Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 2. La visita inesperada
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2. La visita inesperada

LA VISITA INESPERADA

A las once en punto terminaron los preparativos.

Paola y Carmen fregaron una vez más el suelo de la cocina y del restaurante mientras Devi inspeccionaba los baños con ojo crítico antes de dar el visto bueno.

Fayna y Tina llevaron las bandejas con las tapas de bienvenida al bufé.

Julia estaba controlando el asado cuando oyó llegar el primer coche.

Curiosa, salió a ver quién era. Una mujer de unos treinta y cinco años con el pelo corto y rubio salió del vehículo y miró a su alrededor con los ojos muy abiertos. Amo le olisqueó el dobladillo de la falda con cautela y empezó a menear el rabo.

—Amelie —gritó Julia sorprendida, corriendo al encuentro de su antigua compañera de trabajo—. ¿Qué te trae por aquí? —exclamó exultante mientras abrazaba a su amiga.

—Un avión —se limitó a responder Amelie, dedicándole una sonrisa—. Y luego este coche que he alquilado.

—Tú lo sabías, ¿verdad? —le preguntó Julia a Álvaro, que en esos momentos se les acercaba sonriendo.

—Veo que la sorpresa ha salido bien —replicó él con satisfacción—. Bienvenida —añadió, dirigiéndose a Amelie—. Me alegro de conocerte por fin en persona. Julia me ha hablado mucho sobre ti.

A Julia no se le escapó lo impresionada que quedó Amelie con Álvaro. Y no podía reprochárselo, ya que era increíblemente atractivo. Llevaba puesta una camisa blanca tradicional de la isla y unos vaqueros nuevos.

—Yo también me alegro —respondió Amelie encantada mientras contemplaba el drago y las vistas al Atlántico—. ¡Esto es realmente maravilloso! —exclamó—. ¡Es todavía más bonito que en las fotos!

—¡Entra! —la invitó Julia, cogiéndola de la mano para guiarla hasta el patio interior—. ¿Has desayunado?

—Sí, en el hotel —respondió Amelie, examinando el bufé con ojo experto—. Pero me tomaría un café con gusto, si no es molestia.

Fayna apareció enseguida, demostrando que también estaba al corriente de la sorpresa. Llevaba una bandeja en la mano con una taza de café y un vasito de agua.

—Bienvenida —dijo.

—Fayna se encarga del servicio —explicó Julia complacida con la profesionalidad de su nueva empleada, a la que se dirigió en español—: Amelie es jefa de servicio en un local de primera clase de Alemania...

—Era —la corrigió Amelie. Le dio las gracias a Fayna con una sonrisa y aceptó el café.

Julia abrió unos ojos como platos. Por un lado, le había sorprendido que su amiga hablara español, pero también la novedad que acababa de contarle.

—Estuve trabajando un año entero en Bilbao, ¿no lo sabías?

—Claro —respondió Julia, dándose una palmada en la frente—. Pero cuéntame lo del trabajo. Creía que te llevabas bien con el nuevo propietario del restaurante —le dijo, cambiando otra vez al alemán.

—Sí, al principio sí —respondió Amelie, poniendo los ojos en blanco. Julia ya empezaba a intuir lo que debía de haber ocurrido—. Digamos que demasiado bien y todo. Y luego ya no. Ya sabes que no tengo suerte con los hombres de los que me enamoro.

—Ay, Amelie, cuánto lo siento —dijo Julia—. ¿Qué piensas hacer ahora?

—Lo mismo que hiciste tú en primavera —respondió ella con una mueca divertida—. Tomarme un descanso.

—Una idea excelente —replicó Julia con una sonrisa—. Y no podrías haber elegido un lugar mejor que este.

Entretanto, habían llegado ya varios visitantes y el patio se fue llenando de gente del pueblo vecino.

Primero parecían tímidos, pero, después de que las ayudantes de Julia les sirvieran bebidas, se soltaron un poco y empezaron a curiosear por la finca.

Amo, que había comprendido que todas aquellas personas entraban con el permiso de Julia, saludaba a los que llegaban meneando el rabo y rodeando al creciente grupo de invitados como si fuera un rebaño al que tuviese que custodiar.

—Ha quedado muy bonito —comentó la esposa del alcalde plantada frente al gran portal que daba acceso al restaurante.

—Por favor, entre y véalo con calma —la invitó Julia, y la guio personalmente hasta el comedor.

—Ay, tutéame y llámame Lorita, como todo el mundo —respondió la mujer, mostrando al sonreír un pequeño hueco entre los incisivos superiores, lo que de algún modo le daba un aspecto simpático—.

¡Es impresionante! —exclamó cuando levantó la vista hacia la gran claraboya, por cuyos cristales esmerilados entraban los rayos de sol tamizados que iluminaban la sala.

Julia había colgado de las vigas del techo macetas con helechos y flores del paraíso, lo que confería a la estancia un encanto digno de un cas­tillo de cuento de hadas.

—Básicamente me he limitado a conservar y renovar lo que encontré —explicó con modestia.

—Eso es subestimar la verdad —resonó una voz desde el umbral.

Una figura menuda apoyada en un bastón apareció a contraluz.

—¡Belén! —exclamó Julia mientras acudía a recibir a la abuela de Álvaro—. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido!

—¡Yo también! —respondió la anciana de todo corazón.

Muchos años atrás había sido la propietaria de la vieja posada, y sus dotes culinarias eran legendarias—.

¡Este es un gran día para todos nosotros!

No te imaginas lo feliz que me hace que, después de tanto tiempo, por fin vuelva a haber vida en este lugar.

Y hay que dejar una cosa bien clara —dijo Belén, dirigiéndose a Lorita—: Julia ha conseguido aquí algo imposible.

Ha logrado modernizar esta vieja casucha manteniendo el mismo espíritu. ¡Y sin saber cómo era antes!

—Tal vez sea precisamente por eso —reflexionó Lorita—.

Solo conozco las viejas historias de oídas, ya que por aquel entonces todavía era muy jovencita y no vivía en esta parte de la isla para poder verlo por mí misma.

Creo que solo alguien que no supiera nada sobre todo aquello podría haber abordado el asunto con tanta imparcialidad como Julia.

—Cierto —intervino una voz de hombre. Era la de Baltasar, el marido de Lorita, que desde hacía un año era el alcalde del pueblo.

Lo seguían Juan Pérez y su esposa, Beatriz, los padres de Tina y del mejor amigo de Álvaro, Toto—.

Todos nos alegramos mucho de que estés aquí, Julia.

Más vale no pensar en aquellas viejas historias —dijo en un tono algo rígido y forzado, y es que el hombre todavía tenía presente la hostilidad con la que su comunidad, y sobre todo Juan Pérez, había recibido a Julia al principio.

—No, hoy es un día de celebración —convino Julia, y le hizo una seña a Tina, que se acercó con cuidado cargada con una bandeja llena de copas de espumoso recién servidas en la barra—. Brindemos por el Flor de Sal y sobre todo por una buena relación como vecinos.

—¡Y porque el mesón sea un gran éxito! —añadió Baltasar—. Al fin y al cabo, a toda nuestra comunidad le interesa que la gente se fije en esta zona tan remota en la que vivimos.

Se oyó el tintineo armonioso de las copas chocando en un brindis y Julia respiró hondo. Una vez más se dio cuenta de lo mucho que le había afectado al principio todo aquel rechazo.

—Toto me ha dicho que buscas un pescador de confianza que te pueda vender sus productos —le dijo Juan Pérez.

—Así es —respondió ella. Las cadenas de suministro de pescado fresco de la isla seguían siendo un misterio—.

Para mí es muy importante que sea pescado de la mejor calidad y capturado con criterios sostenibles.

Hasta ahora lo he comprado en el mercado.

Pero a la larga el que se vende allí no me parece lo suficientemente fresco.

Juan Pérez asintió.

—Me he tomado la libertad de pedirle a Abián Bencomo que venga para que os conozcáis. Es un viejo amigo de la familia. Creo que es justo el hombre que necesitas.

—Oh, eres muy amable, muchas gracias —dijo Julia. No se habría atrevido a esperar que precisamente el que había sido su peor enemigo pudiera ayudarla con eso—. Tu criterio es muy importante para mí —añadió—. Al fin y al cabo, fuiste pescador.

—Igual que mi padre y mi abuelo —repuso Juan Pérez, asintiendo con seriedad—.

Pero esos tiempos quedaron atrás hace mucho.

Las costas están sobreexplotadas. No todos cumplen con las normativas y las cuotas asignadas, y a eso hay que sumar los numerosos pescadores privados que no declaran sus capturas.

Abián es de los prudentes. Él y su gente no utilizan ni nasas ni traínas, solo cañas, lo que les permite capturar con precisión lo que se les encarga y ajustar con el cebo el tamaño de las presas.

Por supuesto, únicamente pesca lo que le corresponde.

La mayoría de los buenos restaurantes de La Palma son clientes suyos.

—¿Y todavía podrá pescar para mí? —preguntó Julia.

Juan Pérez asintió con la cabeza.

—Si no pudiera, creo que no habría aceptado venir. Aunque lo mejor será que se lo preguntes tú misma.

Más gente del pueblo se unió al grupo para conversar con Juan. Julia aprovechó para echar un vistazo en la cocina, donde comprobó que Paola seguía trabajando con diligencia, llenando el horno de panecillos de manera que pudieran ir sirviéndolos recién hechos en el bufé a intervalos regulares.

—No te preocupes —le aseguró la enérgica española de buen humor—. ¡Lo tengo todo controlado!