Un espía en Moscú 13. Una «guerra de broma» #4
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13. Una «guerra de broma» #4

La defensa de la organización secreta checoslovaca y la insistencia en que la BBC debía dar más tiempo de emisión a Jan Masaryk para que pudiera transmitir mensajes que levantaran la moral en el Protectorado le valieron a Lockhart la ira de varios funcionarios del Foreign Office, quienes reaccionaron evitando reunirse con él.

A pesar de ello, Lockhart logró un éxito diplomático en nombre de aquellos a los que se refería cariñosamente como «mis checos».

El 23 de julio de 1940, Churchill reconoció oficialmente al gobierno checo en el exilio con Beneš de presidente en detrimento de su rival eslovaco por el título, Milan Hodža.

Lockhart desempeñó un papel clave en la exclusión de Hodža.

Con la ayuda de Masaryk, investigó sus antecedentes e informó al Foreign Office de que el aspirante a líder checoslovaco había malversado fondos del tesoro de Praga y que el hecho de colocarlo en un pedestal transmitiría una mala imagen del gobierno británico.

Aunque no consiguió su campaña de guerrilla, Lockhart reivindicó el reconocimiento de Beneš y su gobierno en el exilio como una victoria personal después de diez meses de lucha con sus colegas, que no prestaban atención a los checos.

Fue uno de los pocos triunfos que obtuvo en 1940. 12

Mientras hacía gestiones en favor de Beneš, Lockhart seguía trabajando en Woburn elaborando informes de inteligencia semanales y participando cada vez más en las tareas de propaganda.

Una de las áreas en las que contribuyó fue la creación de rumores, conocidos en la jerga propagandística británica como sibs , del latín sibilare , que significa cuchichear.

Difundidos a través de periódicos o programas de radio falsos, o bien en las conversaciones de los agentes del MI6, estos bulos estaban diseñados para minar la moral alemana aumentando la ansiedad y provocando miedos.

Algunos sibs lograban un equilibrio perfecto entre lo alarmante y lo creíble, como el rumor de que se había detectado una enfermedad transmitida por los cerdos en los barcos ganaderos del Báltico y que, como consecuencia, el Volk ya no podía confiar en la seguridad de los productos porcinos del Reich.

Otros rumores sobre una nueva bomba incendiaria británica con detonación retardada alimentaron el temor de que, horas después de un ataque aéreo, los civiles alemanes pudieran ser destrozados por lo que parecían ser bombas fallidas.

Del mismo modo, un rumor sobre un arma británica capaz de incendiar los mares tuvo un impacto psicológico en unos pilotos de la Luftwaffe que, en los interrogatorios posteriores a su captura en la batalla de Inglaterra, hablaron del terror que sentían al pensar que podrían morir abrasados tras amerizar en el Canal de la Mancha.

Otros bulos, según recordó un miembro del personal de Woburn, «daban signos de haber sido ideados después de una buena comida».

Un ejemplo de ello fue el rumor de que el Reino Unido había importado tiburones de Australia para liberarlos en el Canal de la Mancha como medida disuasoria contra la invasión alemana.

Otras estupideces del estilo abundaban en los rumores que se difundían en las mezquitas de África Occidental, donde se decía a los fieles que «cuando los alemanes maldicen, utilizan la palabra scheisse , que es su forma de pronunciar Satanás, que es su dios». 13

Cuando no estaba ideando bulos, Lockhart redactaba panfletos favorables a Beneš para distribuirlos en Praga y emitía mensajes a través de la BBC dirigidos a la población de Zagreb evocando su amor por la ciudad y trasladando la necesidad de defenderla de los fascistas, tanto los de dentro como los de fuera.

También ayudó al amante de Moura, H. G. Wells, a redactar un panfleto para ser lanzado sobre Francia cuyo objetivo era fomentar la resistencia entre las clases medias liberales apelando a su razón e inteligencia.

La idea surgió de uno de los numerosos almuerzos que Lockhart compartió con Moura, quien, tal como había hecho en la Rusia revolucionaria, se adaptó y prosperó en medio del drama que la rodeaba.

Al comienzo de la guerra, Moura ejerció brevemente de propagandista en el Ministerio de Información antes de que surgieran dudas sobre si trabajaba para los soviéticos o, incluso, para los alemanes.

Su viejo amigo Klop Ustinov, tras ser reclutado por el MI5 para espiarla, aseguró a sus superiores que la baronesa no era proalemana.

Sin embargo, su turbia reputación y la existencia de una fotografía suya al lado de Stalin fueron suficientes para que el MOI echara a Moura.

Al final, Ernest Boyce intervino una vez más para sugerir que, siempre que se ciñera a labores «sin relación alguna con el Departamento de Inteligencia», el intelecto y la ética de trabajo de Moura la convertían en un activo para el esfuerzo bélico aliado.

Esto la llevó a escribir artículos para La France libre , la revista de propaganda editada por el gobierno francés en el exilio del general Charles de Gaulle.

Como por entonces Lockhart estaba presionando a Beaverbrook para que el Foreign Office dejara en paz a Moura, es probable que moviera los hilos necesarios para conseguirle este trabajo poco controvertido para un aliado cercano del Reino Unido.

Sin duda, Lockhart se benefició de que Moura fuera enviada a trabajar con la gente de De Gaulle, ya que los artículos que ella escribía sobre el estado de su administración y las condiciones en la propia Francia se basaban en detalles que acababan llegando a Woburn. 14

Ni los acuerdos a los que llegara con Moura ni la producción de panfletos bastaron para satisfacer el espíritu combativo de Lockhart, que se había visto avivado por la milagrosa evacuación de trescientos mil soldados de las playas de Dunkerque en junio de 1940.

Todavía resentido por ver rechazada su idea de la Maffie checa, Lockhart se quejó a Beaverbrook de que, cuando se trataba de proponer formas innovadoras de enfrentamiento con los alemanes, sentía que estaba dándose cabezazos contra el muro «extremadamente cauteloso e indeciso» de Whitehall.

«Hace veintidós años —reflexionó— habría reaccionado violentamente.

Hoy en día adopto métodos más amables, pero algo de sed de batalla sigue corriendo por mis venas».

El despido de Campbell Stuart de Woburn poco después de Dunkerque le brindó la oportunidad de dar rienda suelta a esta actitud combativa.

Reconociendo la disfuncionalidad del operativo de Leeper, Churchill ordenó que el EH y el PID se incorporaran a la sección de propaganda de una nueva organización clandestina cuya misión era «prenderle fuego a Europa» mediante la subversión y el sabotaje: el Comité de Operaciones Especiales (Special Operations Executive, SOE). 15

Debido a su relación con Beneš y a su experiencia en operaciones secretas, Lockhart fue nombrado responsable de la sección checa de lo que los funcionarios de Whitehall llamaban «el show de Dalton».

Se referían al director del SOE, Hugh Dalton, un político laborista en cuyas manos Churchill puso el control de la guerra económica, la propaganda y las operaciones de sabotaje del Reino Unido en julio de 1940.

El primer ministro detestaba a Dalton a nivel personal, pero apreciaba su odio al fascismo, aunque ello molestara a otras personas.

Dotado de una capacidad especial para pontificar y alienar en igual medida, el jefe del SOE era siempre «ofensivo y se ponía a la gente en contra», generalmente cuando insinuaba que cualquiera que no echara espuma por la boca de odio hacia Hitler estaba a dos pasos de ser un apaciguador.

Los miembros de la sección de inteligencia del SOE se quejaban de tener que servir bajo las órdenes de Dalton, a quien las personalidades influyentes cercanas a Churchill pronto tacharon de « windbag », es decir, una persona vacía, locuaz y pretenciosa, incapaz de lograr nada.

Esto dañó aún más la reputación de los propagandistas y saboteadores del SOE, a quienes muchos en el MI6 y el Ejército ya miraban por encima del hombro como aficionados de segunda.

No ayudó que el SOE se viera asolado por disputas internas sobre quién debía hacer qué en cada operación.

«Perdemos horas, días y semanas en cuestiones personales —se lamentaba Lockhart— y al final no hacemos nada».

En su opinión, la impotencia de la organización quedó aún más patente la tarde del 13 de septiembre de 1940, cuando la llegada de la Luftwaffe sobre Londres le obligó a buscar un refugio antiaéreo junto con sus compañeros.

En medio del estruendo y el estallido de las bombas, se oyó un golpe en la puerta del refugio.

Una vez abierta, una «jovencita checa, de unos dieciséis años» cruzó el umbral y, mostrando una carta de Beneš que había traído desde la otra punta de la ciudad, preguntó educadamente quién era el señor Lockhart.

Mientras los hombres que debían prender fuego a Europa se ponían a cubierto, una adolescente había atravesado temerariamente las calles de Londres entre explosiones para hacer el trabajo de aquellos. 16