Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2)
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1. Ilusión
ILUSIÓN
El cielo sobre La Palma era de un azul tan brillante que Julia tuvo que pescar del bolso las gafas de sol mientras conducía por la carretera de la costa hacia la apartada finca que tenía en el norte de la isla.
La pequeña camioneta iba cargada con el aroma que desprendían las hierbas frescas, las frutas y las verduras que acababa de comprar en el mercado de la capital, y no veía el momento de ponerse a cocinar aquellas exquisiteces.
Como cada vez que recorría aquel trayecto, esa mañana también se detuvo en un mirador que le ofrecía una panorámica impresionante de la costa septentrional y de la finca Flor de Sal, que desde hacía unos meses se había convertido en su hogar.
En el fondo, todavía le costaba asumir que estuviera construyendo allí una vida junto a Álvaro.
Si alguien le hubiera dicho medio año antes que no tardaría en dejar su puesto de jefa de cocina en un local de alta gastronomía alemana para dirigir una pequeña posada rural en la isla canaria de La Palma, simplemente se habría reído.
No había previsto que una vida como la suya, que hasta el momento había seguido un curso tan lineal, pudiera dar un giro tan inesperado.
Sin embargo, desde entonces era más feliz que nunca.
Porque, en lugar de dirigir un equipo de cocineros de primera clase en una cocina profesional ultramoderna, en lugar de perseguir estrellas que solo brillaban en la Guía Michelin y no en el cielo, lo que había hecho era volver a sus orígenes: a su fascinación por la buena comida basada en las tradiciones locales.
Y a una existencia que no se centraba únicamente en el trabajo, sino también en disfrutar del tiempo para sí misma y para el amor de su vida, que había encontrado precisamente en esa isla.
Con la luz de la mañana, la finca brillaba al borde de un imponente acantilado que daba al Atlántico.
Un drago centenario se elevaba majestuoso por encima de sus muros.
Una larga pista sin asfaltar la conectaba con la estrecha carretera secundaria.
Al otro extremo, en una de las numerosas laderas de la montaña de la isla, estaba el pueblo al que pertenecía la finca con el restaurante tradicional.
Y ese fin de semana Julia se proponía despertar ese restaurante, el Flor de Sal, de su letargo.
La reapertura estaba al caer, pero todavía quedaba mucho por hacer.
Se apartó de las vistas que le ofrecía el mirador y siguió conduciendo.
La carretera descendía dibujando curvas vertiginosas por bosques de pinos y pedregales cubiertos de arbustos silvestres.
Como todo el archipiélago canario, La Palma había surgido a partir de violentas erupciones de enormes volcanes submarinos, y eso había quedado patente en el paisaje agreste y escarpado de capas de roca negra, rojiza y amarilla.
Al ver que el bar de Pipo, una simple choza de madera al borde de la carretera, estaba abierto, Julia decidió hacer una breve parada.
—Buenos días —saludó al camarero, un hombre alto y desgarbado, y pidió un café solo y bien cargado—. ¿Qué tal? —preguntó.
Pipo, conocido por ser un hombre de pocas palabras, se limitó a encogerse de hombros mientras movía la cabeza de un modo que podía significar cualquier cosa. Julia se rio para sí y vació la tacita de un trago.
—Por cierto, este fin de semana inauguramos el restaurante —le explicó—. Mañana es la jornada de puertas abiertas. Pasa a vernos si te apetece.
Pipo asintió y le pasó una pequeña pila de folletos publicitarios que ella misma había encargado imprimir.
—Ya lo sé —dijo—. Llevo toda la semana repartiendo esto.
—Gracias —repuso Julia conmovida. Más que nada porque ella no se lo había pedido y, de hecho, no tenía ni idea de cómo Pipo había conseguido aquellos folletos. Pero así eran sus nuevos vecinos: callados y a menudo misteriosos. Dejó el dinero del café sobre la barra y se despidió de él.
Todavía no había llegado al drago cuando Amo salió por el arco del portal para recibirla con alegría, con el pelaje rojizo ondeando al viento.
El pastor garafiano había aparecido de repente poco después de que Julia se mudara a la finca, y hasta el momento no había acudido nadie a reclamarlo.
Y era una suerte, porque se había encariñado de aquel perro tan fiel y ya no quería desprenderse de él.
En el espacioso patio, Sam y Devi ya estaban atareados sacando las mesas de uno de los edificios contiguos. A las diez de la mañana tenían una reunión que Julia había convocado para hablar sobre lo que harían al día siguiente y distribuir las diferentes tareas.
—Buenos días —los saludó—. Me alegro de que ya estéis aquí. ¿Llego tarde?
—No, todo va bien —respondió Devi con una sonrisa.
Como de costumbre, llevaba una camiseta que se había teñido ella misma con batik, unos coloridos pantalones indios de pata de elefante y el largo pelo rubio con innumerables trenzas y recogido en la nuca.
Ella y Sam eran inmigrantes alemanes y vivían en una cueva que habían convertido en su hogar, algo que a Julia le parecía muy exótico.
—Hemos llevado a Parvati a la escuela y luego hemos venido directamente aquí. Por cierto, recuerdos de Emil.
—¡Gracias!
Emil era el ahijado de Julia, un chico de doce años al que quería con locura y que, además, constituía el motivo principal por el que ella se había trasladado a La Palma.
Había huido en primavera del internado alemán en el que lo había dejado el hermano de Julia y, si no hubiera tenido que acompañarlo hasta la isla para que padre e hijo se reunieran, quién sabe si habría llegado a viajar jamás hasta allí.
Tras una temporada inicial algo turbulenta, a esas alturas Emil ya iba a la escuela, y resultaba que la hija de Devi, Parvati, era una de sus compañeras de clase.
—¿Podríais ayudarme a descargar las cajas del coche y llevarlas a la cocina? —pidió Julia.
—Yo puedo encargarme de eso —dijo Sam, el marido de Devi—. ¿Quieres que lo lleve todo allí o hay que guardar algo en la cueva?
Además del complejo formado por la casa principal y los edificios contiguos, la finca de Julia incluía una cueva natural.
Estaba en el camino que bajaba por la roca hasta el jardín de sal que había abajo, del que se ocupaba Álvaro, su novio.
Era espaciosa, se podía cerrar con una puerta y en el interior, incluso en pleno verano, la temperatura no subía por encima de los ocho grados, por lo que Julia la utilizaba como despensa.
Le indicó a Sam qué debía guardar allí y luego fue a buscar los documentos para la reunión.
En el patio se oyeron unas voces alegres.
Las compañeras de Devi, Paola y Carmen, acababan de llegar.
Julia las llamaba cariñosamente sus «hadas limpiadoras», sobre todo a Devi, que acudía a diario al Mesón Flor de Sal para poner orden.
Y es que Julia no habría sabido qué hacer sin ella y sin Sam, que se ocupaba del mantenimiento de la casa, el patio y el jardín.
La finca era tan grande que no habría podido encargarse de ella por sí sola.
Volvió a salir al patio cuando un pequeño Seat rojo se detuvo dejando tras de sí una nube de polvo.
Salió de él una esbelta joven con el pelo negro y rizado.
Hasta hacía poco, Fayna había trabajado en el parador El Zumacal, un hotel de lujo que estaba al otro lado de la isla.
Se había casado recientemente y, puesto que Pablo, su marido, regentaba una farmacia cercana, había decidido que sería buena idea cambiar de empleo y trabajar en el restaurante Flor de Sal aunque Julia no pudiera pagarle el sueldo al que estaba acostumbrada.
—¿Llego tarde? —preguntó con un brillo vivaz en los ojos.
—En absoluto —la tranquilizó Julia.
En realidad, todos habían llegado antes de lo esperado, algo poco habitual en las Canarias.
—¡Mañana empezamos! —exclamó Julia, y todos la miraron con expectación—.
Los invitados llegarán a partir de las once.
Aquí fuera montaremos el bufé, Sam y Devi ya se han puesto con ello —dijo, y explicó dónde debían poner las mesas y cómo tenían que distribuir los platos y las bebidas—. Primero serviremos tapas.
—Claro —dijo Carmen. En España, una fiesta era inconcebible sin ellas.
—Y vino espumoso para darles la bienvenida.
El espumoso era la variante canaria del cava, y Julia tenía almacenadas en la cueva un montón de cajas de una bodega palmera excelente.
—Después habrá platos de verduras, carne y pescado. A partir de las tres de la tarde, serviremos los postres.
Aclararon quién ayudaría a Fayna a servir y quién se encargaría del lavavajillas.
—Eso lo haré yo —se ofreció Paola, dispuesta a echarle una mano a Julia en la cocina durante el servicio.
—¿Y si llegan todos a la vez? —preguntó Devi—. ¿No será un poco justo, entonces?
—Supongo que muchos querrán ver la casa —dijo Julia—. Lo podríamos aprovechar para que queden más repartidos.
—Podríamos preguntarle a Tina si le apetece venir a ayudarnos —propuso Fayna—. Cristina Pérez.
—¿Crees que querrá? —preguntó Julia algo sorprendida, y es que Tina era la hija menor de los que hasta hacía poco habían sido sus enemigos más acérrimos en el pueblo.
Juan Pérez había llegado al punto incluso de cortarle el agua para expulsarla de la isla.
Pero eso era otra historia y, al parecer, los vecinos del pueblo se tomaban en serio que hubieran hecho las paces.
—Ya me ha ayudado en más de una ocasión en fiestas privadas —dijo Fayna—. Seguro que aceptará a cambio de una pequeña paga.
—¿No tiene solo catorce años? —preguntó Carmen con el ceño fruncido.
—Dieciséis —la corrigió Fayna con una sonrisa—. A esa edad yo comencé mi formación en el parador.