Un espía en Moscú 14. Cancelar la revolución #2
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14. Cancelar la revolución #2

Abrir las nuevas oficinas y probar ideas novedosas fue una tarea relativamente sencilla.

Sin embargo, a la hora de gestionar el equipo que tan mala fama había dado al PWE, Lockhart tuvo dificultades, pues bajo el pragmático director general seguía ocultándose el rebelde despreocupado de antaño.

Un ejemplo claro de ello fue el trato con Frederick Augustus Voigt, periodista del Manchester Guardian nacido en Alemania.

Voigt rechazaba la idea de fomentar una revolución masiva en Alemania, pero estaba convencido de que se podían encontrar aliados antinazis en las iglesias del Reich y en las mansiones de la aristocracia prusiana.

Voigt sostenía que un golpe de Estado contra el régimen era posible, pero «no por parte de la escoria alemana, sino de la élite alemana», para la cual el PWE debería adaptar entonces sus mensajes propagandísticos.

Voigt presumía de ser el mejor informado de Woburn en todos los asuntos relacionados con el Reich.

Para Lockhart, en cambio, era «uno de esos megalómanos complicados que detestan lo que aman» y que tendía a alardear de «la inmensa fortaleza de los alemanes, un cumplido a su propia sangre», para, acto seguido, «enfadarse con ellos por no comportarse como a él le gustaría que se comportaran».

La creencia de Voigt de que los buenos cristianos alemanes podían salvar la patria de sus antepasados se había tolerado en los días de Woburn, pero era incompatible con la nueva visión de Lockhart para el PWE.

Así y todo, el director general no se atrevía a despedir a Voigt.

Su asertividad y energía eran demasiado impresionantes y su voluntad de luchar por lo que creía sin duda tocó la fibra sensible del lado romántico de Lockhart.

Al final, Voigt tomó la decisión por su jefe y dejó el Political Warfare Executive en diciembre de 1941 con «los sentimientos heridos y un rencor considerable» hacia Lockhart y la deriva que estaba tomando la campaña propagandística británica. 10

El hombre que ocupó el puesto de Voigt en la sección alemana del PWE era la antítesis política de su predecesor, pero causó a Lockhart dolores de cabeza aún mayores y más prolongados.

Richard Crossman, profesor de Oxford y futuro ministro del gobierno laborista de Harold Wilson, creía que en el Reich abundaban los «buenos alemanes», especialmente en las fábricas y granjas.

Para poder hablar a estos resistentes de clase obrera, Crossman se puso en contacto con la comunidad de comunistas alemanes emigrados en Londres y creó una emisora de radio llamada Sender der europäischen Revolution (Emisora de la revolución europea) para poder transmitir propaganda a los hermanos y hermanas radicales del Reich.

El problema de este plan era que, tras años de persecución nazi, el movimiento alemán de resistencia de izquierdas estaba profundamente fracturado cuando comenzó la guerra, con miles de miembros del Partido Comunista presos en campos de concentración y apenas un puñado de células activas en las ciudades, la mayoría de las cuales actuaban de forma descoordinada y siempre temerosas de la represión violenta de la Gestapo.

Por esta razón —como dijo abiertamente un contemporáneo de los tiempos de Woburn—, el plan de Crossman para incitar a los comunistas del Reich era una «gloriosa tontería» que tuvo poca o ninguna repercusión en las operaciones de resistencia en Alemania.

Además, dado que Europäische Revolution emitía desde una casa de campo donde los exiliados dormían en el suelo y Crossman reinaba como una especie de gurú bohemio, el proyecto tenía el mismo aroma de complaciente falta de profesionalidad que Lockhart intentaba erradicar.

El problema era que Crossman —descrito por un colega como «a menudo exasperante, a veces peligroso, pero nunca aburrido»— despertaba en Lockhart el recuerdo de sí mismo de joven.

Reacio a despedirlo, el director general invirtió mucho tiempo y energías en intentar disuadirlo de la idea de buscar «buenos alemanes», y desplegó todos sus encantos e influencia para salvar el puesto de trabajo del problemático propagandista.

El mayor esfuerzo de Lockhart en este sentido se produjo en agosto de 1942, cuando Crossman radió una emisión no autorizada a Alemania en la que advertía de que la Royal Air Force iba a pulverizar sus ciudades con bombardeos ininterrumpidos.

Churchill exigió el despido de Crossman, pero Lockhart salió en su defensa y recurrió a Eden para que el primer ministro cambiara de opinión. 11

Negándose a expulsar del PWE a los molestos buscadores de «buenos alemanes», Lockhart se generó para sí mismo un trabajo adicional que incluía la obligación de revisar constantemente sus planes.

Algunos de ellos, como la campaña «Revuelta campesina» ( Peasants’ Revolt ), llevaban en marcha desde 1940 con escasos o nulos resultados.

Ello había llevado a la BBC a emitir un programa matinal para los agricultores alemanes madrugadores, a los que se animaba a cuestionar las políticas de confiscación de los nazis y las corruptas medidas de fijación de precios.

Generando animadversión hacia el régimen, el programa pretendía fomentar la perpetración de pequeños actos de rebeldía rural, como hacer que las remesas de cereales se echaran a perder o introducir patatas en los tubos de escape de los camiones del ejército.

Sin embargo, los informes de retorno indicaron que pocos agricultores se tomaron en serio la emisión y que los que siguieron las recomendaciones de la BBC lo hicieron de manera descoordinada e ineficaz.

Con todo, las emisiones de «Revuelta campesina» duraron casi dos años, lo mismo que la campaña alternativa «Id despacio» ( Go Slow ).

En ella se instaba a los trabajadores de las fábricas de la cuenca del Ruhr, Francia y Bélgica a perjudicar la maquinaria bélica del Reich haciendo desaparecer herramientas, llegando tarde al trabajo, sustrayendo piezas pequeñas pero cruciales de los tanques en las líneas de producción y, si lo deseaban, destrozando señales ferroviarias y aflojando las ruedas de los camiones de la Wehrmacht. 12

«Id despacio» y «Revuelta campesina» requerían poco esfuerzo por parte del PWE y, debido a su audiencia pasiva, obtuvieron unos resultados mediocres.

Por ello, Lockhart no les prestó mucha atención.

Sin embargo, la campaña «V» adquirió tal magnitud que exigió una mayor consideración por parte del director general.

Comenzó el 14 de enero de 1941, cuando Victor de Laveleye, un político belga que había huido al Reino Unido después de que los alemanes invadieran su país, pidió a través de la BBC que la población escribiera con tiza la letra V —de victoire en francés o de vrijheid (libertad) en flamenco— en los muros de los espacios públicos de Bruselas.

Parecía una propuesta banal, pero en los días posteriores a la emisión de De Laveleye, aparecieron cientos de uves no solo en la capital belga, sino también en las calles de Praga y París.

Goebbels se asustó lo suficiente para lanzar una contraofensiva propagandística en la que se ordenó a los soldados alemanes que pintaran uves de estilo gótico en las ciudades ocupadas.

Este intento de reivindicar una autoría alemana para la campaña aliada quedó rápidamente sofocado cuando aparecieron más uves en las puertas de los cuarteles de la Wehrmacht y las comisarías de la Gestapo.

Hasta Churchill se sumó a la iniciativa posando para la famosa fotografía en la que aparece haciendo una V con los dedos.

A Lockhart le gustó la campaña «V». Le parecía más sutil y de mayor alcance que las burdas emisiones propagandísticas dirigidas cuyo objetivo eran los agricultores y los trabajadores de las fábricas.

Sin embargo, le preocupó la deriva que tomó.

En la primavera de 1941, Douglas Ritchie, experiodista del Telegraph convertido en propagandista de la BBC, inventó un personaje radiofónico llamado Coronel Britton para personificar y ampliar la campaña «V».

Con una bravuconería inspirada en el estereotipo del inglés de mediana edad, corpulento y gracioso, que aparecía con frecuencia en las caricaturas de sátira política, Ritchie ladraba órdenes a sus oyentes europeos para que, en presencia de soldados alemanes, repiquetearan la letra uve en código Morse sobre las mesas de los cafés con el fin de «poner nerviosos a esos bastardos y hacerles saber que ellos son pocos y nosotros, muchos».

Según los informes de retorno enviados por los equipos de inteligencia británicos y los interrogatorios realizados a prisioneros alemanes, la campaña puso en vilo a las guarniciones de la Wehrmacht dando la impresión de que una resistencia organizada masiva acechaba en la sombra en cada ciudad que ocupaban.

Ritchie quiso hacer realidad esta ilusión.

Uniendo «V» a la campaña «Id despacio», el Coronel Britton instó a más de un millón de oyentes a participar en actos de sabotaje.

«¡Frenad las ruedas de la producción!», exigió.

«¡Desafilad las herramientas! ¡Aflojad tornillos!

¡Formad vuestras propias células!». En una deriva más provocadora, el Coronel también ordenaba a los oyentes que anotaran los nombres de los soldados alemanes y elaboraran listas de colaboradores como preparativo para el día «en que el Gobierno británico dé la orden» de contraatacar y «provocar disturbios y manifestaciones en todas las ciudades de Europa».

Preocupado por esta escalada, donde se pasaba de llamar a la resistencia pasiva a ordenar actos de rebelión descarados, en mayo de 1942 Lockhart dijo a Ritchie que mandara callar al Coronel Britton y diera por terminada la campaña «V». 13