3. El asalto #2
—No debemos olvidar —reflexionó Belén— que mucha gente de aquí vive del turismo. No sería nada bueno para nosotros que dejaran de venir extranjeros de vacaciones.
—Es solo que... —objetó Lorita sin mucha decisión— si estamos celebrando aquí una reunión familiar y de repente aparece un autobús como ese...
—Eso no volverá a suceder —aseguró Julia, notando cómo el sudor le empapaba la espalda de nuevo—.
Les pido disculpas por lo que ha ocurrido antes —dijo, pensando en las bandejas saqueadas sin compasión—.
Y, si deciden celebrar una reunión familiar aquí, deben saber que estoy más que dispuesta a dedicar el restaurante en exclusiva a su grupo, de manera que se sientan más cómodos.
Intentó leer en los rostros de sus invitados cómo recibían lo que acababa de decir, y la intuición le indicó que lo más prudente sería cambiar de tema.
—Bueno, y ahora ha llegado el momento de probar algo dulce, ¿no les parece?
Como si hubiera pronunciado una contraseña, justo en ese instante Fayna y Tina aparecieron cargadas con bandejas llenas con el surtido de galletas de la cooperativa de viudas.
—Estoy muy contenta de tener entre mis colaboradoras a las fantásticas reposteras del Horno de la Delicia, que proveerán a mi restaurante con sus maravillosas elaboraciones.
Esto es prácticamente un estreno, puesto que serán ustedes los primeros en probar unas galletas horneadas en exclusiva para el mesón siguiendo una receta propia.
No solo yo, sino también Nunzia, Rosaria, Pilar y Candelaria tenemos mucha curiosidad por saber qué les parecen.
—Y tanto que queremos saberlo —exclamó Pilar, que ese día se había puesto un pañuelo de encaje fino sobre el vestido negro—. Para nosotras es un honor trabajar para un restaurante tan elegante como este. ¿Verdad, amigas?
Las demás asintieron con entusiasmo y observaron con expectación cómo los invitados las iban cogiendo.
Por supuesto, además de las galletas, sirvieron unos vasitos con algunas nuevas creaciones: panna cotta con higos frescos, papaya cortada y marinada en licor de naranja con menta silvestre y también la receta que más enorgullecía a Julia, unos cubitos de crocante de almendras con miel de montaña y flor de sal de la salina de Álvaro que tuvieron una gran acogida.
Para terminar, se sirvieron cafés y licores de producción local.
Las expresiones de escepticismo se relajaron un poco y los invitados se sentaron formando grupos más o menos reducidos para charlar sobre los buenos tiempos.
Todos coincidieron en lo bonito que era que el Mesón Flor de Sal hubiera renacido.
Por encima de todo, nadie se dio cuenta del momento en el que los turistas volvieron a subir por la cuesta para montarse de nuevo, ya agotados, en el autobús, con el que Jens se los llevó de allí.
Eran más o menos las seis de la tarde cuando se marcharon los últimos invitados, y Devi, Paola y Carmen volvieron a ponerse manos a la obra para recogerlo y limpiarlo todo. El pobre Amo por fin quedó liberado y Julia le compensó el encierro con una ración extra de comida.
Antes de que Álvaro acompañara a su abuela de vuelta a la residencia, pasaron un rato sentados en el jardín con Amelie, bajo el níspero.
—El día ha sido un gran éxito —le aseguró Belén a Julia con una convicción absoluta—. Y la verdad es que te lo merecías, te lo has ganado con creces. Los platos eran excelentes, he podido catarlos todos. Y te recuerdo que yo también soy cocinera, por lo que tengo buen criterio.
—No has podido ni probar el asado —objetó Julia con pesar—. Los turistas han sido más rápidos.
Belén la miró con una expresión bondadosa en los ojos y ella no pudo evitar pensar una vez más en lo mucho que le recordaban a los de Álvaro.
—No deberías darle más vueltas —le aconsejó—. Nunca se puede complacer a todos los invitados —sentenció. Entonces su mirada se desvió de Julia para centrarse en Amelie—. Lo ha hecho usted de maravilla —le dijo a modo de reconocimiento—. ¿También se dedica a esto?
—Cielos —exclamó Julia—. ¡Si ni siquiera os he presentado! Amelie es la mejor jefa de servicio que te puedas imaginar. Hemos trabajado juntas mucho tiempo.
—Me alegro de haber podido echar una mano —respondió Amelie después de enterarse de que fueron Belén y su marido los que fundaron el mesón hacía más de treinta años—.
Al principio la verdad es que no comprendí por qué Julia había decidido dejar su carrera en Alemania.
Supongo que ya sabéis que en su país es toda una celebridad.
—No pasará mucho tiempo antes de que se haga famosa también aquí —opinó Belén con confianza mientras empezaba a buscar su bastón para indicar que quería marcharse.
Álvaro se levantó de inmediato para ayudar a su abuela—.
Pero ahora me gustaría volver a casa. Ha sido un día lleno de emociones —le dijo a Julia antes de darle un sentido abrazo—. ¡No sabes lo orgullosa que estoy de ti!
Julia sintió la calidez de aquella mujer menuda y tenaz, aspiró el aroma de sus cabellos, que siempre olían un poco a violetas, y de repente sintió cómo desaparecía la tensión que la había estado atenazando.
—Gracias —le dijo en voz baja.
—¿Adónde tiene que ir? —preguntó Amelie mientras caminaban juntas hacia el aparcamiento que quedaba bajo el drago—. Si quiere, puedo llevarla hasta Santa Cruz. Mi hotel está allí.
—Muchas gracias —respondió Belén con alegría—. Pero solo si a partir de ahora me hablas de tú. Más que nada porque es la costumbre en la isla.
—¿Lo dices en serio? —le preguntó Álvaro a su abuela, preocupado.
—Claro que sí —replicó Belén—. Así esta joven tan eficiente podrá contarme durante el trayecto un poco más sobre su trabajo en Alemania. La verdad es que me interesa muchísimo.
Mientras Álvaro ayudaba a su abuela a entrar en el coche que Belén había alquilado, Julia le dio un fuerte abrazo a su amiga.
—Cuánto me alegro de que hayas venido —le dijo—. Te lo agradezco mucho. Sin ti seguro que habría perdido la cabeza cuando los turistas se han abalanzado sobre nosotros como una plaga de langostas.
Amelie se rio.
—Sí, ya lo he visto —dijo, respondiendo al abrazo de Julia.
Luego se apartó un poco de ella y la miró con seriedad—.
Todo el mundo quiere experimentar algo especial durante las vacaciones.
Y los clientes de Jens lo han encontrado hoy aquí gracias a ti.
Créeme, no todos eran tan horribles; muchos se han llevado tu folleto.
Seguro que vuelven un día u otro. Y solos, sin formar parte de un grupo enorme.
Y, respecto a tu hermano..., a mí no me parece que sea tan malo.
Solo quiere demostrar su valía. Igual que tú.
Julia se la quedó mirando perpleja. «Pero si yo no quiero demostrar nada», quiso replicar cuando Amelie abrió la puerta del coche.
—Oye —decidió decir en lugar de eso, reteniendo a su amiga un momento más—. Si hubiera sabido que vendrías, te habría preparado una de las habitaciones de invitados.
—No quería ser una carga más para ti —repuso Amelie—. Nadie sabe mejor que yo lo estresante que puede llegar a ser un día como este.
—Da igual. Mañana te mudas aquí con nosotros, ¿de acuerdo? ¿O quieres ver primero la habitación?
Amelie soltó una alegre carcajada.
—No lo necesito, ya te digo que sí —respondió—, pero solo si me aseguras que no será una molestia para vosotros.
—¡En absoluto!
—Fantástico. Pues hasta mañana. Vendré después del desayuno, ¿te parece bien?
—Perfecto —dijo Julia.
Amelie se montó en el coche, se aseguró de que Belén tuviera el cinturón bien abrochado y se pusieron en marcha mientras Julia y Álvaro las despedían con la mano.
—¿Y bien? —preguntó Álvaro, envolviéndole los hombros con un brazo—. ¿Estás contenta?
Julia suspiró. Si Jens no hubiera aparecido, podría decirle que sí de todo corazón. Entonces le vino a la mente una cosa.
—Oye, ¿de verdad has bajado al jardín de sal con mi hermano y toda esa gente? ¿A quién se le ha ocurrido la idea?
Álvaro estaba a punto de responder cuando oyeron el ruido de un motor que se acercaba. Julia se volvió sorprendida.
¿Se le habría olvidado algo a Belén?
Amo pasó como una flecha junto a ellos, ladrando con furia al vehículo recién llegado, y empezó a dar vueltas a su alrededor.
Por mucho que Julia lo llamara, aquel perro habitualmente tan obediente no le hacía ni caso.
Y es que ese no era el coche de Amelie, sino un minibús con la inscripción JENS brUNNER, PROFESIONAL DEL OUTDOOR .
—Lo de bajar al jardín de sal ha sido idea suya —dijo Álvaro mientras ayudaba a Julia a contener a Amo para evitar que terminara bajo las ruedas del vehículo.
Al final consiguieron atraparlo, el minibús se detuvo del todo y Jens salió de él.
—¿Tu amiga todavía está por aquí? —preguntó, pasándose una vez más las manos por el pelo como si quisiera asegurarse de que estaba tan atractivo como se sentía, y esbozó una sonrisa cautivadora.
—¿A quién te refieres? —le preguntó Julia desconcertada. Amo no paraba de gruñir con el pelaje del lomo claramente erizado.
—Bueno, a esa rubia que ha reaccionado tan bien cuando he llegado con los turistas. Al contrario que tú, por cierto —dijo Jens mientras cruzaba el portal del patio a sus anchas.
—No, Amelie ya no está —respondió Julia airada.
¿Qué demonios quería de ella?
—¿Dónde se ha metido, entonces? ¿La has mandado a un hotel? —preguntó Jens, negando con incredulidad—. ¡Menuda anfitriona estás hecha! ¿No tienes sitio de sobra aquí para alojar a tu amiga? Creo que deberías trabajar con urgencia en tu mindset .
—¿En mi qué? —exclamó Julia con los puños apoyados en las caderas antes de dar un paso hacia su hermano.
—En tu enfoque interior —respondió Jens impasible—. La hospitalidad no funciona de este modo, créeme. Si continúas así, tendrás que volver a cerrar pronto tu restaurante y...
Como si hubiera comprendido todas y cada una de las palabras, Amo empezó a ladrar de nuevo con una furia renovada. A Julia le costó mucho apaciguarlo.