Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 4. Con el viento en contra
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4. Con el viento en contra

CON EL VIENTO EN CONTRA

El domingo por la mañana, Julia estuvo esperando en vano la llegada de Amelie. Luego el restaurante se llenó y estuvo demasiado ocupada para pensar en ella. Ya por la tarde, al ver que todavía no había llegado y que no le respondía al móvil, empezó a preocuparse seriamente.

Comenzaba a anochecer cuando el coche de Amelie por fin aparcó bajo el drago.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Julia después de saludar a su amiga—. ¿No me dijiste que vendrías después del desayuno?

—Sí, eso me había propuesto —respondió Amelie. Parecía muy animada, tenía los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas—. Pero es que no te lo creerás: tu hermano entró en el comedor mientras desayunaba.

Julia contuvo el aliento un instante. De repente recordó el motivo por el que Jens había decidido pasar de nuevo por la finca. Había preguntado por Amelie antes de que empezaran a pelearse. Lo había olvidado por completo.

—Menuda coincidencia —prosiguió su amiga mientras sacaba su maleta del coche—. Jens tenía que hacer no sé qué en mi hotel y me encontró en el comedor. ¿Y sabes qué? Me invitó a una excursión. ¿No te parece todo un detalle?

Julia tragó saliva. Sin embargo, Amelie tampoco esperó a que le respondiera.

—Me ha llevado hasta el punto más alto de la isla. Ay, ha sido simplemente maravilloso.

—¿Y ha llevado también a sus clientes? —preguntó Julia con cautela.

—No, eso ha sido lo bonito —respondió Amelie emocionada—. Hoy tenía el día libre. Me ha dicho que en realidad le habría gustado pasar a recogerme anoche. Ay, si lo hubiese sabido...

Entretanto, llegaron al cuarto que Julia había preparado para su amiga. Estaba en el piso de arriba, como todas las habitaciones privadas, y daba al interior de la isla. Desde allí se veía el pueblo de montaña y, a lo lejos, las estribaciones del viejo cráter del volcán.

—¿Te gusta? —preguntó Julia, recorriendo con la mirada una vez más la cama recién hecha y las toallas que había dejado preparadas—.

Serás la primera persona que se aloje aquí.

O sea que, si echas en falta algo, dímelo, por favor.

Vamos, te enseñaré el cuarto de baño. Mientras Emil no esté aquí, será solo para ti.

Si viniera... —empezó a decir, aunque se quedó callada al pensar en lo que le había dicho Jens.

Probablemente tardaría en volver a ver al chico, y acordarse de él le arrancó un suspiro.

—Es precioso —dijo Amelie, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos, como si hasta el momento no se hubiera dado cuenta de dónde estaba.

Distraída, siguió a su amiga por el pasillo y echó un rápido vistazo al cuarto de baño—.

Ay, Julia, todavía estoy tan... No sé. Tengo la sensación de que hacía una eternidad que no pasaba un día tan bonito como hoy.

—Me alegro —respondió Julia. Claro, Jens también debía de tener sus cosas buenas, aunque, por desgracia, a ella no le diera nunca la oportunidad de verlas—. ¿Tienes hambre? —le preguntó a Amelie.

Su amiga negó con la cabeza.

—Jens me ha invitado a comer, por eso he llegado tan tarde. Lo siento, debería haberte llamado. Espero no haberte preocupado. Es que ni siquiera se me ha ocurrido encender el móvil en ningún momento.

Habían vuelto a la habitación de invitados y Amelie se sentó en la cama.

—¿Sabes una cosa? —preguntó, mirando a Julia.

—¿Qué? —dijo esta, aunque ya empezaba a intuir que le diría algo que no le gustaría en absoluto. Cuando Amelie estaba tan animada y los ojos le brillaban tanto...

—Creo que me estoy enamorando de tu hermano.

—Eso... es... —balbuceó Julia sin saber qué decir— toda una sorpresa.

—Sí, desde luego. —Amelie asintió con entusiasmo—.

Es absolutamente asombroso. Quiero decir que siempre me has hablado de él como una persona imposible.

Y de repente me encuentro a ese hombre alto, rubio, guapo, que me sonríe mientras me mira con esos ojos tan azules...

No estaba preparada para algo así, la verdad.

Julia cerró los ojos, exasperada. Lo que le faltaba. Que el encanto rústico de Jens pudiera cautivar a Amelie... Aunque no sabía qué le sorprendía tanto. Su amiga tenía un talento sin igual para enamorarse de los hombres equivocados. Visto así, él era un candidato perfecto.

—No pareces precisamente encantada con la idea —constató Amelie, observando con atención la reacción de Julia.

—Mmm, bueno, sí —dijo ella—. Es complicado. Para empezar, Jens tiene pareja estable...

—Ah, eso —dijo Amelie, recuperando la sonrisa—.

Me ha confesado... Bueno, no se lo dirás a nadie, ¿verdad?

Se está separando de Tanja. Incluso se ha mudado temporalmente a otro piso, un apartamento turístico que no estaba ocupado.

Me ha invitado a alojarme allí, ¿sabes? Podría vivir con él si te molesto aquí. Me ha insinuado que...

—No molestas en absoluto —replicó Julia con más énfasis del que se había propuesto—. Y da igual lo que mi hermano te haya «insinuado» sobre mí, no le hagas caso. Aquí siempre habrá sitio para ti, puedes quedarte el tiempo que quieras.

—Gracias —dijo Amelie—. Es muy amable por tu parte —añadió a pesar de que no parecía en absoluto satisfecha con la respuesta.

«Nada le apetece más que mudarse cuanto antes a casa de Jens» —pensó Julia.

—Oye, Amelie —empezó a decir—, respecto a mi hermano...

—Ya sé que no os lleváis bien —la interrumpió Amelie—. Me ha contado que os peleasteis anoche.

—Bueno, pues no quiero ni saber qué más te habrá contado —repuso Julia enojada—.

Pero es cierto: Jens y yo no nos llevamos nada bien.

Me perjudica siempre que puede y no es capaz de dejarme en paz.

Le prohíbe a su hijo que se relacione con unas personas u otras sin criterio, y no se da cuenta del daño que le hace a la gente.

Tienes razón, sin duda nuestra relación no pasa por su mejor momento.

Solo tengo que decirte una cosa: no soy capaz de imaginar que Jens se tome en serio lo vuestro.

Se hizo el silencio en la habitación de invitados, y las últimas palabras que Julia había pronunciado resonaron en las paredes de piedra. Amelie se quedó pálida de repente y el brillo desapareció de sus ojos. Julia ya lamentaba lo que acababa de decir. En realidad, ¿qué podía saber ella?

¿Y si Amelie resultaba ser la mujer capaz de conseguir que su hermano sentara la cabeza de una vez por todas?

Como lo había logrado en su momento Alice, la madre de Emil, que había perdido la vida hacía unos años en un accidente de coche.

No obstante, poco después de llegar a la isla, Julia se había enterado de que Jens ya se había liado con Tanja antes de que su esposa muriera.

La fidelidad no era su fuerte, no lo había sido ni siquiera durante sus exitosos años como ciclista de montaña profesional en la modalidad de descenso, por lo que le había contado Alice en una ocasión.

Sin embargo, su carrera había terminado hacía mucho tiempo y, aun así, parecía que siguiera mostrándose como ese héroe audaz por el que se peleaban las mujeres.

Y, a juzgar por cómo había embelesado a Amelie, no había perdido su encanto.

—Veo que no te alegras por mí.

Horrorizada, Julia se dio cuenta de que a Amelie se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Por supuesto que te deseo toda la felicidad del mundo —se apresuró a decir, sentándose junto a su amiga y pasándole un brazo por el hombro—.

Solo es que no quiero que te haga daño. Y te aseguro que, por desgracia, Jens tiene un talento excepcional para eso —añadió.

Soltó un suspiro y, al ver que las lágrimas empezaban a recorrer las mejillas de Amelie, se apresuró a matizar sus palabras, arrepentida—.

Es posible que simplemente yo no sea capaz de ver a mi hermano como a un amante —dijo, y, al ver que eso hacía reír a su amiga, respiró aliviada.

Le dio otro abrazo y se puso en pie—. Primero instálate —le propuso—, y, si te apetece tener un poco de compañía, nos encontrarás a Álvaro y a mí en el jardín.

Pasaron dos alegres horas bajo el níspero. Los tres evitaron mencionar a Jens durante la conversación y Julia consiguió incluso dejar de pensar en él.

—Entonces, ¿qué días estará abierto el restaurante? —preguntó Amelie.

—Los domingos solo abriremos a mediodía porque los españoles suelen cerrar la semana cenando en familia. Y el lunes descansaremos —explicó Julia—. Es decir, mañana. Los demás días abriremos a las doce con una carta reducida, y a partir de las siete ofreceremos tres menús...

—... uno con carne, otro con pescado y otro vegetariano —dijo Amelie con una sonrisa, terminando la frase de su amiga.

—Exacto, me conoces demasiado bien —respondió Julia, riendo.

—Pero solo sé de tu vida dentro de un restaurante —precisó Amelie—. Por lo demás, no sé casi nada de ti.

—Es que antes no tenía más vida —añadió Julia con aire reflexivo, y le cogió la mano a Álvaro.

Este respondió con un apretón afectuoso. Julia se dio cuenta entonces de que Amelie se apresuraba a desviar la mirada, y de repente fue consciente de lo doloroso que debía de resultar para alguien soltero como ella ver lo felices que eran como pareja.

—Mañana tengo que ir a ver a Abián Bencomo —dijo al cabo de un rato mientras llevaban las copas a la cocina y las lavaban—.

Es el pescador que esperaba que pudiera convertirse en mi proveedor.

Por desgracia, ayer se marchó de repente cuando Jens se presentó aquí con sus clientes.

Espero poder convencerlo de que me incluya en su lista de clientes a pesar de todo.

No es fácil conseguir algo así aquí —explicó mientras se secaba las manos y se volvía hacia Amelie—.

Por mucho que cueste creer que alguien que vive en una isla pueda tener dificultades para conseguir pescado fresco y capturado con criterios sostenibles.

¿Quieres venir conmigo y lo atacamos con nuestro encanto combinado?

—le preguntó a su amiga con una sonrisa de complicidad. Sin embargo, ella no se la devolvió.

—Mañana Jens quiere ir a nadar conmigo —dijo.