Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 2. La visita inesperada #2
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2. La visita inesperada #2

Devi también se había puesto uno de los delantales de servicio y estaba ayudando a Fayna y a Tina a reponer constantemente el bufé de tapas y a recoger los platos vacíos.

Julia regresó al patio cargada con una gran bandeja de albóndigas en salsa de tomate picante, justo a tiempo para dar la bienvenida a sus amigos Maribel y Paco, que tenían una granja de cabras y un colmenar muy cerca de la finca.

Aunque Maribel podría haber sido su madre, Julia se sentía muy unida a aquella mujer tan generosa y sencilla.

Además, su ahijado, Emil, había encontrado en la granja un segundo hogar porque él y el nieto de Maribel, Acorán, eran compañeros de clase y se habían hecho muy amigos.

Ese día los chicos también acudieron y, después de que Emil saludara efusivamente a su tía, los dos se marcharon corriendo con Amo al jardín trasero de la finca y tardaron un buen rato en dejarse ver de nuevo.

—El bufé es un deleite para los ojos —comentó Maribel con admiración.

—Mira, es tu queso de cabra —le dijo Julia a Paco, ofreciéndoles unos platitos.

—¿Qué le has hecho? —quiso saber él después de probarlo—. Tiene un aroma completamente nuevo.

—Lo he aderezado con un vinagre de nísperos que he elaborado yo misma —le confió Julia—. ¿Te gusta?

—¡Y tanto!

—Tenéis que probar también los otros platos —les dijo Julia, asegurándose de que no les faltara el espumoso. Al ver que otros vecinos se acercaban a abrazar a sus amigos, volvió a centrar su atención en el servicio.

Su mirada recorrió con maestría el bufé lleno de platos diminutos dispuestos de forma exquisita: manchego con gelatina de membrillo, pulpo con unas gotas de aceite de chile y finísimas tiras de piel de limón rehogadas.

Y los rollitos de pez limón, por fortuna, un pescado abundante en la costa palmera.

—Esto es absolutamente delicioso —oyó decir a una voz bien conocida tras ella.

Cuando se dio la vuelta, descubrió al grupo de amigos que Álvaro conservaba desde la juventud.

Serena se estaba relamiendo los labios, y junto a ella estaban Naira, Toto y, por supuesto, también Pepe—.

¿Se puede saber qué llevan estos rollitos de pescado?

—le preguntó Serena a Julia—. Por favor, paradme o me zamparé la bandeja entera.

Se había arreglado con esmero, y ese día llevaba la larga melena, de ese color castaño oscuro y brillante que tanto fascinaba a Julia, recogida con elegancia, de manera que parecía toda una reina.

Naira, la prima de Álvaro, a la que al principio Julia había tomado por su novia, también se había ataviado para la ocasión con un vestido de lino azul celeste sin mangas, e incluso se había maquillado cuidadosamente el delicado rostro de muñeca, algo que solo hacía en contadas ocasiones.

—Seguro que no querrá revelarnos la receta —dijo con una sonrisa maliciosa—. ¿Verdad?

—Podríamos organizar un curso de cocina entre amigas y os lo enseño —propuso Julia.

—¿Perdona? —intervino Pepe—. ¿Y los hombres no podemos participar? Esto es claramente una discriminación, Julia.

—Si quieres venir, serás bienvenido —respondió ella, riendo con alegría—. ¿Qué me dices, Toto? ¿Tú también quieres aprender?

—Yo me ofrezco como catador —repuso el hermano de Tina, levantándose de la frente el viejo sombrero de paja sin el que no salía nunca de casa—. Y como abrebo­tellas.

Los demás se rieron.

—Te tomamos la palabra —dijo Julia, recorriendo al resto de los invitados con la mirada.

—Ahí viene Abián con su esposa —dijo Toto, señalando hacia el arco de la puerta, por el que acababa de entrar un hombre bajo y fornido acompañado por una mujer pelirroja de aspecto delicado—. Ven, os presentaré. Es el pescador del que te ha hablado mi padre.

—Ah, sí —repuso Julia emocionada—, Juan ha sido muy amable.

Juntos fueron al encuentro del pescador, que se había quedado en el patio con su esposa, buscando con la mirada a algún conocido entre los presentes.

—¡Bienvenidos! —los saludó Julia con una sonrisa—. Me alegro de que hayan venido. ¿Les apetece una copa de espumoso?

Le hizo una seña a Tina mientras Toto empezaba a charlar con Abián sobre la protección de costas y el tiempo, que ese año estaba siendo demasiado seco.

—Me llamo Julia —le dijo a la esposa de Abián, tendiéndole una de las copas que Tina trajo en una bandeja.

—Yo soy Dácil —respondió la pelirroja, observándola con interés.

—¿También es un nombre tradicional en las Canarias? —quiso saber Julia—. Todos suenan muy misteriosos.

La esposa del pescador sonrió.

—A nosotros nos suenan completamente normales —re­plicó—. Dácil significa «luminosa». En cambio, no sabría decirle lo que significa Abián.

La conversación de los hombres quedó interrumpida y Julia aprovechó el momento para sacar el tema que le interesaba.

—Por favor, prueben mis tapas —les pidió, eligiendo con cuidado dos platillos de pez limón para ofrecérselos a sus invitados.

Abián examinó con atención el rollito antes de degustarlo.

—¿A quién le ha comprado el pescado? —le preguntó.

—Al pescadero del mercado de Los Llanos —respondió Julia, intentando interpretar su expresión.

—¿Y está usted satisfecha con este pez limón?

Al parecer, se había propuesto someterla a una especie de examen. Julia sonrió.

—La calidad es buena; de lo contrario, no lo habría utilizado —respondió—. Es lo suficientemente fresco para servir los filetes marinados. Eso sí, los he visto mejores. El ejemplar era demasiado joven cuando lo capturaron. El aroma aún no estaba formado del todo.

El pescador asintió. Julia se planteó si valía la pena ir al grano, pero al final decidió esperar.

Era mejor no precipitarse. Primero quería que Abián y Dácil se sintieran cómodos con ella.

Ya hablarían más tarde sobre negocios. De momento decidió guiarlos hasta el padre de Toto, no sin antes pasar por el bufé y recomendarles que probaran el pulpo.

El patio se había llenado y Julia vio muchas caras conocidas.

Saludó a las mujeres de la cooperativa de viudas, que habían acudido con sus familiares, así como a la maestra de Emil, a quien también había invitado, lo que había horrorizado a los chicos.

Fayna y Tina apenas daban abasto con las bebidas, y los entrantes se estaban agotando.

Había llegado el momento de meter el pescado en el horno y cortar el asado.

Julia se retiró a la cocina, donde Paola ya había elegido las bandejas adecuadas y estaba controlando la temperatura del horno.

Estaban sirviendo las bandejas maravillosamente decoradas con la carne entre los aplausos de los invitados, así como las mitades de pescado cocinadas a la perfección, cuando un gran autobús turístico entró traqueteando por la pista y se detuvo bajo el drago.

—¿Has invitado al equipo de fútbol de Santa Cruz? —le preguntó Álvaro sorprendido mientras le traía a Julia un gran vaso de agua mineral con una rodaja de limón. Cuando trabajaba, siempre se olvidaba de cuidarse.

Ella se encogió de hombros, desconcertada, y vació el vaso con grandes tragos. De repente Amo apareció de nuevo y rodeó el autobús ladrando con furia.

—No tengo ni idea de quién podría ser —replicó en voz baja. Dejó el vaso sobre una mesa y llamó al perro. Estaba tan alterado que Álvaro tuvo que agarrarlo por el collar—. Por favor, enciérralo en el cobertizo —le pidió Julia.

Luego se dirigió hacia el vehículo. Un montón de rostros desconocidos la miraron desde las ventanillas del autobús, y una sensación de inquietud se apoderó de repente de ella.