Un espía en Moscú 14. Cancelar la revolución #3
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14. Cancelar la revolución #3

Charles Cruickshank, uno de los primeros cronistas de la historia del Political Warfare Executive, criticó a Lockhart por esta decisión.

Argumentó que el hecho de que el director general echara por tierra la campaña de la uve era sintomático de su falta de creatividad y dinamismo.

Al igual que algunos de los contemporáneos de Lockhart y muchos historiadores posteriores, Cruickshank cayó en el fácil vicio de caricaturizarlo como una vieja gloria desubicada a la que el PWE le venía grande y que, a la hora de enfrentarse a la necesidad imperiosa de llevar la campaña «V» a un nivel más conflictivo, prefería la cautela a la valentía.

En realidad, Lockhart estaba poniendo cordura en un plan descabellado.

Aunque reconocía el «potencial de la campaña “V” a la hora de preparar los territorios ocupados para la acción contra los alemanes cuando [llegara] el momento de la liberación», Lockhart sentía que los esfuerzos de Ritchie habían alcanzado la cima demasiado pronto.

Era la primavera de 1942. El Reino Unido y Estados Unidos se estaban recuperando de la Blitzkrieg infligida por Tokio en el Lejano Oriente, donde Singapur, Hong Kong y Filipinas habían caído sucesivamente.

El Ejército Rojo todavía se estaba lamiendo las heridas después de haber mantenido el frente de Moscú ante la Wehrmacht durante el invierno y no estaba en condiciones de lanzar un contraataque significativo contra Alemania.

Los estadounidenses, sin embargo, tenían planes para hacerlo, no con la invasión de Europa continental, sino del norte de África, donde estaba prevista una operación para finales de año.

Por consiguiente, la situación estratégica de los aliados en la primavera de 1942 no estaba alineada con la política de Lockhart de que el PWE solo debía fomentar la insurrección cuando se contara con una fuerza militar significativa para respaldarla, una política que, probablemente, se inspiraba en sus amargos recuerdos del levantamiento sin apoyos y, finalmente, inútil de Sávinkov en julio de 1918.

Aparte de la perspectiva de un fracaso operativo, el riesgo de que la propaganda tuviera consecuencias negativas también era elevado.

Como Lockhart explicó a Ritchie, si miles de valientes belgas, franceses, polacos y checos morían por hacer caso a las palabras de «los británicos, que se encuentran a salvo al otro lado del Canal» y sin ninguna intención de desembarcar tropas en el continente, «Goebbels tendría entonces todo lo que necesitaba para poner al pueblo europeo en contra nuestra para siempre». 14

Lockhart también era consciente —como pocos de sus propagandistas— de que el Reino Unido luchaba contra Alemania formando parte de una coalición cuyos deseos debían ser tenidos en cuenta.

Una noche de enero de 1942 expuso la idea del levantamiento del Coronel Britton a unos oficiales de inteligencia, funcionarios del Foreign Office y diplomáticos aliados con los que estaba cenando en el Carlton Club.

La reacción fue de inquietud y nerviosismo.

Dudaban de la capacidad del PWE para llevar a cabo una operación de ese calibre y de la del SOE para suministrar granadas y metralletas Sten a los posibles insurgentes.

Incluso si todo salía según lo previsto, los confidentes de Lockhart pensaron que los beneficios serían insignificantes.

«Al principio cundiría el pánico entre los alemanes —dedujo Maiski—, pero en poco tiempo contraatacarían y los reprimirían a todos».

El embajador neerlandés recordó a Lockhart algo de los británicos que ya sabía: que «se quedaban en casa y no se decidían a actuar en el ámbito de la lucha» mientras incitaban a los oprimidos de Europa a arriesgar sus vidas en un derramamiento inoportuno de sangre alemana.

Continuar una campaña que era contraria a los deseos de los aliados del Reino Unido era claramente una mala política de la que Lockhart no quería ser partícipe. 15

Había otra posible razón por la que el hombre que había apoyado sin reservas a la Maffie checa en 1940 se resistía ahora a dar rienda suelta al ejército de uves del Coronel Britton.

Mientras reflexionaba sobre qué hacer con la campaña de Ritchie, Lockhart fue informado de la Operación Antropoide, el esperado esfuerzo checo para incitar a la resistencia en el Protectorado de Bohemia y Moravia mediante el asesinato de su gobernante, el Obergruppenführer de las SS Reinhard Heydrich.

Armado con este conocimiento previo, es probable que Lockhart decidiera ver cómo evolucionaba Antropoide antes de llevar al PWE por un derrotero insurreccional parecido.

En caso de que este fuera el razonamiento de Lockhart, entonces debió sentirse justificado cuando acabó con el Coronel Britton.

El 27 de mayo de 1942, dos checos entrenados por el SOE lanzaron una granada contra el coche de Heydrich cuando este tomaba una curva cerrada en la carretera que conducía a su cuartel general de las afueras de Praga.

La explosión lanzó fragmentos de cuero de tapicería y chatarra contra el cuerpo de Heydrich, hiriéndolo de tal manera que perdió el conocimiento, no sin antes ahuyentar a sus atacantes con disparos erráticos de su Luger.

Días más tarde, el rubio wunderkind de los nazis pereció en las febriles garras de la septicemia.

La Operación Antropoide parecía haber tenido éxito, pero sus consecuencias confirmaron las reservas de Lockhart sobre los límites de ofrecer resistencia al dominio alemán sin un respaldo.

Lejos de provocar un levantamiento, la muerte de Heydrich supuso un duro golpe para los checos.

Cientos de civiles fueron detenidos y brutalmente interrogados o simplemente fusilados en un arrebato de venganza.

Angustiado por la muerte de su mano derecha, Himmler desató toda la fuerza de su Gestapo, cuyos agentes asesinaron a cientos de personas en el pueblo de Lidice y deportaron a otras tantas a campos de concentración.

La localidad cercana de Ležáky, donde se encontraron piezas de una radio del SOE, fue completamente arrasada. 16

Las desastrosas secuelas de la Operación Antropoide contribuyeron a acallar las voces sedientas de revolución dentro del PWE, lo que dio a Lockhart espacio suficiente para perseguir su idea de adaptar la propaganda a las operaciones militares regulares.

Ayudó el hecho de que, mientras se compadecía con Beneš por el destino de Lidice y Ležáky, Eden lo informara de que los estadounidenses querían que el PWE lanzara una ofensiva propagandística en apoyo de la Operación Torch, consistente en el desembarco de tropas en el norte de África con el objetivo de recuperar la región que estaba en manos de la Francia de Vichy, el gobierno títere pronazi nombrado tras la derrota de Francia en 1940.

Lockhart estaba entusiasmado. Torch suponía un bienvenido abandono de la idea de los levantamientos civiles: sería «la primera acción militar genuinamente positiva emprendida por los aliados» en dos años y ofrecería la oportunidad que Lockhart había esperado para demostrar la valía del Political Warfare Executive a sus detractores.

En vez de perseguir una revolución inverosímil, el PWE se dedicaría a multiplicar el miedo que iba a sentir el enemigo al ver buques de guerra estadounidenses aparecer en el horizonte, y lo haría difundiendo, antes del desembarco, rumores de insubordinación entre las filas de los defensores de Vichy.

Esta «guerra de nervios» en el norte de África se complementaría con la difusión por parte del PWE de mensajes de esperanza a los oprimidos de Europa y advertencias a sus opresores de que el desembarco era el primer acto del final del Reich.

Mientras Lockhart revisaba el aluvión de estrategias de apoyo a la Operación Torch ideadas por sus propagandistas, recibió una llamada telefónica que inyectó aún más energía al ambiente ya febril de Bush House.

Desde un lugar secreto en las afueras de Woburn, su interlocutor le informó de que, tras meses de discusiones y experimentos, una nueva arma de guerra psicológica que consolidaría los esfuerzos de Lockhart por convertir el Political Warfare Executive en un auténtico «cuarto brazo» de las Fuerzas Armadas británicas estaba finalmente lista para ser desplegada. 17