Un espía en Moscú 15. Una guerra locuaz #2
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15. Una guerra locuaz #2

El lanzamiento de octavillas no fue el único elemento de las operaciones que el PWE llevó a cabo para Torch, el éxito de las cuales llevó a Lockhart a recibir un agradecimiento oficial de Eden y una nota personal de Bracken, quien declaró que el PWE había «hecho su trabajo mejor que cualquier otra organización de publicidad gubernamental del mundo».

Dejando a un lado la hipérbole, la participación del PWE en esta primera gran ofensiva aliada de la guerra supuso un momento de validación para Lockhart, especialmente cuando Eisenhower le pidió que seleccionara un equipo de propagandistas para desembarcar con las tropas.

La ambición del director general de combinar la guerra psicológica con las operaciones militares regulares se había cumplido por fin.

Con todo, el despliegue de propagandistas sobre el terreno distó mucho de ser fácil.

Como recordó uno de ellos, «con las caras debidamente embadurnadas de hollín y vaselina, llevando cascos estadounidenses, megáfonos (el símbolo de nuestra profesión) colgados del cuello y botas de combate», fueron ubicados en una flotilla de cuatro pequeñas embarcaciones que debían desembarcar en la costa argelina.

Sin embargo, en la confusión del desembarco, la flotilla se dispersó y solo una de las embarcaciones alcanzó la playa de destino en el momento adecuado.

A los que consiguieron desembarcar no les fue mal.

Uno de los agentes del PWE recibió incluso una mención honorífica por capturar a punta de pistola a un diplomático alemán en Argel.

Las tareas más habituales de los propagandistas de campo consistían en asegurar los equipos de transmisión de radio, comunicar el propósito de la invasión a la población local y explicar a los soldados estadounidenses cómo ganarse el corazón y la mente de la población respetando la fe islámica y evitando causar problemas, pues «una pelea en un café o un incidente en la calle darían a los nazis la munición necesaria» para socavar el discurso del PWE de que los estadounidenses estaban liberando el norte de África de la opresión.

Aspidistra también se utilizó durante los desembarcos para amplificar la señal de la BBC y conseguir que las noticias del éxito de los aliados y los discursos de Eisenhower y De Gaulle llegaran a todos los rincones.

Ello dio lugar a un incidente en el que el almirantazgo británico, desconocedor del secreto de Aspidistra, dio por sentado que las noticias que se emitían procedían de Rabat, en Marruecos, y dedujo que la ciudad había sido capturada por los aliados, cuando lo cierto era que seguía estando bajo el control de Vichy.

Este fue uno de los pocos traspiés sufridos en la campaña del PWE para apoyar la Operación Torch, pero fue uno del que Lockhart tomó nota.

Porque si Aspidistra podía engañar a los británicos, sin duda también podía engañar a sus enemigos. 5

Lo mismo pensaba Delmer. Una vez finalizadas las reformas en Milton Bryan, en los primeros meses de 1943 lanzó su campaña de «guerra total» utilizando Aspidistra para emitir los programas Atlantiksender (Emisora atlántica) y Soldatensender Calais (Emisora de soldados Calais) en la Europa ocupada.

Hechas a medida para los oídos de las tropas alemanas, estas RU eran una muestra del cuidado que ponía Delmer en los detalles y su comprensión inherente de la psicología humana.

Cada programa comenzaba con música popular del estilo que escuchaban los jóvenes de la década de 1940, procedente de discos enviados desde Europa o interpretada en el estudio por lo que había quedado de una banda alemana capturada en el norte de África mientras estaba de gira para entretener a la Wehrmacht.

Una vez que la sintonía inicial captaba la atención de los oyentes, el equipo de disc jockeys de Delmer —una mezcla de emigrantes del Reich y prisioneros de guerra alemanes que se habían vuelto contra su Führer— deleitaba a los oyentes con felicitaciones de cumpleaños para soldados concretos, crónicas de bombardeos en ciudades alemanas y noticias del frente lo suficientemente ciertas para resultar vilipendiosas o sesgadas y sembrar dudas sobre las perspectivas de victoria del Reich.

Las crónicas eran muy convincentes, ya que Delmer utilizaba la información recabada de los programas de noticias alemanes o de los prisioneros de guerra, de quienes obtenía los nombres de los soldados a los que felicitaban y datos precisos sobre los lugares que frecuentaban en sus ciudades natales.

Mezcla de sutiles falsedades e historias basadas en hechos reales, Atlantiksender y Soldatensender Calais fueron, según un visitante de la Oficina de Información de Guerra en Milton Bryan, «la mejor propaganda que he escuchado nunca».

La operación basada en Aspidistra también supuso un importante paso adelante en la misión de Lockhart de convertir el PWE en un elemento significativo del esfuerzo bélico británico.

Como reflexionó Delmer más tarde, «por primera vez en la historia del departamento, Bruce Lockhart pudo decir a sus ministros que un servicio de combate había propuesto una tarea operativa». 6

Mientras Delmer abría el camino en esta nueva fase de la campaña de guerra radiofónica del PWE, Lockhart fue informado de su nombramiento como caballero en la Lista de Honores de Año Nuevo de 1943.

Asumió que se trataba de una recompensa por reformar el PWE, pero más tarde Churchill le dijo que el honor no se le concedía únicamente por su trabajo durante la guerra, sino como un reconocimiento largamente esperado a su labor como agente británico.

El tiempo y las circunstancias habían borrado oficialmente de su historial la mácula de 1918.

Este momento culminante de rehabilitación profesional llegó el 2 de febrero de 1943, cuando Lockhart se arrodilló ante el rey Jorge en Westminster Hall y recibió «un golpecito en cada hombro con una pequeña daga», tras lo cual fue conducido «pasillo abajo hasta una sala donde unos lacayos» le quitaron el collar y la insignia con la estrella que le había impuesto su soberano.

Le estrecharon la mano, le susurraron unas palabras de felicitación y lo acompañaron a la salida mientras una banda de vientos tocaba una melodía festiva.

«Desde el comienzo hasta el final —escribió en su diario— la ceremonia ha durado en total alrededor de un minuto». 7

Sir Robert Bruce Lockhart debería haber estado exultante al comenzar 1943, pero, como ya había pasado otras veces, este momento de triunfo profesional se vio empañado por problemas personales.

En el proceso de hacer suyo el PWE, Lockhart se enemistó con Leeper, que insistió tercamente en mantener a un grupo de propagandistas a su mando en Woburn.

La tensión entre ambos fue tal que Leeper declaró que ya no podía ver cómo su creación «se le iba de las manos a medida que el trabajo del PWE se centraba cada vez más en Londres», por lo que abandonó Woburn para regresar al Foreign Office.

Pasó el resto de la guerra como embajador del gobierno griego en el exilio en El Cairo.

Fue una disputa temporal —al acabar el año, ambos volverían a intercambiar correspondencia y cenar juntos—, pero el episodio dejó a Lockhart con sentimientos encontrados.

Reconoció el papel fundamental que Leeper había desempeñado en el apoyo a su misión en Rusia y recordó cómo, años más tarde, le había ofrecido una vía para redimirse de su fracaso trabajando para la red de Van y, después, para el Departamento de Inteligencia Política.

Aun así, Lockhart no consiguió superar la reticencia de su viejo amigo a admitir que el PWE había crecido mucho más que durante sus inicios en Woburn.

Dividido, como siempre, entre la emoción y el pragmatismo, Lockhart se sentía satisfecho por haber guiado al PWE hacia el terreno de la credibilidad y, al mismo tiempo, culpable de haberlo conseguido a expensas de Leeper. 8

Al entrar en este roce con su amigo, el ánimo de Lockhart se agrió aún más, afectado por el hecho de que décadas de vida poco saludable y el estrés de dirigir un departamento de guerra en expansión le estaban pasando factura.

En el otoño de 1942, Lockhart anotó por primera vez en su diario que se sentía «muy enfermo y nervioso después de una semana de duro trabajo durante el día y disipación por la noche».

A esta sensación de agotamiento se sumó la aparición de eccemas en las manos y la cara e hinchazón de piernas, lo que le provocaba un dolor tan intenso que apenas podía caminar.

Complicó su estado al recurrir a la botella para aliviar el dolor.

«[Mi] historial de consumo de alcohol en los últimos tres meses —anotó Lockhart en las semanas posteriores a la Operación Torch— es vergonzoso, tanto por la cantidad ingerida como por el dinero gastado».

Agotado y cada vez más debilitado, Lockhart intentó recuperar la salud tomándose unas semanas de baja en casa de su padre, a las afueras de Sandhurst, en enero de 1943, y, viendo que no mejoraba, ingresando en un hospital de Edimburgo especializado en enfermedades de la piel.

Sin embargo, como escribió a Beaverbrook desde su lecho de enfermo, «meses de abandono no se pueden arreglar en quince días».

La convalecencia de Lockhart se prolongó hasta el mes de mayo, durante el cual abandonó frustrado el hospital y se retiró a Tomintoul con la esperanza de que el aire puro de las Highlands y la tranquilidad de la vida rural aliviaran sus males.