Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 1. Ilusión #2
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1. Ilusión #2

No tardaron mucho en aclarar todos los detalles.

La ilusión se palpaba en el aire, y Julia tenía las mejillas enrojecidas por la alegría que sentía al pensar que por fin estaban a punto de empezar.

Dejó a los demás con sus tareas y se metió en la cocina para demostrar su arte una vez más.

Al fin y al cabo, en Alemania había conseguido una estrella Michelin, y encima con tan solo treinta y dos años.

De todos modos, no esperaba que ningún crítico gastronómico se perdiera por ese extremo de las islas Canarias y, además, le traía sin cuidado.

Hacía tiempo que le interesaban más otras cosas.

Había dicho adiós al estrés continuo que había vivido en Alemania, y ahora llevaba una vida más tranquila y plena.

Aun así, todos y cada uno de los platos que salieran de su cocina debían seguir siendo de una calidad excelente.

A última hora de la tarde, cuando hubo preparado todo lo necesario para el día siguiente y sus aplicadas ayudantes ya no necesitaban sus indicaciones, llenó una pequeña cesta de exquisiteces y tomó el estrecho sendero que bajaba por la ladera de roca, pasando por la cueva que usaba como alacena, hasta llegar prácticamente al nivel del mar.

Allí estaba el jardín de sal de su amado.

Durante los últimos años, Álvaro se había encargado de revivir, renovar y ampliar aquel lugar que, desde hacía mucho tiempo, servía para la producción de sal.

La que se recolectaba allí ya era conocida más allá de las fronteras del país, en las cocinas gourmet de toda Europa, y tenía tantos clientes que ni siquiera podía suministrar a todos los interesados.

Era especialmente apreciada su deliciosa flor de sal, lo que los franceses llamaban fleur de sel , que solo se formaba en la superficie de las salmueras en determinadas condiciones climáticas y debía recogerse con sumo cuidado.

En esa época, a finales de agosto, en el jardín había mucho que hacer.

La pendiente descendía algo más de doscientos metros, y el sendero rocoso era tan empinado que no resultaba apto para gente con vértigo.

A esas alturas Julia ya se había acostumbrado y se tomaba aquella cuesta agotadora como un entrenamiento ideal, ya que, al fin y al cabo, pasaba un montón de horas encerrada en la cocina.

En algunas grietas de las rocas, crecían matas de cardón canario, y en un recodo incluso había arraigado un magnífico agave.

Las gaviotas, molestas por su presencia, alzaban el vuelo entre graznidos y se dejaban llevar por el viento que soplaba sobre la extensión azul del Atlántico.

Julia rodeó un último saliente rocoso y el jardín de sal apareció frente a sus ojos con todo su esplendor. A pesar de que lo veía casi todos los días, cada vez que lo contemplaba, quedaba abrumada por su belleza.

Las instalaciones originales estaban allí desde tiempos inmemoriales, y era posible que los aborígenes canarios, los guanches, hubieran construido los primeros estanques de evaporación.

El difunto abuelo de Álvaro las había ampliado hacía décadas, y él mismo las había renovado por completo hacía poco, con lo que había conseguido convertirlas en una empresa rentable.

Aquella costa escarpada ofrecía las condiciones naturales ideales para ello.

A unos veinte metros por encima del Atlántico, había una superficie plana de roca en la que se habían excavado incontables estanques, todos ellos poco profundos.

Un ingenioso sistema de bombeado se encargaba de que siempre estuvieran llenos de agua salada, que se evaporaba gracias al sol y al viento, dejando una capa de sal pura en las piletas.

Como cada vez que llegaba a aquel lugar tan plácido, Julia admiró su belleza.

Sobre la piedra volcánica, prácticamente negra, los cristales de sal brillaban en los bordes de los estanques como diminutos fragmentos de diamante.

En algunos de ellos el agua adoptaba un tono rojizo debido a unas algas microscópicas que se distribuían en pleno proceso de descomposición, enriqueciendo así la sal con sus apreciados minerales.

En otros, en los que la sal se concentraba ya de un modo considerable, los cristales brillaban con un tono blanco lechoso o vainilla, de manera que desde arriba las instalaciones parecían una moderna obra de arte abstracto.

Entre las piletas había pasarelas de piedra por las que se podía acceder a las distintas secciones, y en ellas se almacenaba a intervalos regulares la sal ya cosechada en pequeños montones de color blanco brillante, lo que creaba un atractivo contraste con el suelo negro.

Una vez completados los estudios de Geología, Álvaro había trabajado en las salinas más importantes del mundo, lo que le había permitido acumular unos amplios conocimientos sobre ese arte tan especial.

Julia lo encontró en el extremo más alejado de la plataforma rocosa sobre la que se hallaba la salina, a unos veinte metros por encima del nivel del mar.

Estaba inclinado sobre uno de los estanques y parecía muy concentrado.

Julia supuso que estaba tomando una muestra para comprobar el contenido de sal.

Iba a llamarlo, pero cambió de opinión. No quería molestarlo mientras estuviera tan centrado en su tarea.

Ya la vería cuando se levantara. Por eso cruzó las instalaciones por una de las pasarelas más amplias que discurrían entre los estanques de sal y preparó el pícnic sobre la roca aplanada que estaba junto a la caseta del salinero.

Acababa de poner la improvisada mesa cuando Álvaro se acercó a ella con grandes pasos y le dio un abrazo.

—Me muero de hambre —susurró, mordisqueándole la oreja un momento, ante lo que Julia no pudo evitar reírse.

—He traído cosas mejores que mi oreja —replicó ella con ternura, plantándole un beso en la nariz.

Lo amaba absolutamente todo de ese hombre: su melena negra y rizada, que llevaba recogida en una coleta; la nariz prominente; la boca sensual; el rostro bronceado por el sol, con aquellos pómulos altos que le daban un aspecto algo exótico; y sobre todo los ojos, de un pardo verdoso claro indescriptible, que cambiaban según la luz y el tiempo que hacía.

—¿Cómo van los preparativos? —preguntó Álvaro, y tomó un pedazo del crujiente pan de barra con el que Julia le había hecho un bocadillo de jamón.

—Muy bien —respondió ella con la boca llena—. Todo bajo control. ¿Cómo va por aquí?

—Genial —dijo Álvaro—. Si el tiempo continúa así, en dos semanas podremos volver a cosechar. Oye, ¿eso no serán tus fenomenales berenjenas a la parrilla?

Entre los dos vaciaron con deleite la cesta de pícnic y la botella de agua mineral. Álvaro decidió dar por terminada la jornada y regresó con Julia a la finca.

Esa noche se acostaron temprano. Julia repasó una última vez lo que había planificado para el día siguiente.

Había previsto todo lo que dependía de ella, y no le había quedado más remedio que dejar el resto en manos del destino.

Era imposible saber cuánta gente se acabaría presentando el día de puertas abiertas y si aparecerían todos de golpe o acudirían a la finca poco a poco.

Sea como fuere, en su vida como cocinera profesional, ya había superado situaciones más difíciles que esa.

—¿Crees que la gente ya me ha aceptado? —preguntó en voz baja mientras se acurrucaba entre los brazos de Álvaro.

—Por supuesto —respondió él.

A Julia no le parecía tan evidente. Recordaba a la perfección lo atacada que se había sentido hasta hacía poco. Alguien le había pinchado las cuatro ruedas del coche mientras estaba en la capital de la provincia. Y luego le habían cortado el agua...

—No te lo tomes a mal —dijo Álvaro como si le hubiera leído la mente—. Creían que debían ponerse de mi parte. Al fin y al cabo, no podías saber que yo llevaba años intentando recuperar esta finca para nuestra familia. Y llegas tú, precisamente tú...

—... y te la quito de las manos —dijo Julia para terminar la frase.

Era cierto. No tenía ni idea del avispero en el que se había metido con la adquisición de la finca.

La culpa de todo había sido de Marcos, aquel astuto anciano que tantos años antes, cuando Álvaro todavía era un muchacho, había ganado la finca en una apuesta.

Y también de Belisario, el padre de Álvaro, quien se había dejado llevar por la emoción del juego y había apostado la propiedad de la familia en una partida de dominó. Y había perdido.

—Es agua pasada —le aseguró Álvaro para intentar apaciguarla—. La gente se ha dado cuenta de que eres lo mejor que podía pasarme. Y no solo a mí. Volverás a convertir el restaurante de mi abuela en la joya que fue.

Giró la cabeza hacia la pequeña pintura al óleo que estaba colgada en una de las paredes, una ingenua representación de la Virgen María.

En una mano sostenía una rosa blanca; en la otra, un cuenco con sal.

Debajo se leía «Nuestra Señora de la Sal», y la había pintado ni más ni menos que Alba, la madre de Álvaro.

—Mañana quedarán todos encantados —le aseguró, y empezó a besarla con ternura.

Por la mañana, Julia se despertó temprano.

Se liberó del abrazo de Álvaro con cuidado y se levantó sin hacer ruido.

Notó la calidez del viejo suelo de madera bajo los pies desnudos.

En lugar de bajar directamente, entró primero en la galería cubierta que rodeaba la claraboya cuadrada que iluminaba de un modo precioso el restaurante durante el día.

Levantó la mirada hacia el cielo, todavía teñido de un azul nocturno.

A pesar de que ya empezaba a amanecer, aún se veían con claridad las estrellas, que relucían como solo era posible en aquella isla tan maravillosa.

Si Julia no se puso a cantar de alegría fue solo para no despertar a Álvaro.