Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 1. Ilusión #3
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1. Ilusión #3

Todavía en camisón, bajó a la cocina, en la que flotaba el delicioso aroma del rosbif que había metido en el horno antes de acostarse para que se asara muy lentamente a cincuenta y ocho grados.

Se aseguró de que la masa de pan que había preparado la noche anterior hubiera crecido como era de esperar y comprobó que en el horno de piedra todavía quedaban brasas.

Se apresuró a llenarlo con más leña para reavivar el fuego, se preparó un café bien cargado y se llevó la taza al cuarto de baño.

Bajo la ducha repasó mentalmente una vez más todo lo que tenía que hacer.

Tapas, luego un bufé frío y caliente, para el que había preparado el rosbif en honor a su origen alemán, pero también cocinaría mitades enteras de atún y bonito, así como brochetas de patata de las diferentes variedades que se encontraban en las Canarias, todas de colores y sabores distintos; además, verduras de diversas clases que ya había asado y marinado al estilo de los antipasti italianos y que había presentado en bandejas formando unos patrones preciosos.

Se vistió con ropa de trabajo limpia, se recogió la larga melena rubia en una trenza con la que luego formó un moño y se puso el gorro de cocinera.

Cogió la suave y aromática masa de pan, empezó a moldear con gran habilidad unos diminutos panecillos de una forma característica, puntiaguda, y llenó con ellos una bandeja tras otra que iba cubriendo con paños y apilando en una estantería especialmente diseñada para ello que tenía en la despensa.

Cuando un resplandor de color salmón apareció en el cielo de la mañana y las brasas alcanzaron el punto perfecto, colocó seis bollos para el desayuno en una bandeja que procedió a meter en el horno.

El aroma a pan recién hecho se había apoderado del aire cuando Álvaro entró en la cocina. Ya se había duchado y el pelo húmedo le caía rizado sobre los hombros.

—Mmmm —murmuró—, ¡qué bien huele! —exclamó antes de abrazar a Julia y olisquearle el cuello—. ¿Eres tú? ¿O viene del horno?

Ella se rio y lo besó con ternura.

Los panecillos aún estaban calientes cuando los abrieron por la mitad.

Los copos de mantequilla que Julia distribuyó por encima se derritieron al instante.

Luego espolvoreó unas flores de sal de Álvaro y le dio un mordisco a uno.

El sabor dulce de la mantequilla contrastaba con la sal, mientras que el pan recién horneado se encargaba de rematar el conjunto.

—Simplemente delicioso —murmuró con la boca llena.

Álvaro roció su panecillo con aceite de oliva y también lo sazonó con flor de sal. De repente Amo empezó a ladrar en el patio.

—Debe de ser Nunzia, tenía que traer las galletas de la cooperativa de viudas —dijo Julia, y fue a comprobar si estaba en lo cierto.

Un coche con la inscripción HORNO DE LA DELICIA había aparcado bajo el drago, pero no se apeó nadie. Cuando Julia salió al patio, vio los rizos plateados de Nunzia tras la ventanilla. La viuda se la quedó mirando con los ojos muy abiertos tras los cristales de las gafas.

—¿Puedes llamar al perro? —le pidió al ver que Julia se inclinaba hacia ella.

—No tienes nada que temer —dijo para tranquilizar a Nunzia mientras agarraba al garafiano por el collar—. Amo no le hace nada a nadie.

—Eso lo dices tú —replicó la repostera, lanzándole una mirada recelosa al bonito perro pastor, de pelaje largo y rojizo—. La cuestión es si él lo sabe.

Julia se rio.

—Si quieres, lo encerraré en el cobertizo mientras estés aquí. Aunque es posible que se ofenda, porque realmente es un perro ejemplar y solo cumple con su deber —explicó mientras abría la puerta de uno de los edificios contiguos para meter a Amo dentro.

Sin embargo, el astuto garafiano ya había comprendido lo que ocurría y se apresuró a lamer la mano de su dueña a modo de disculpa; luego huyó hacia el jardín trasero de la casa. Julia sabía que no volvería a aparecer hasta que el coche de la cooperativa repostera se hubiera marchado.

—Doscientas de cada tipo —dijo Nunzia saliendo del vehículo para inclinarse sobre el maletero y sacar una de las numerosas cajitas en las que ella y sus compañeras, Pilar, Rosaria y Candelaria, habían empaquetado las galletas preparadas según la receta de Julia.

De ellas emanaba un tentador olor a almendras, vainilla y mantequilla, entre muchos otros aromas.

—Déjame a mí —dijo Álvaro después de reunirse con ellas y saludar a la repostera con un beso en cada mejilla—. ¿Dónde quieres que las deje, cariño?

Julia se lo indicó e invitó a Nunzia a tomar una taza de café mientras probaban una de las galletas que habían horneado esa misma mañana.

Escuchó los últimos cotilleos y se rio con las divertidas anécdotas del círculo de la cooperativa de viudas, en la que cada mujer era responsable de una variedad concreta de galletas.

—Pues resulta —explicó Nunzia— que unos turistas le quitaron a Candelaria sus higos chumbos preferidos, con los que siempre prepara el relleno.

¡Y ni siquiera habían madurado del todo!

¡No sabes cómo se puso! Y luego Luis, el del ambulatorio, nos ha contado que se presentaron con un montón de espinas clavadas.

¡No sabían cómo coger los higos! Se pasó dos horas arrancándoles aquellos pinchos finos como pelos de la piel.

Encima, de partes del cuerpo que no creerías.

¿Tú sabes lo mucho que duele eso? —dijo Nunzia, riéndose y negando con la cabeza ante tanta insensatez.

Julia asintió. Si tenías mala suerte, la piel se te infectaba y te salían pústulas.

—No lo entiendo —prosiguió Nunzia con aire crítico—. Es que no se limitaron a llenar una cesta, arrasaron con toda la cosecha. Y, después de llevarse un chasco con los pinchos, seguro que tiraron todos los higos a la basura.

Julia le sirvió café. Aquella historia le había provocado sentimientos encontrados.

Esperaba que no fuera un grupo de viajeros de Jens.

Su hermano tenía una empresa turística en La Palma y ofrecía todo tipo de excursiones.

Por desgracia, demostraba muy poca sensibilidad, por lo que no era nada popular entre los isleños.

De hecho, su mala reputación en la isla al principio la había perjudicado mucho a ella.

«De tal palo, tal astilla», decía la gente.

Por suerte, a esas alturas aquello ya había cambiado, o al menos eso esperaba Julia.

Al fin y al cabo, ella tampoco se llevaba especialmente bien con su hermano, siempre discutían por cualquier nimiedad.

Había sido así desde que eran niños y, no obstante, Julia intentaba mirar para otro lado ante muchas de las cosas que hacía Jens y que a ella no le parecían bien.

Más que nada porque era el padre de Emil, y Julia quería a su ahijado por encima de todo.

Su hermano ya le había prohibido en alguna ocasión que pasaran tiempo juntos, y, para evitar que eso volviera a suceder, Julia intentaba mantener una relación aceptable con él.

Sin embargo, lo que Nunzia acababa de contarle encajaba demasiado con la clase de clientes que tenía.

—Eso de los higos chumbos es una verdadera lástima —respondió—. ¿Candelaria ha encontrado algún otro sitio para recolectarlos?

—¡Sí, claro! —replicó Nunzia—. La isla está repleta de chumberas. Hay muchas variedades distintas, aunque no todas saben tan bien.

—¿Pasaréis a comer algo más tarde? —preguntó Julia para cambiar de tema.

—¡Por supuesto! —exclamó Nunzia con una amplia sonrisa—. Al fin y al cabo, nosotras horneamos tus galletas. Estaba pensando en venir con mi hija, ¿te parece bien?

—Claro que sí —respondió Julia—. Tu familia siempre es bienvenida en mi casa. Puedes traer también a tu nieto si quieres. ¿No va a la misma clase que Emil?

—Sí, es verdad —dijo Nunzia con orgullo—. Le preguntaré a Manuel si le apetece. Bueno, tengo que marcharme. Seguro que todavía te queda mucho por hacer.

La verdad era que tenía razón. Julia ya había consultado el reloj con disimulo y había visto que eran casi las ocho.

Poco después llegaron Devi y Sam, Paola y Carmen.

Cubrieron las mesas con unos manteles blancos de damasco que tocaban prácticamente el suelo y pusieron las copas, los platos, los cubiertos y los calientaplatos.

Hacia las diez llegó Fayna acompañada por Tina, de la que prometió ocuparse.

Todo transcurrió a las mil maravillas y Julia se sintió como pez en el agua mientras preparaba las grandes mitades de atún y bonito para meterlas brevemente en el horno a la hora del almuerzo, o comprobando el asado que más tarde cortaría en finas lonchas, aún rosadas por dentro, para servirlas frías.

¡Qué ganas tenía de inaugurar por fin su restaurante!