16. Que todos los pecados sean mal recordados #2
Los amigos eran importantes para Lockhart, sobre todo porque el paso del tiempo estaba agotando las oportunidades que le quedaban para brindar con ellos por los viejos recuerdos.
Vansittart falleció en febrero de 1957 después de pasar meses postrado en cama por una artritis incapacitante.
Bracken lo siguió un año después, tras una breve batalla contra el cáncer de garganta.
Leeper y Nicolson vivieron diez años más.
Este último se carteaba con regularidad con Lockhart, normalmente para quejarse de que el oído le estaba fallando y su movilidad estaba disminuyendo.
Tras dejar la Marina y ser nombrado gobernador del estado australiano de Victoria después de la guerra, Brooks murió en 1966.
Ransome aguantó un año más, no sin lamentarse ante Lockhart de que tenía la mente tan confusa que ya no se fiaba de sus recuerdos.
Moura gozó de una salud de hierro. Entrada en la sesentena, la baronesa aún podía «beber cantidades asombrosas, sobre todo de ginebra, sin que ello supusiera una ralentización aparente de sus procesos mentales».
Además, se mantenía ocupada de una forma que Lockhart ya no podía permitirse: trabajando para el MI5 como informante y comprometiéndose a señalar a «todas las personas de su entorno que sospechara que fueran traidoras a este país».
No obstante, la revelación de que su amigo Guy Burgess formaba parte de la infame red de espionaje de agentes soviéticos conocida como los Cinco de Cambridge hizo reavivar las sospechas de que ella trabajaba para el Kremlin.
Como siempre, a Lockhart no le preocupó en absoluto, ya que en Moura solamente veía lo que era para él: una amada compañera que todavía estaba dispuesta a llamarlo su « darling baby » y ofrecerle palabras de ánimo y compasión por cualquier motivo, desde su enfermedad hasta sus dificultades económicas. 11
En lo relativo a lo segundo, la muerte de Beaverbrook en 1964 supuso un duro golpe para Lockhart, que había estado recibiendo una pensión personal de su benefactor desde 1950.
Además, aunque el Castor siempre se quejaba de tener que rascarse el bolsillo porque el «anciano» Lockhart «se moría de hambre y no podía vivir ni mudarse a un apartamento o algo parecido», le subió la pensión en 1952 y le hizo préstamos adicionales en los años siguientes.
Sin embargo, Beaverbrook fue más que una máquina de billetes para Lockhart, al que conoció «íntimamente durante más de cuarenta años» y, mientras trabajó en sus periódicos, «más o menos lo despertaba cada mañana y lo acostaba cada noche».
Durante la guerra, Lockhart fue un confidente con el que Beaverbrook mantuvo largas conversaciones sobre todo tipo de temas, desde las relaciones anglosoviéticas hasta las aspiraciones del magnate de la prensa de convertirse en primer ministro.
La relación se mantuvo intacta en la década de 1950, período en el que Lockhart visitó regularmente la residencia de su benefactor en Cherkley Court para hablar con él sobre la dinámica cambiante de la Guerra Fría y el declive del Reino Unido como potencia mundial.
También intercambiaron novelas y se compadecieron mutuamente por el auge del televisor, que Beaverbrook estaba convencido de que marcaría el fin de la lectura.
Los unieron una relación comercial y una amistad que ambos alimentaron a pesar de sus profundas discrepancias y a lo largo de los buenos y malos tiempos.
La pérdida de Beaverbrook supuso la desaparición de una de las constantes más preciadas en la vida de Lockhart. 12
Al menos su otra constante, la escritura, no lo abandonó.
En la víspera de Año Nuevo de 1949, Lockhart confió a su diario que todavía quedaban «tres o cuatro volúmenes en mí: una historia personal de los últimos cuatro años, un libro sobre pesca y viajes y dos o tres volúmenes de autobiografía real, es decir, el relato interior de mi vida, distinto de las emociones y los éxitos externos».
Cumplió con el libro sobre pesca y, desviándose ligeramente del plan, publicó en My Europe (1952) unas reflexiones sobre las décadas de cambios radicales que había presenciado en el continente y, en Your England (1955), unas reflexiones de posguerra sobre el estado del Reino Unido.
También escribió dos obras de alabanza y duelo sobre Checoslovaquia: What Happened to the Czechs?
(1953) y Jan Masaryk: A Personal Memoir (1956).
Después, recurriendo a sus innumerables cuadernos, compiló dos antologías de sus interacciones con personajes famosos e infames: Friends, Foes and Foreigners (1957) y Giants Cast Long Shadows (1960).
Aunque ambos volúmenes contenían fascinantes reflexiones sobre las mentes de Trotski, Lenin, Kérenski, Eden, Churchill, Vansittart, Sávinkov, Crossman y Beaverbrook, ninguno reportó grandes beneficios para Lockhart.
Esta tendencia a la disminución de los ingresos por sus memorias la observó por primera vez cuando Your England vendió la mitad de ejemplares que Comes the Reckoning en su primera edición.
La herida abierta en las finanzas de Lockhart se agravó cuando el programa de radio World Affairs , que había sido su única fuente de ingresos constante desde 1947, ofreció su última emisión en 1964, con Lockhart hablando de su amor imperecedero por el pueblo checo, «que, en muchos aspectos, se parece a mi propia raza, la escocesa».
Con la voz debilitada por la edad y la enfermedad, cerró la transmisión: «Ahora soy un anciano, pero creo que antes de mi muerte Checoslovaquia habrá vuelto a abrir sus brazos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Larga vida a una Checoslovaquia libre en una Europa libre». 13
Para entonces, Lockhart se había trasladado a Falmouth, en Cornualles, y estaba escribiendo su último libro, The Two Revolutions: An Eye-witness Study of Russia 1917 (1967).
En él se reproducía gran parte del material de British Agent , aunque a través del prisma reflexivo que había aportado el medio siglo transcurrido desde los acontecimientos más formativos en la vida de Lockhart.
The Two Revolutions fue criticado por algunos autores de reseñas por engañoso —Lockhart no fue testigo de la toma del poder por los bolcheviques en 1917— y por contener material innecesario sobre la historia de Rusia que hacía que la primera mitad del libro fuera «la menos satisfactoria».
Aun así, su publicación coincidió con un renovado interés por el «complot Lockhart».
Esta buena disposición se vio animada por el quincuagésimo aniversario de la revolución rusa y por una entrevista concedida por un envejecido Buikis a los periódicos soviéticos en la que afirmaba que Lockhart le había dado la orden de matar a Lenin.
Ese mismo año, se publicó Ace of Spies (1967), de Robin Bruce Lockhart.
Esta biografía fue la culminación de la fascinación que Robin siempre había sentido por Reilly, alimentada por un recuerdo borroso que guardaba de cuando era niño y el misterioso embaucador visitó la casa de su familia en Praga.
Para preparar el libro, Robin habló con su madre, Leeper, Moura, Hill y todo aquel que encontró vivo y hubiera podido tener alguna relación con el complot.
Entre ellos se encontraba el propio Lockhart, más propenso por entonces a lamentar su presente que a rememorar su pasado.
«Ahora tengo setenta y seis años —escribió Lockhart a Robin mientras este intentaba reconstruir el rompecabezas biográfico de Reilly— y no puedo caminar tan fácilmente ni tan rápido como me gustaría».
Tampoco podía viajar cómodamente a Londres.
Incluso coger un bolígrafo para plasmar un recuerdo se convertía ya en una tarea demasiado pesada para el que fuera un prolífico escritor. 14
Sin embargo, después de que Robin lo pinchara lo suficiente, Lockhart demostró que aún podía deleitarlo con la historia de Reilly, Moura, Cromie, Sávinkov, Dzerzhinsky y el otrora apuesto agente británico cuyo final se estaba acercando.
Robin no registró detalles específicos al respecto, pero Lockhart le dijo que la historia contada en British Agent no era exacta y «que la versión rusa es, en esencia, la verdadera».
Fue más una confidencia de un padre anciano a su hijo que no un permiso para hacer público un secreto largamente guardado.
Cuando el historiador Richard Ullman sacó a colación el tema de la versión rusa de los hechos con Lockhart en 1961, el exagente la descartó por completo afirmando, además, que nunca había hablado de actividades subversivas con contrarrevolucionarios y que solo había conocido a Sávinkov después de que este abandonara Rusia en 1918.
Por su parte, Robin explicó al Foreign Office que «mientras mi padre viva, siento que no puedo, ni siquiera con su aprobación, explicar que Memoirs of a British Agent no contaba toda la verdad».
El relato de Lockhart —lo que él había contado con apenas pequeñas alteraciones durante más de medio siglo— era lo único que importaba.