Un espía en Moscú 15. Una guerra locuaz #3
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15. Una guerra locuaz #3

De vuelta en Londres, el PWE se preparaba para repetir el éxito de sus acciones para Torch ofreciendo apoyo para la Operación Husky, el plan de desembarco de tropas aliadas en Sicilia.

Después de poner el control de los preparativos de Husky en manos de Brooks, Lockhart tenía previsto pasar las semanas previas a la invasión releyendo Guerra y paz y con la mirada perdida en la intensa lluvia escocesa que caía al otro lado de su ventana de hospital.

Confiaba en Brooks, pero, después de tanto tiempo habiéndolo dado todo por el PWE, le costaba delegar.

Postrado, seguía atendiendo las llamadas telefónicas que recibía a todas horas desde Bush House e incluso mantenía reuniones con el personal del PWE que viajaba a Tomintoul para informar a su jefe en persona.

La incapacidad de Lockhart para desconectar del trabajo —y, en realidad, de todos los aspectos de la guerra, de los cuales se mantenía al corriente gracias a la radio que siempre llevaba consigo— no ayudaba a aliviar el estrés que, según los médicos, estaba agravando su estado.

Tal era la determinación de Lockhart de volver al PWE que aceptó una remisión parcial de la inflamación cutánea como excusa para tomar el tren a Londres, donde llegó la tarde del 29 de junio.

A la mañana siguiente volvía a estar sentado a su escritorio, listo para revisar los planes de Brooks para Husky. 9

Lo más importante ya estaba decidido. El PWE emitiría por radio anuncios oficiales sobre los desembarcos y elaboraría planes de contingencia sobre cómo narrar la invasión a los radioyentes de toda Europa en caso de que el avance de la invasión aliada se estancara.

Sin embargo, una idea llamó negativamente la atención de Lockhart: los jefes de Estado Mayor para la BBC habían sugerido que después de la invasión se emitiera a través de Aspidistra una noticia falsa en la que se informaría de que Mussolini había solicitado un armisticio.

La idea de minar mediante el engaño la determinación italiana de resistir era tentadora, pero Lockhart consideró que la credibilidad de las RU de Delmer y de otros programas del PWE y la BBC se vería socavada a largo plazo una vez destapada la verdad de la mentira.

Sobre esta base, desechó el plan. Sin embargo, aprobó la propuesta de Delmer de utilizar Aspidistra para interceptar la radio enemiga.

Así, cuando los alemanes ocuparon Italia en septiembre de 1943 con el objetivo de repeler a los aliados, Delmer insertó en las emisiones de la radio nacional fascista noticias falsas urdidas en Milton Bryan.

Según estas historias inventadas, los nazis estaban reclutando a la fuerza a mujeres italianas para formar parte de batallones de trabajo y Hitler había ordenado a los comandos de las SS que asaltaran el Vaticano y secuestraran al papa.

Al igual que muchos de los mitos creados por el PWE, la noticia del papa impuso un guion en el relato de la segunda guerra mundial que algunos historiadores dieron más tarde como cierto. 10

Cuando Delmer difundió estos bulos, Lockhart había recaído y regresado a Edimburgo, ya que la erupción cutánea se había vuelto tan intensa que tuvieron que afeitarle la cabeza y cubrirle el cuerpo con vendajes empapados en nitrato de plata.

Bracken le aconsejó que no volviera a cometer el mismo error y esperara a restablecerse por completo antes de volver al PWE.

Un preocupado Beaverbrook envió misivas exigiendo actualizaciones sobre el estado de Lockhart y, al enterarse de que estaba ingresado en el Edinburgh Royal Infirmary en lugar de en una clínica privada, mandó un cheque de mil libras para cubrir los gastos médicos de su antigua mano derecha.

Lockhart agradeció el gesto, pero decidió quedarse en la enfermería, donde continuó el tratamiento hasta que, finalmente, le extendieron algo parecido a un certificado de buena salud en febrero de 1944.

El alta vino acompañada de la orden del médico de ceñirse a un horario de trabajo regular y evitar el estrés innecesario.

Cualquier intención que tuviera Lockhart de seguir tan utópico consejo en medio de la locura de la guerra se desvaneció al encontrarse con su chófer en la estación londinense de King’s Cross.

Con el rostro adusto y la voz apagada, el conductor le informó con tono de disculpa de que tendría que llevarlo al Savoy, ya que sus habitaciones en el St James’s habían sido destruidas a consecuencia de un bombardeo aéreo la noche anterior.

Lockhart tenía que haber tomado el tren un día antes.

Si lo hubiera hecho, es probable que las bombas lo hubieran encontrado en la cama. 11

A pesar del difícil arranque de su renovada y, en teoría, menos estresante existencia, Lockhart intentó seguir las indicaciones del médico.

Habló con Eden y Bracken sobre la posibilidad de reducir su horario laboral y contratar a un segundo adjunto, aparte de Brooks, para que lo ayudara a dirigir el PWE, cuya plantilla ascendía ya a miles de personas, entre propagandistas, músicos, ingenieros de radio, operativos de campo y mecanógrafos.

Para evadirse periódicamente de este feudo en expansión, Lockhart alquiló una casa de campo en el tranquilo pueblo de Radlett, en Hertfordshire, lejos de la bulliciosa Londres, algo que el médico personal de Beaverbrook —que había acudido después de que el magnate de la prensa lo llamara insistentemente para que examinara al paciente— consideró como la única manera de evitar otra recaída.

El debilitado Lockhart también intentó reducir el consumo de alcohol.

Cuando Moura lo presionó para que quedaran para cenar a su regreso a Londres, él le explicó que tenía que descansar todo lo que pudiera y mantener «horarios y comidas regulares», lo cual, habida cuenta de que su antigua amante tenía la costumbre de consumir múltiples cócteles, pintas de cerveza y docenas de chupitos de vodka cada vez que iba a un restaurante, «excluye salir a cenar». 12

Estas tentativas de normalidad se vieron frustradas por la descomunal tarea a la que se enfrentaban el PWE y el resto de los departamentos de Whitehall en los primeros meses de 1944: preparar la Operación Overlord, nombre en clave de la batalla de Normandía.

Las sugerencias que se barajaban en Bush House para apoyar los desembarcos del Día D coincidían con la política que Lockhart defendía desde hacía tiempo: solo había que inducir a la rebelión en Alemania si la situación militar era favorable.

Ahora, con 150.000 soldados aliados listos para asaltar las playas normandas, por fin le había llegado al PWE el momento de desatar todo su imaginario insurreccional.

Un plan bautizado con el nombre en clave Cuckoo (que significa cuclillo —el ave—, pero también chiflado) ejemplifica este momento de vertiginosa catarsis: a medida que avanzara el Día D, un imitador de Hitler en Milton Bryan hablaría en directo a través de un canal alemán interceptado por Aspidistra y lanzaría una retahíla de diatribas ininteligibles que convencerían a los líderes nazis y al Volk de que su Führer había perdido definitivamente los papeles, lo cual precipitaría un golpe palaciego o un levantamiento popular que pondría rápidamente fin a la guerra.

Al igual que otros variados planes del SOE para asesinar a Hitler, esta idea no salió adelante porque planteaba el problemático escenario de que tras la caída del Führer llegara alguien más competente que él.

Ridiculizado por los propios planificadores del PWE como «ingeniosamente amateur » y «tal vez correctamente bautizado», el «chiflado» plan nunca pasó de ser una idea. 13

Más atención recibió la Operación Braddock, un plan apoyado por el incansable Crossman para lanzar por toda Europa cientos de miles de armas incendiarias de fácil manejo —las homónimas «braddocks»— acompañadas de panfletos en los que se instaba a los sometidos al dominio nazi a utilizar esos dispositivos para prender fuego a cuarteles y bases militares.

Una atención especial recibían en este plan los siete millones de trabajadores forzados que se encontraban dispersos por todo el Reich.

Si se lanzaban las braddocks en los campos donde estos estaban recluidos o cerca de ellos, los aliados podrían crear un enorme ejército de rebeldes en el corazón del territorio enemigo.

El temor que despertarían las braddocks se vería reforzado gracias a Aspidistra, que difundiría informaciones falsas sobre ataques con armas incendiarias en distritos donde no se había lanzado ninguna.

El resultado sería de «pánico y confusión administrativa» entre las autoridades alemanas y un colapso del orden establecido en todo el Reich.

Como la idea inicial había surgido de la mente del elogiado asesor científico principal de Churchill, el profesor Frederick Lindemann, el primer ministro dio su apoyo a la Operación Braddock.

También dieron el suyo los jefes de Estado Mayor, quienes esbozaron el plan con la colaboración de Crossman y otros instigadores de revoluciones del PWE.

Eisenhower también era partidario de la idea y autorizó el lanzamiento de doscientas mil braddocks en las semanas posteriores al Día D.