Un espía en Moscú 16. Que todos los pecados sean mal recordados #3
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16. Que todos los pecados sean mal recordados #3

Fue un relato al que se aferró hasta el final.

En una de sus últimas conferencias de 1960, titulada «Últimas palabras sobre Lenin» y ofrecida en el Old College Hall de Edimburgo, Lockhart negó tener conocimiento alguno acerca de complots contrarrevolucionarios contra el líder bolchevique y, de nuevo, rechazó la idea de que él fuera algo más que una víctima de las circunstancias en 1918.

También reprendió amablemente a los historiadores George Kennan y A.

J. P. Taylor por afirmar que ellos habían escrito la verdad sobre las revoluciones rusas, cuando en realidad nunca tuvieron ninguna conexión física con aquellos grandes acontecimientos ni conocieron personalmente a los titanes de la historia que los configuraron.

Esbozando una traviesa sonrisa que, por un momento, lo hizo retroceder en el tiempo, Lockhart recordó a su audiencia que era el único hombre vivo que podía decir que había estrechado la mano de Lenin, visto el nacimiento del Ejército Rojo, compartido el pan con Trotski y visto el interior de una celda de la Cheka.

La sensación que uno tiene es que Lockhart disfrutaba viendo cómo sus recuerdos personales del pasado se convertían en las historias del futuro. 15

Lockhart entró en la fase final de su vida habiendo ofrecido a su hijo y al público dos versiones contradictorias de lo ocurrido en 1918.

Nunca le había gustado vivir en Cornualles, por lo que en 1967 se mudó de Falmouth a Brighton, donde primero Robin y después el personal de una residencia de ancianos lo cuidaron el resto de sus días mientras luchaba contra una esclerosis cerebral.

Su cuerpo y su mente estaban acabados y el poco dinero que le quedaba en su cuenta bancaria procedía de una pequeña pensión de jubilación como funcionario público que le concedieron en 1965 por sus servicios a la literatura.

En el pasaporte de Lockhart no quedó espacio para más sellos y sus recuerdos fueron un caleidoscopio de grandes acontecimientos, personajes fascinantes y aventuras curiosas.

Se arrepintió de muy pocas cosas. Cuando en 1953 le pidieron que volviera al Fettes College para pronunciar el discurso en conmemoración del día del fundador del centro, Lockhart aprovechó la oportunidad para instar a su joven audiencia a «ser aventureros», a «responder al atractivo de lo desconocido» y a darse cuenta de que «ganar dinero solo por ganar dinero es un objetivo pobre en sí mismo, y [que] seguridad y juventud no van siempre de la mano».

Fue el honesto reflejo de un mantra que había dado forma a una extraordinaria existencia de ochenta y dos años cuyo fin llegó pacíficamente, mientras Lockhart dormía la noche del 27 de febrero de 1970.

La coda que siguió dice mucho de su vida y la forma en que la vivió.

El personal de la residencia de ancianos D’Arcy Nursing Home de Brighton abrió una carta dirigida a Lockhart de parte del famoso escritor de origen húngaro Paul Einzig.

En ella, el remitente le recordaba que su nombre había figurado en la lista de los que debían ser ejecutados por la Gestapo en caso de invasión alemana en 1940, y, como se acercaba el trigésimo aniversario de tan funesta sentencia, le preguntaba si le interesaría asistir a una cena conmemorativa.

Como el paradero del eternamente errante Lockhart era desconocido cuando Einzig envió la invitación, esta llegó a la residencia el 30 de marzo de 1971, un año y un mes después de la muerte de su destinatario. 16

Tras recibir la noticia del temido final, Moura actuó con el desprecio de las convenciones que habría complacido a su baby boy .

Mientras amigos, familiares y antiguos colegas acudían a la iglesia de San Pedro en Hove para asistir a un funeral católico, Moura se quedó en Londres y fue a la iglesia ortodoxa rusa de Ennismore Gardens.

Allí, el 5 de marzo de 1970, celebró una ceremonia privada en recuerdo del hombre al que siempre había amado.

Hubo incienso y cánticos fúnebres que recordaban a las canciones cíngaras que ella y Lockhart habían escuchado juntos en otra época.

Enfundado en una sotana y sosteniendo una cruz de oro, un presbítero barbudo rezaba en ruso mientras Moura, vestida de negro y con la cabeza agachada, era la única presente en la nave del edificio.

Su mente bullía con los recuerdos del joven brillante y encantador que había sido ridiculizado, deshonrado y dado por perdido sin haber agotado nunca todo el potencial que albergaba.

Aun así, Moura no derramó ni una lágrima por Lockhart.

Sabía que, a pesar de sus problemas, había vivido la vida que quiso: viajó incansablemente, amó con pasión, hizo incontables amigos y sobrevivió a sus enemigos.

Escribió la historia de su vida y la de su época, y por ello recibió elogios y alguna pequeña fortuna que gastó sin preocuparse por los peligros de una vida de excesos ni por los trances de un futuro incierto.

No fue sensato, pero tampoco lo fue la época de extremismos y guerras que le tocó vivir.

En medio de aquellos tiempos peligrosos, Lockhart se convirtió en un autor de éxito, un respetado recopilador de información para los servicios de inteligencia y una de las personas más y mejor conectadas de su generación, a quien todos, desde revolucionarios hasta primeros ministros y jefes de servicios secretos, acudían en busca de consejo.

Tal como Moura imaginó, las necrológicas de los periódicos hablaron de 1918 hasta la saciedad, pero ella, más que nadie, sabía la verdad: Lockhart siempre fue algo más que el agente británico. 17