13. Una «guerra de broma» #5
La joven checa fue una revelación para el escocés.
Además de actuar como consejero sentimental de sus colegas —su simpatía lo mantenía generalmente al margen de las disputas—, Lockhart pasaba la mayor parte de su tiempo en el SOE elaborando informes de inteligencia sobre la situación en el Protectorado de Bohemia y Moravia.
Consciente de que, a pesar de todos sus defectos, tenía mucho más que ofrecer, en diciembre de 1940 escribió a Dalton para solicitar un cambio de destino.
Destacó su «conocimiento personal más amplio, dilatado y variado de los países europeos y sus personalidades que la mayoría de la gente de Whitehall», y declaró que quería dejar de «perder el tiempo recopilando y redactando informes sobre las condiciones de la vivienda, los precios de los alimentos, los salarios, el transporte y otros datos estadísticos».
Necesitaba un trabajo que marcara la diferencia.
Dalton coincidió en que el talento de Lockhart se estaba desperdiciando en la oficina checa y era uno de los hombres «más y mejor informados sobre discusiones entre ministros y funcionarios» de Whitehall, especialmente en asuntos que se consideraban «supuestamente secretos».
Esto llevó a Dalton a ofrecerle un singular puesto flexible en el SOE que le daría la capacidad de intervenir en cualquier asunto que considerara oportuno, ya fuera de inteligencia, propaganda u organización de grupos de resistencia antinazi. 17
Pero Lockhart no era tonto y sabía que la oferta de Dalton era más una concesión a su ego que un puesto real: todavía guardaba fresca en la memoria la degradación de Van al eufónico pero irrelevante cargo de asesor diplomático jefe.
Por consiguiente, a principios de 1941, Lockhart decidió explorar otras opciones laborales.
Le sugirieron entrar en el MI6, pero, consciente de sus limitaciones como jefe de red de espionaje, anotó en su diario que «nada en este mundo me haría aceptar» el puesto, «ni suplicándomelo».
Beaverbrook, como de costumbre, tenía la cabeza rebosante de ideas.
Aparte de su oferta permanente de volver al periodismo, el magnate de la prensa sugirió que Lockhart fuera nombrado ministro de Información y urdió un plan para enviarlo a Washington, donde desempeñaría una función propagandística no especificada, pero cuyo objetivo probablemente fuera animar a Estados Unidos a entrar en guerra, ya que, en la primavera de 1941, los británicos todavía no tenían ningún aliado importante.
Beaverbrook también recomendó a Anthony Eden —que había recuperado el poder como secretario de Relaciones Exteriores y secretario de Estado para la Guerra en el gobierno de Churchill— que considerara a Lockhart como el hombre que podía solucionar el problema de propaganda del Reino Unido.
De esta manera, Beaverbrook se convirtió una vez más en el árbitro del destino de Lockhart. 18
Eden estaba tan harto de Dalton como los demás, y, consciente de que el origen de los despropósitos que este presidía se podía rastrear hasta Woburn, ordenó a Lockhart que llevara a cabo una revisión exhaustiva de la campaña de propaganda británica desde sus inicios.
Lockhart aprovechó la oportunidad para plasmar por escrito dieciocho meses de frustración, señalando que «la confusión, el solapamiento y la falta de organización» eran «mayores de lo que había creído posible».
Identificó como problema fundamental la enorme cantidad de responsables involucrados en la propaganda británica y recomendó que «la solución adecuada a este problema es poner bajo un mando único todas las formas de propaganda de la zona de guerra enemiga».
Había que crear un departamento nuevo, formado por propagandistas del SOE y el MOI, controlado por un director y con un único objetivo: minar la moral alemana mediante métodos de guerra psicológica.
Eden estuvo de acuerdo y, el 8 de agosto de 1941, Churchill firmó la creación del Political Warfare Executive (PWE), o Comité de Guerra Política, que comenzó a funcionar en secreto fingiendo una última versión del PID de Leeper.
A pesar de la reivindicación de Lockhart sobre la necesidad de un líder único, el PWE fue dirigido inicialmente por un comité del que él era miembro.
Como era de esperar, este comité implosionó bajo el peso de los egos involucrados, lo que llevó finalmente al nombramiento de Lockhart como director general del PWE el 20 de marzo de 1942. 19
Es fácil caer en la tentación de interpretar esta secuencia de acontecimientos como una hábil maniobra de autopromoción por parte de Lockhart.
Su preocupación por la campaña propagandística británica era real, pero también lo era su insatisfacción por el estancamiento de su carrera y, como de costumbre, sus problemas económicos.
Lockhart tenía dos libros a punto de terminar en 1939.
Sin embargo, su retorno al Foreign Office al comienzo de la guerra impidió que ninguno se publicara.
Esto lo obligó a depender de su salario del PID y el SOE, que, con poco más de mil libras al año, era demasiado bajo para satisfacer sus siempre complacientes hábitos de gasto.
Citando el voluntariado de Tommy para la Cruz Roja y la focalización de Moura en su trabajo para De Gaulle, Lockhart afirmó más tarde que su vida social se esfumó durante la guerra, pero lo cierto es que siguió organizando costosos almuerzos y cenas con viejos amigos y nuevos contactos, y, al igual que muchos funcionarios del gobierno, bebía con frecuencia para hacer frente al estrés de vivir en un Londres bombardeado.
Todavía en octubre de 1941 estaba haciendo frente a su última «semana decisiva», en la que tenía que encontrar 250 libras para pagar deudas.
Probablemente, esta necesidad continuada de dinero rondaba por la mente de Lockhart cuando le dijo a Eden que la campaña de propaganda necesitaba un maestro de ceremonias.
Este fue, sin duda, el motivo por el que insistió en que, para ser nombrado director general del PWE, también debían darle el lucrativo puesto de subsecretario adjunto del Foreign Office. 20
Las maniobras que Lockhart pudiera hacer para obtener un beneficio económico no deben restar valor a la sinceridad de sus quejas sobre la campaña de propaganda británica ni a su propia aptitud para el cargo.
Por los años pasados en Rusia, el trabajo realizado en Europa central, la carrera como periodista y escritor y la labor realizada en representación de Van y el British Council, pocos en Whitehall tenían la amplia experiencia de Lockhart en las actividades que conformaban la guerra psicológica.
Su amistad con figuras clave del Foreign Office también fue una bendición para los malqueridos propagandistas británicos.
Toda una vida de contactos políticos y de trabajo en el reino de las medias verdades y la subversión estaba a punto de dar sus frutos.
Sin embargo, la confianza que esta experiencia profesional transmitía a Lockhart se topó con las salvedades que imponía su infinita capacidad de autorreflexión crítica.
Se negaba a creer la afirmación de Beaverbrook de que era un mago capaz de resolver cualquier problema; antes, al contrario, Lockhart se veía a sí mismo como un elemento de atrezo en el espectáculo «producido, como quien se saca un conejo de la chistera», para arreglar el desastre creado por Leeper y Dalton.
También se dio cuenta de que reconceptualizar la guerra propagandística británica y gestionar el manicomio que la libraba lo llevaría al límite.
Tras aceptar la oferta de Eden de ser nombrado director general del Political Warfare Executive, Lockhart fue a tomar una copa con un colega que trabajaba para Beaverbrook.
Este amigo admitió que el exigente horario del magnate de la prensa lo «estaba matando», pero, clavando su dedo índice en el pecho de Lockhart, le aseguró que, al asumir el control del PWE, «te acabas de suicidar».
Lockhart sonrió levemente y se bebió de un trago su vaso de scotch .
«Metafóricamente, cierto —respondió—. Literalmente, una posibilidad futura». 21