3. El asalto
EL ASALTO
—Hola, hermanita de mi corazón. —Julia no podía dar crédito a lo que veían sus ojos.
Ante la puerta abierta del autobús estaba ni más ni menos que su hermano—.
¡Felicidades por la inauguración! Te he traído unos cuantos clientes para que los turistas conozcan también tu restaurante —siguió diciendo Jens.
Hizo una seña y de inmediato se abrió la puerta trasera, de la que empezaron a salir personas que miraban a su alrededor con aire crítico antes de dirigirse hacia el arco de la entrada.
—O sea, que esto es un mesón típico —oyó Julia que una mujer le comentaba a su marido—. Bueno, esperemos que aquí nos den de comer algo decente y que no vuelvan a ponernos queso de cabra, como en todas partes.
Consternada, Julia los siguió con la vista.
—¿Qué? Te has quedado sin palabras, ¿verdad? —dijo Jens, pasándose la mano por la espesa melena rubia con desenfado, claramente satisfecho con la situación—. No estaría mal que me dieras las gracias para variar.
—Pero ¿cuántos son? —preguntó Julia cuando por fin recuperó el habla. No paraba de bajar gente del autobús, aquello parecía no tener fin—. ¿Cincuenta? ¿Sesenta? Cielos, Jens, ¿por qué no me has avisado?
—Pensaba que hoy era un día de puertas abiertas —replicó él—. No hacía falta inscribirse, ¿no? —preguntó. Negó con la cabeza, interpretando la reacción de su hermana como un gesto ingrato, y procedió a entrar en el patio como si el restaurante le perteneciera.
Julia, que se apresuró a seguirlo, no podía creer lo que veía.
Los clientes de Jens se lanzaron como azores sobre las bandejas artísticamente decoradas.
Fayna intentó en vano quitarle el cuchillo de la mano a una enérgica señora que estaba masacrando el atún mientras ofrecía generosos pedazos a sus amigas.
—Un momento —intervino Julia—. Esto no es un autoservicio. Por favor, deme ese cuchillo.
Sin embargo, la mujer no se mostró dispuesta a obedecer hasta que hubo servido el último pedazo de atún a su pareja. Sobre la bandeja había solo unos retazos, parecía un campo de batalla. El bonito también había sido saqueado, y del asado solo quedaron un par de lonchas.
—Bueno, no sé si esto está bien —dijo otra turista, lanzándole una mirada interrogante a su marido—. ¿Podemos servirnos nosotros mismos? —preguntó buscando a Julia con la vista.
—El señor Brunner nos ha dicho que está incluido en el precio —respondió la primera mujer, dejando por fin el cuchillo sobre la mesa para dar buena cuenta de su botín.
—Pero dígame —le dijo un señor mayor a Julia mientras pinchaba un gran trozo de atún que tenía en el plato—. ¿Es usted la cocinera? ¡Este pescado no está bien asado! Espero que no salgamos de aquí con salmonela.
«Con otra cosa saldrán si no paran», quiso responder Julia furiosa, pero justo en ese momento alguien le dio un toquecito en el hombro, invitándola a hacerse a un lado.
—Tú métete en la cocina e intenta reponer existencias —le dijo Amelie en voz baja—. Déjamelo a mí. Álvaro, ¿tenéis más mesas y sillas en alguna parte?
Su amiga empezó a negociar con Jens con mucho aplomo mientras Álvaro y Sam colocaban rápidamente más asientos frente al portal.
Al cabo de un rato que a Julia se le hizo eterno, consiguió reunir a todo aquel grupo bajo el drago, manteniéndolo así alejado del bufé.
No obstante, algunos de los lugareños se marcharon de la fiesta indignados.
Entre ellos, y para horror de Julia, Abián Bencomo y su esposa.
Toto, que se llevaba mal con Jens desde hacía tiempo, se había retirado junto con Naira y Pepe a un rincón del patio como si estuvieran conspirando.
¿También estaban pensando en irse de la fiesta?
Serena, en cambio, se puso a ayudar a Álvaro y a los demás mientras el bueno de Amo no paraba de ladrar desde el cobertizo en el que estaba encerrado.
Julia notó cómo las lágrimas empezaban a acumulársele en los ojos.
Todo había salido de maravilla hasta que a su hermano se le había ocurrido presentarse con aquel grupo de turistas, lo que había indignado a los lugareños.
Tuvo la sensación de percibir a través de un velo las miradas extrañadas de sus vecinos observando el bufé saqueado, por lo que ayudó a Fayna y a Tina a recogerlo cuanto antes.
Luego regresó al sitio en el que se sentía más segura: la cocina.
Allí humedeció un paño limpio con agua fría y se lo puso encima de los ojos. «Tranquila —se dijo—, no pierdas los nervios. Solo es Jens». Al fin y al cabo, ya sabía desde hacía tiempo que su hermano se comportaba como un elefante en una cacharrería allá adonde iba.
Por eso decidió actuar de la forma más profesional posible y centrarse en empezar de nuevo.
Por suerte, todavía tenía más pescado en el refrigerador y, mientras lo fileteaba con precisión y eficiencia para meterlo en el horno, logró calmarse un poco.
Le enseñó a Paola dónde guardaba más berenjenas marinadas, calabacines, pimientos amarillos y rojos, así como gírgolas, y mandó servir las bandejas bellamente decoradas junto con cestas llenas de panecillos recién horneados.
—¿Se ha marchado? —oyó decir a una voz amedrentada a su espalda.
Se dio la vuelta y vio a Emil asomado a la puerta que llevaba hacia el pasillo. Tras él reconoció también a Manuel y al Rostro, que es como todos llamaban al nieto de Maribel. Al parecer, se habían retirado a la habitación que Julia tenía reservada para su ahijado en la planta superior.
—¿Tu padre? No lo sé —respondió ella—. ¿Por qué te escondes de él?
Con un gesto muy parecido al que había hecho Jens hacía un rato, Emil se apartó un mechón rebelde de la frente. Sin embargo, a diferencia de su padre, su ademán fue más bien apocado y lleno de inquietud.
—Es mejor que no me vea aquí —dijo al fin—. Últimamente tiene algo contra el Rostro y su familia, y me ha prohibido que pase tiempo con ellos.
—Ajá —dijo Julia contrariada por aquella nueva complicación—. Entonces, ¿dónde cree que has dormido esta noche?
—Bueno, en casa —replicó Emil con obstinación—. Con Tanja.
—No lo entiendo. Pero si él también vive allí —dijo Julia sin comprender nada. Tanja era la pareja de su hermano, mucho más joven que él, y Emil no se llevaba bien con ella—. ¿Me estás diciendo que...? —empezó a preguntar cuando una sospecha terrible se apoderó de ella.
—Pasa la noche fuera de casa muy a menudo —le explicó Emil—. No para de pelearse con Tanja, y, como ella me dijo que podía hacer lo que me diera la gana, me he instalado en casa del Rostro.
Julia metió la bandeja de pescado en el horno y se lavó las manos. No eran precisamente buenas noticias.
—Oye, Emil, no quiero verme envuelta en una guerra entre tu padre y tú —dijo demostrando más irritación de lo que se había propuesto.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó su ahijado abriendo mucho sus grandes ojos azules.
—No, pero...
Fayna entró en la cocina y dejó un montón de platos sucios en el lavavajillas.
—Los turistas han bajado al jardín de sal —informó.
—¡Oh, no! ¡Encima eso! —exclamó Julia—. ¿Álvaro lo sabe?
Fayna asintió mientras llenaba una cesta de pan.
—Sí, ha bajado con ellos. Y después, según el Alemán, seguirán hacia el siguiente punto de interés —explicó, guiñándole un ojo a Julia para tranquilizarla, aunque la verdad es que no tuvo el efecto deseado.
«El Alemán» era el apodo con el que los lugareños se referían a su hermano, y no de un modo bienintencionado precisamente.
O sea, que aquellos turistas estaban pisoteando el jardín de sal. ¿Y a Álvaro le parecía bien?
Julia solo esperaba que aquello no le comportara todavía más problemas.
—¿Y nuestros invitados? —preguntó con preocupación—. ¿Se han marchado muchos?
—Solo unos cuantos —dijo Fayna, intentando apaciguarla—. Los demás ya se han olvidado de lo sucedido —aseguró mientras cogía otra bandeja para sacarla al patio—. Ay, por cierto: todos preguntan dónde te has metido. Cuando tengas tiempo, pasa a verlos de nuevo.
—Gracias —dijo Julia, respirando hondo y pensando que había sido una suerte poder contratar a esa mujer tan competente.
—¡Todo despejado! —exclamó Emil con alegría, y pasó corriendo junto a Fayna con sus amigos en dirección al patio.
Julia suspiró. Se había imaginado que el día de la inauguración sería muy distinto. Le sabía especialmente mal que Abián ya se hubiera marchado porque le habría gustado intentar convencerlo para que fuese su proveedor de pescado. Pero, bueno, tendría que hacerlo en otra ocasión.
Se recompuso, subió con rapidez a su habitación para refrescarse y se empolvó un poco la cara, enrojecida por las emociones. Respiró hondo unas cuantas veces y luego salió a atender a los invitados.
—... en todas las familias hay una oveja negra —oyó decir a Belén—.
¡Solo hay que ver la nuestra, por ejemplo!
Si el imbécil de mi yerno no hubiera perdido esta finca en una apuesta hace treinta años...
Bueno, yo qué sé. Lo hecho hecho está. Y el Alemán...
—La anciana se quedó callada cuando se percató de la presencia de Julia—.
Lo que quería decir —prosiguió más tensa— es que a partir del hermano no se pueden sacar conclusiones sobre la hermana.
—Ya —intervino el alcalde con escepticismo—, pero si esto se convierte en una atracción turística y no paran de venir grupos como ese...
—Apreciado alcalde —lo interrumpió Belén con la autoridad que le confería haber sido la propietaria del Mesón Flor de Sal—.
Los restaurantes están para que pueda acudir a comer quien quiera.
Y, si a los turistas extranjeros les apetece apreciar la excelente cocina de Julia, no somos nadie para impedírselo, ¿no cree?
Algunos asintieron con vacilación, mientras que otros clavaron la mirada en el suelo o reaccionaron arqueando las cejas.
—Hablaré con mi hermano —intervino Julia—. Y por supuesto que todo el mundo será bienvenido, pero siempre que se comporten como es debido.