15. Una guerra locuaz #4
Lockhart reconoció que el plan tenía sus ventajas y que, como contaba con la aprobación de los planificadores militares encargados de la invasión de Francia, debía ser puesto en práctica.
Expresó, sin embargo, su preocupación por la premisa central de la Operación Braddock de apuntar a los campos de trabajo y se sintió indignado y asqueado cuando Crossman «admitió con ligereza que muchos trabajadores extranjeros podrían morir».
También le preocupaba la imagen que daría la operación: ¿cómo se tomarían los europeos que esperaban su liberación el hecho de que los aliados recurrieran a tácticas «terroristas»?
Bracken se mostró más reacio todavía. Se indignó cuando los jefes de Estado Mayor dieron por sentado que podían apropiarse de Aspidistra, que él controlaba técnicamente en cuanto ministro de Información, y argumentó que la operación pondría al descubierto el arma secreta radiofónica del PWE.
Esto resultaba problemático, ya que Bracken pensaba que la resistencia alemana a la invasión aliada podría ser más firme de lo previsto, lo cual haría necesaria una operación de guerra psicológica más ambiciosa en el futuro y en la que sería indispensable mantener el secreto de Aspidistra para provocar un levantamiento antinazi más generalizado.
Bracken veía el plan Braddock como «una pequeña operación de prueba» que, de manera gratuita, «revelaría a Alemania que tenemos un medio para introducirnos en sus longitudes de onda».
Debido a estas objeciones, solo se lanzaron unas cuantas braddocks entre agosto de 1944 y los últimos días de la guerra, y ninguna de ellas logró el objetivo de la operación de desatar el pánico entre los nazis o insurrecciones en sus campos de trabajo. 14
Al final, los planes del Political Warfare Executive para la batalla de Normandía incluyeron una serie de operaciones focalizadas que reflejaron cómo el departamento había pasado de idear bulos sin sentido a integrar la guerra psicológica en operaciones militares regulares.
Al igual que había ocurrido en el norte de África, los agentes del PWE avanzaron con las tropas diseminando folletos explicativos y separando de los prisioneros de guerra a aquellos soldados alemanes que se mostraran dispuestos a difundir propaganda antinazi.
Por petición de Eisenhower, los panfletos y las emisiones animaban a realizar actos de sabotaje ferroviario que obstaculizaran la respuesta alemana al desembarco.
Los programas de radio Atlantiksender y Soldatensender Calais de Delmer también se pusieron a trabajar difundiendo historias falsas sobre generales alemanes que sacrificaban divisiones enteras en la costa francesa para cubrir su retirada y cantidades ingentes de saboteadores aliados que se habían infiltrado tras las líneas enemigas.
Otras emisiones a través de Aspidistra difundieron falsas órdenes de las autoridades del Reich que instaban a los obreros a quedarse donde estuvieran y a no desplazarse a las fábricas de municiones alejadas del avance aliado.
Los informes de retorno de los servicios de inteligencia revelaron que la iniciativa había privado a Alemania de trabajadores esenciales en un momento crítico y había creado confusión en las carreteras al contraordenar las órdenes reales de Berlín de evacuación en masa.
En medio de estos planes de comprobada eficacia para perturbar la maquinaria bélica alemana, aún quedaba espacio para alguna innovación desagradable.
Según los servicios de espionaje, el oficial médico superior del 14.
º Ejército de la Wehrmacht confirmó que los panfletos sobre «enfermos fingidos» lanzados desde el aire —que contenían instrucciones sobre cómo mutilarse con un cuchillo para evitar la llamada a filas— estaban llevando a decenas de soldados de Hitler a seguir los espantosos consejos del PWE. 15
La tarea que debía desempeñar Lockhart para el Día D parecía sencilla en teoría, pero en la práctica resultó irritante.
Fiel a la misión principal del PWE de levantar la moral en los territorios ocupados, había previsto que De Gaulle transmitiera un mensaje de liberación y esperanza al pueblo francés en los minutos posteriores a la llegada de las tropas aliadas a las costas de Normandía.
Demasiado nervioso para conciliar el sueño y demasiado exhausto para descansar, Lockhart pasó la noche anterior al Día D con su equipo en Bush House.
Tras horas fumando y compartiendo preocupaciones sobre cómo se desarrollaría la invasión, Lockhart y los suyos recibieron el amanecer maravillándose con la visión y el estruendo de los aviones aliados surcando los cielos de Londres.
La emoción catártica que aquel espectáculo despertó en Lockhart se vio rápidamente transformada en estrés cuando De Gaulle llegó a las instalaciones.
Tras rechazar la petición de que el PWE revisara su guion en busca de cualquier cosa que no se ajustara a los temas clave de la propaganda, el líder de la Francia Libre, famoso por su carácter irascible, montó un escándalo al sentirse ofendido por la presencia de generales estadounidenses en Bush House.
De Gaulle pensaba que el Día D era el momento de Francia y de nadie más, y que solo él debía ser su heraldo.
Acompañando al general en una incómoda ronda de apretones de manos con sus aliados estadounidenses, Lockhart consiguió calmar a De Gaulle y llevarlo ante el micrófono a tiempo para la retransmisión.
Fue un día de gran tensión, pero cuando llegaron las noticias de que las cabezas de playa en Normandía habían sido aseguradas, el semblante de Lockhart pasó del ceño endurecido por la preocupación a una alegría que suavizaba sus facciones.
Cuando cayó la noche sobre Londres, Lockhart se desplomó exhausto en la silla de su escritorio, sonriendo al contemplar los apretones de manos y los abrazos que se repartían hombres y mujeres en Bush House.
Ellos, como él, celebraban con júbilo la certeza de que la guerra había entrado en su fase final. 16
Sin embargo, tras la sonrisa del director general se escondía un dolor latente.
El eccema no había desaparecido. De hecho, en las semanas previas a la invasión le habían salido nuevas manchas rojas en el cuello y las mejillas que le producían picazón.
El estrés de los preparativos para el Día D no era la única causa de este último brote.
Durante los distintos períodos de convalecencia por los que pasó, Lockhart había reflexionado sobre su vida y había llegado a conclusiones que lo deprimían profundamente.
Estaba muy bien ser un alto cargo en Whitehall, pero trabajar para el PWE se había convertido en una tarea agotadora y poco interesante.
Lockhart se desesperaba al pensar que «no he escrito una sola palabra en más de cinco años» y, cansado de desarrollar políticas de propaganda y gestionar rencillas interdepartamentales, había perdido el «sentido de la curiosidad natural (y adecuada) por las artes, las letras, la música y la vida misma».
Además, una vez que se desvaneció el hechizo del éxito del Día D, a Lockhart le resultaba difícil imaginar que esas luces de su vida regresarían pronto para atravesar la oscuridad de la guerra.
El 13 de junio de 1944, Hitler lanzó su programa de armas V, consistente en cohetes de largo alcance y bombas volantes que llegaban hasta los cielos británicos para precipitarse indiscriminadamente sobre las ciudades y el campo.
No solo resultó dañado Bush House en los ataques, sino que, mientras Lockhart intentaba disfrutar de un descanso de la capital en la casa de campo de Eden en West Sussex, un cohete V-1 fue derribado cerca y la detonación hizo estallar la ventana de su dormitorio justo cuando se disponía a acostarse por la noche.
Entre esta reedición del Blitz y su persistente enfermedad, Lockhart, como tantas otras personas, estaba literalmente harto de la guerra.
La noticia de que el PWE ayudaría en la desnazificación de los prisioneros alemanes una vez terminados los combates fue la gota que colmó el vaso para Lockhart.
El 14 de noviembre de 1944, informó a Eden de que necesitaba dejar el PWE.