.

—Es una verdadera lástima —dijo Álvaro, tendiéndole una copa a Julia—. ¿Crees que debería volver a hablar con Toto?

Como tantas otras veces, ella había bajado un pícnic delicioso al jardín de sal. Tomó un sorbo del vino blanco espumoso y apoyó la espalda en la pared de roca. Amo vigilaba desde lo alto de una peña, mirando hacia la bahía.