Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 3. El asalto #3
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3. El asalto #3

—Y ese chucho —prosiguió Jens, señalando hacia él con una mueca de asco— seguro que también ahuyentará a los clientes.

—Ya basta —lo interrumpió Julia malhumorada—. Pue­des irte a dar consejitos a otra parte. Aquí no te los ha pedido nadie.

—Bueno, oye —dijo Jens como si quisiera empezar de nuevo—, tal vez deberías darme las gracias. Al fin y al cabo, te he hecho mucha publicidad.

—Pues esa clase de publicidad mejor ahórratela de ahora en adelante.

No puedes presentarte sin previo aviso con un grupo de clientes tan numeroso.

No tienes ni idea de cómo se organiza una cocina —replicó Julia con vehemencia—.

Déjame en paz, ¿de acuerdo? Ha sido un día muy largo y agotador, y tú no has contribuido precisamen­te a ponerme las cosas fáciles.

—Pues sí que empiezas bien. Un solo día y ya te has cansado —se burló Jens.

—Vete a casa. ¡Vamos! —le espetó Julia indignada—. No me apetece discutir contigo.

Dicho esto, se dio la vuelta con la intención de encerrar a Amo de nuevo en el cobertizo, ya que tiraba con tanta fuerza para morder a Jens en la pantorrilla que prácticamente se estaba estrangulando con el collar.

—¿Te parece bien echar a tu propio hermano de ese modo? —preguntó él, levantando la voz de una forma que parecía indicar que a continuación vendría uno de sus ataques de cólera. Sin embargo, en lugar de mantener la calma y dejar de hacerle caso, fue Julia quien perdió el control por completo.

—¡Que te marches de una vez! —le gritó—.

¿No te basta con el comportamiento indecente que has demostrado este mediodía?

¿Con traerme a todos esos turistas para que se abalanzaran sobre mi bufé como unos salvajes?

¿Con contarles que estaba incluido en el precio?

Y ahora escúchame bien: este restaurante no es un local de comida rápida para tus recorridos turísticos, para que tus clientes se llenen la barriga a mi costa.

Si no eres capaz de venir a verme y negociar un acuerdo justo, no quiero volver a saber de ti y de tu gente. ¿Está claro?

Jens se quedó paralizado como una estatua de sal.

Y la verdad es que Julia se sorprendió al menos tanto como él.

En la vida le había gritado a su hermano.

¿Cómo había podido perder los estribos de ese modo?

Incluso Amo se quedó quieto de repente, como mostrándose satisfecho al ver que su dueña por fin ponía orden.

—Cariño —oyó decir a Álvaro con preocupación, y enseguida notó su mano en el hombro—. ¿Qué está pasando aquí?

Por supuesto, él no había comprendido nada del intercambio de reproches que acababa de tener lugar entre ella y su hermano. Al fin y al cabo, habían estado discutiendo en alemán.

—Todo va bien —le dijo, y ella misma se dio cuenta de lo falso que había sonado.

—De acuerdo —replicó Jens airado—, ya me marcho.

Pero, si me echas, te aviso de que tardarás en volver a ver a Emil —la amenazó, dando unos pasos hacia su minibús, y se giró una vez más hacia ella—.

Por cierto, ¿dónde está ese sinvergüenza?

—preguntó. Hacía más o menos una hora que Emil se había marchado con la familia de su amigo—. ¿No se habrá escondido en tu casa?

—No —respondió Julia con más calma. No pensaba delatar al chico.

Desde hacía varias semanas pasaba mucho tiempo en la finca de Maribel y Paco, y sabía que allí lo estaban criando mejor que en su casa.

Además, durante mucho tiempo a Jens le había parecido bien.

Ignoraba qué tenía de repente contra aquella familia—.

Si te preocuparas más por él, sabrías dónde está.

Dicho esto, dio media vuelta y dejó a su hermano allí plantado.

—No es que gestione muy bien el estrés —oyó como le decía Jens a Álvaro en español—. ¿Cómo la aguantas?

—Aléjate de ella, Alemán —replicó él—. Si no, tendrás que vértelas conmigo.

A continuación, se oyó un ruido sordo y Julia se dio la vuelta.

Los dos hombres se habían enzarzado de repente en una pelea. Amo se zafó de ella y empezó a rodearlos entre ladridos. Álvaro, que era bastante más alto que Jens, impuso su ventaja en un abrir y cerrar de ojos y le torció el brazo tras la espalda a su contrincante para inmovilizarlo.

—Ya has oído a tu hermana —dijo. Parecía la calma personificada—. Será mejor que hagas lo que te dice.

Acto seguido, lo empujó hacia el minibús. Aun así, el Alemán no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente.

Rápido como un rayo, se dio la vuelta y se abalanzó con la cabeza gacha hacia Álvaro. Este lo vio venir y lo redujo con otra llave. Amo por fin se decidió a intervenir y empezó a tirar de la pernera del pantalón de Jens.

—¿Qué ocurre? —preguntó Álvaro en tono burlón—. ¿No has tenido suficiente?

—¡Basta! —gritó Julia. Amo obedeció al instante, y Álvaro también soltó a su hermano.

Al ver que Jens levantaba los puños de nuevo, corrió a interponerse entre ellos—.

He dicho basta —insistió con calma y determinación, mirando a su hermano.

De repente se acordó de lo que le había dicho Amelie—.

No sé qué intentas demostrar, a ti mismo y a nosotros.

¿Que eres más listo? ¿Más rápido? ¿Más atractivo?

¿Que eres mejor en general? Las cosas no funcionan así. Por una vez intenta ser más amable.

Cuando por fin Jens subió al minibús y se largó dejando tras él una nube de polvo, Julia se echó a llorar.

—Siempre tiene que estropearlo todo.

—Shhh —respondió Álvaro—, no estropeará nada si tú no lo permites, cariño. Mientras permanezcamos unidos, no lo conseguirá.

«Pero sabe cómo hacerme daño», pensó Julia mientras intentaba recuperar la calma. Y por enésima vez se preguntó por qué le había tocado tener como hermano a una persona tan horrible.