14. Cancelar la revolución
Cancelar la revolución
Este intento de llamar a los alemanes a la rebelión contra Hitler mediante la argumentación y la seducción fue una pérdida de tiempo y energía eléctrica.
S EFTON D ELMER
El discurso fue bien recibido por quienes habían descartado el Political Warfare Executive por ser una asamblea de soñadores.
Consciente de que una parte fundamental de su trabajo consistía en mejorar las relaciones entre el PWE y los jefes militares, cuyos aviones necesitaba para lanzar panfletos y en cuyos operativos integrados confiaba para difundir información, Lockhart salió satisfecho de la que fue la primera de muchas reuniones informativas que mantuvo con los jefes de Estado Mayor.
Además de para mejorar la reputación de su organización, las demostraciones de profesionalismo y temperamento equilibrado de Lockhart eran necesarias para mantener a raya a sus detractores —y a sus largas memorias—.
Una semana antes de que Lockhart se dirigiera a los jefes de Estado Mayor, Eden pidió al director general que estuviera presente en su inminente reunión con el ministro de Asuntos Exteriores soviético, Viacheslav Mólotov.
La petición fue rotundamente denegada por los rusos, que aún no habían revocado la sentencia de muerte dictada contra Lockhart dos décadas atrás.
Esto se produjo inmediatamente después de una filtración de alguien de Whitehall que se refirió a Lockhart como jefe del PWE, a pesar de que tanto la organización como su papel en ella se suponía que eran secretos.
Para furia del escocés, su nombre fue mencionado en la prensa y en la Cámara de los Comunes, lo que llevó a un miembro del Partido Laborista a criticar: «un notorio antisoviético» no debería dirigir la campaña británica de guerra psicológica en un momento en que Londres y Moscú intentaban ir a la par.
El nombramiento del conspirador de Moscú reconvertido en periodista sensacionalista apestaba al mismo amateurismo irresponsable por el que Woburn se había hecho famoso.
Goebbels aprovechó el momento para presionar a su homólogo.
Los periódicos nazis publicaron artículos sobre Lockhart centrados en su labor antibolchevique de 1918, y lo presentaban como un jefe de espías con tendencia a abarcar más de lo que podía apretar.
Goebbels ordenó a su propia emisora de desinformación, la New British Broadcasting Station, que radiara una noticia sobre un nuevo libro de Lockhart, titulado Inside Wartime Russia, en el que se hablaba de un viaje reciente de su autor a la Unión Soviética.
El libro no era real y el viaje nunca tuvo lugar.
Aun así, Goebbels tenía todos los detalles: en otoño de 1941, Lockhart había viajado en secreto a Arcángel a bordo de un crucero de guerra de la Royal Navy para, a continuación, trasladarse en tren a Moscú, donde se reunió con Stalin y su séquito y describió el ambiente de guarida de gánsteres del Kremlin y los odiosos hábitos personales de los generales del Ejército Rojo.
El programa prosiguió describiendo cómo Inside Wartime Russia abundaba en historias escandalosas de la corte de Stalin y revelando nuevos detalles sobre un complot aliado para asesinar a Lenin en 1918.
Por ello —añadió la emisión—, la censura británica no había permitido que se publicara el libro.
Utilizando citas falsas atribuidas a Lockhart, Goebbels informó de que su rival se había quejado diciendo que «mi libro simplemente expone mis impresiones sobre la Rusia soviética en tiempos de guerra y solo puedo suponer que ha sido prohibido porque, en muchos casos, muestra a los rusos y su sistema a través de un prisma desfavorable ...
quizá si el público británico supiera toda la verdad sería menos propenso a dar la bienvenida a una victoria soviética en Europa». 7
Los intentos de Goebbels de desacreditar a Lockhart con hazañas del pasado chocaron, al igual que los de sus críticos en Whitehall, contra el baluarte de la reinvención profesional.
Con todo, el escocés siguió soportando miradas de rechazo mientras iba de reunión en reunión entre el imponente edificio del Ministerio del Interior y Whitehall.
Sin embargo, la posición de Lockhart como director general del PWE, su creciente cercanía con Eden y Bracken y el apoyo constante de Beaverbrook, su poderoso benefactor, le proporcionaban cierta inmunidad frente a los desaires y las presunciones que habían importunado su carrera durante tanto tiempo.
Incluso algunos rusos le tenían ahora un respeto a regañadientes.
Puede que Mólotov se hubiera negado a que el saboteador revolucionario asistiera a su reunión con Eden, pero el embajador del Kremlin en el Reino Unido, Iván Maiski, quiso mantener a Lockhart de su lado.
Ambos se reunían periódicamente para hablar de cómo adaptar la propaganda a los oídos no occidentales y desarrollar una estrategia coordinada de guerra psicológica anglosoviética contra Alemania.
Por ironías de la vida, Maiski invitó en 1943 al hombre que había intentado poner a las unidades de élite bolcheviques contra los propios bolcheviques a una fiesta en la embajada rusa para celebrar el vigésimo quinto aniversario del Ejército Rojo.
Lector de las memorias de Lockhart y conocedor de sus inclinaciones, Maiski lo obsequió con un libro sobre la historia de la música cíngara como gesto de amistad.
Algunos nunca superarían los sucesos de 1918, pero, en 1942, la mayoría de las personas con las que Lockhart trataba habían aceptado que el escandaloso agente británico fuera ahora un maestro de ceremonias de Whitehall. 8
Con el objetivo de mantener este nuevo estatus y ser efectivo como director general, Lockhart aceleró su campaña para poner fin a la era del amateurismo en el PWE.
Además de someter a la organización a un control gubernamental más estricto y condicionado a la obtención del visto bueno de Eden y Bracken para las ofensivas de propaganda más importantes, en los primeros meses de 1942 Lockhart sacó a la mayoría de sus propagandistas de la burbuja de Woburn y los trasladó al edificio Bush House, en Londres, dos plantas por debajo de la BBC.
La nueva sede del PWE destinada a librar una guerra verbal era un lugar pequeño y sofocante, carente de ventilación adecuada y atiborrado con dos docenas de escritorios estrechamente apretujados.
A pesar de ello, Lockhart no se lo pensó dos veces y se mudó del Salón Locarno a Bush House, donde instaló su oficina provista de conexión directa con varios funcionarios de Whitehall, con los que conversaba a menudo hasta mucho después de que el Big Ben diera las campanadas de medianoche.
Desde ese momento, Lockhart recordaría su mundo en tiempos de guerra «delimitado por una elipse cuyos cuatro puntos cardinales eran el East India Club en St James Square, Whitehall, Bush House y el Ministerio de Información».
Compartía esta existencia claustrofóbica con su adjunto, el general de brigada Dallas Brooks.
Este miembro de la Marina Real reclutado inicialmente por Campbell Stuart en 1939 como enlace entre los propagandistas y los jefes de Estado Mayor vio ampliadas sus funciones bajo el régimen de Lockhart, que intentaba reconvertir el PWE en un multiplicador de la fuerza de guerra psicológica para los servicios armados regulares.
Semejante ambición requería mejoras no solo organizativas, sino también en la calidad de la propaganda.
Para ello, Lockhart contrató a un psicólogo de la Universidad de Cambridge, J.
T. MacCurdy, que se encargaría de asesorar al PWE en lo relativo a la mejor manera de meterse en la cabeza de los alemanes.
Partiendo de la premisa de que los combatientes germanos confiaban plenamente en los avanzados sistemas de armamento del Reich, MacCurdy ideó un rumor sobre una fábrica de submarinos saboteada con el objetivo de hacer que las tripulaciones tuvieran miedo de cargar los tubos lanzatorpedos, no fuera que la munición explotara en sus manos. 9