Un espía en Moscú 15. Una guerra locuaz #5
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15. Una guerra locuaz #5

Eden aceptó que Lockhart había acabado quemado como director general.

Sin embargo, habiéndose convertido en un admirador de sus habilidades y de su capacidad para trabajar en horarios intempestivos incluso estando enfermo, el secretario de Estado de Exteriores no estaba preparado para dejar que Lockhart abandonara por completo el servicio público y le sugirió que, una vez recuperada la paz para el mundo, se hiciera cargo de una embajada en el extranjero, preferiblemente en la periferia del radio de influencia de la Unión Soviética.

El puesto alejaría al inquieto escocés de la moribunda Gran Bretaña y le proporcionaría la estabilidad financiera y la pensión decente que necesitaba ahora que entraba en la sesentena.

Sin embargo, apelando a un agravio que llevaba incubando desde su llegada a Whitehall en 1911, Lockhart suplicó a Eden que comprendiera que «la gente de este país, especialmente los jóvenes, está pidiendo una reforma del Foreign Office».

Para llevar a cabo tales cambios, su secretario de Estado necesitaría sangre nueva para acabar con los «Goliaths de la burocracia» una vez terminada la guerra.

Él, aparte de estar enfermo, era simplemente «demasiado viejo para hacer de David».

Cuando rechazó la oferta de Eden, Lockhart le recordó que solo había aceptado la dirección del PWE porque «en la guerra uno tiene que hacer lo que le mandan».

A pesar del caos y el agotamiento, Lockhart había cumplido con su deber y logrado «pararle los pies a una banda de propagandistas alocados» transformando el PWE en un auténtico departamento de guerra.

Ahora, con los aliados occidentales avanzando por Francia y los soviéticos a punto de lanzar una ofensiva decisiva contra el Reich desde el este, había llegado el momento para Lockhart de recuperar la vida que la guerra le había arrebatado.

Necesitaba viajar al extranjero y, si se quedaba en Gran Bretaña, necesitaba el aire de las Highlands.

Necesitaba su máquina de escribir y la soledad necesaria para invocar libros desde sus teclas.

Solo entonces —pensaba Lockhart— remitiría la enfermedad y desaparecería la asfixiante sensación de depresión. 17

Más allá de mantenerse fiel a sus deseos personales, Lockhart también había llegado a una conclusión aleccionadora sobre el monstruo que había ayudado a crear con el PWE.

Aunque elogiaba las contribuciones de Delmer y Crossman a la lucha contra Alemania, consideraba que el camino que habían abierto en el campo de las noticias falsas y la interceptación de emisoras de radio había sentado un precedente inquietante.

Temía un futuro en el que los gobiernos manipularan la realidad, no para luchar contra enemigos externos, sino para controlar las ideas de su propio pueblo.

Un aperitivo de este futuro tuvo lugar en diciembre de 1944, cuando en una reunión del PWE se planteó la Operación Matchbox, un plan para engañar a la opinión pública británica y estadounidense haciéndoles creer que una facción del gobierno de Hitler estaba pidiendo la paz.

El proyecto no avanzó, pero Lockhart anotó que había llegado lo suficientemente lejos para que fuera plasmado en un papel y discutido con los jefes de Estado Mayor.

Por eso reaccionó con cautela ante la noticia de que el PWE, a pesar de ser supuestamente un recurso de guerra, seguiría actuando durante el período de ocupación de Alemania.

¿Y si no se trataba de ninguna fase final de las operaciones, sino de un puente hacia una nueva normalidad donde las técnicas de engaño del Political Warfare Executive se seguirían practicando y mejorando?

Movido por esta preocupación, Lockhart pasó gran parte del año 1945 tratando de reducir el trabajo del PWE.

Esto incluyó pedir a Eden y Bracken que rebajaran el alcance de las actividades del departamento, al tiempo que se aseguraran de que los puestos de influencia en el PWE los siguieran ocupando escépticos de su misma cuerda cuando él abandonara el timón.

El director general saliente también sugirió que, una vez que Alemania se rindiera, se levantara el secreto que rodeaba al PWE y se cambiara su nombre por el menos siniestro de Political Intelligence Department, el PID del que en parte había surgido.

Irónicamente, el trabajo que Lockhart había hecho para ampliar el ámbito de competencia del PWE fue lo que impidió que sus esfuerzos por cerrarlo tuvieran éxito.

A pesar de que el personal —que, al igual que su director general, estaba ansioso por abrirse a nuevas carreras profesionales después de la guerra— abandonó Bush House durante 1945, la responsabilidad del departamento fue ampliada para incluir tanto el programa de desnazificación en Alemania como la difusión de propaganda en Extremo Oriente, si bien solo durante unos meses, antes de que los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki pusieran fin a ese último frente de la guerra.

Para entonces, Lockhart había conseguido el beneplácito de Eden para dejar de ser director general del PWE el 31 de agosto de 1945.

Por mucho que esperara que el departamento desapareciera con él, Lockhart se vio obligado a elegir un sucesor en la persona del general Kenneth Strong, un soldado condecorado con experiencia en inteligencia.

Strong dirigió el PWE —que, por petición de Lockhart, era ahora el PID— durante las últimas operaciones llevadas a cabo en la Alemania ocupada hasta su disolución oficial en 1946. 18

Mientras recogía los enseres de su escritorio en Bush House y se preparaba para ceder el mando a Strong, Lockhart hizo balance del papel que el PWE había desempeñado en la segunda guerra mundial para acabar con todas las guerras.

En una fiesta celebrada en enero de 1945, un Bracken ebrio había afirmado ante una sala llena de almirantes y generales que «el PWE había ganado la guerra, pero era demasiado humilde» para presumir de ello.

Avergonzado, Lockhart restó importancia a la fanfarronada de Bracken y acompañó amablemente al ministro de Información a una sala contigua.

El tosco espectáculo podía hacer gracia, pero las afirmaciones de Bracken obligaron a Lockhart a pensar seriamente en los informes de retorno que había recibido el PWE.

Estos apuntaban a que muchas RU, las emisoras de radio falsas, tenían una amplia audiencia y que varios panfletos habían sembrado la duda y la división en la Wehrmacht .

Lockhart no estaba seguro de lo que esto significaba en la práctica.

Creía que el PWE había minado en parte la moral de Alemania y que, dentro de los límites de lo que él llamaba con cierto desdén «guerra locuaz», sus propagandistas habían trabajado duro para apoyar las operaciones militares aliadas.

En cuanto a sus contribuciones personales a la campaña del PWE, Lockhart se sintió animado por los elogios que recibió de los funcionarios de Whitehall, Colin Gubbins (el jefe del SOE), Stewart Menzies (el «C» del MI6), Beaverbrook, Bracken, Churchill y los moradores de Bush House, que le organizaron una fiesta de despedida en el Hotel Dorchester en su última noche como director general.

Riendo a pesar del dolor que le producía la inflamación de las piernas, Lockhart no desaprovechó la ocasión para disfrutar del evento.

Agradeció con una reverencia los brindis y homenajes y habló en tono jocoso de cómo su trabajo había consistido en «actuar como amortiguador entre el entusiasmo» de los propagandistas reunidos ante él y la «experiencia escéptica» de los servidores públicos de Whitehall más veteranos.

Era un trabajo que solo una persona con un alma escandalosa y el temperamento de un perro viejo podía llevar a cabo.

Hasta donde había llegado, el éxito de Lockhart era evidente.

No bastó, sin embargo, para apartarlo del camino que había elegido.

A la mañana siguiente, se levantó de la cama con dolores provocados por el eccema, mitigados en parte por una enorme sensación de alivio al pensar que su guerra había terminado por fin.

También lo había hecho la carrera de Lockhart al servicio del Reino Unido, esta vez, al parecer, para siempre. 19