13. Una «guerra de broma» #3
El humor de Lockhart mejoró el 1 de mayo de 1940, cuando asistió a una cena en la casa Stornoway, la residencia de Beaverbrook en Londres.
El Castor había respaldado los Acuerdos de Múnich en 1938 y, una vez iniciada la guerra, defendió que era necesario negociar una paz que preservara la integridad del Imperio británico y satisficiera al mismo tiempo el ansia de Lebensraum (espacio vital) de Hitler.
También defendía la retórica antibélica del embajador estadounidense en el Reino Unido, Joseph Kennedy, e hizo que sus periódicos destacaran la amenaza de una invasión alemana y la «fase mucho más sombría de la guerra» que se avecinaba.
Sin embargo, tras el desastroso intento británico de desembarcar tropas en Noruega en abril de 1940, Beaverbrook sufrió uno de sus peculiares cambios de humor y escribió un artículo para el Daily Express en el que declaró que «toda la nación está ahora decidida y comprometida con su propósito de luchar en la guerra hasta el final».
Lockhart era conocedor de la influencia que ejercía el magnate de la prensa y confiaba en que el cambio de opinión de su antiguo jefe tendría un impacto político.
Esta fe se vio rápidamente recompensada.
Días después de que Beaverbrook diera a conocer su opinión revisada sobre la guerra en Stornoway, el gobierno de Chamberlain se vino abajo y Churchill fue nombrado primer ministro, con Beaverbrook como miembro del gabinete de Guerra.
Lockhart estaba eufórico, pero consideraba que el nuevo jefe del gobierno debía «reducir el consumo de alcohol y dominar el mal genio» para tener éxito.
La hipocresía de tal afirmación quedó al descubierto cinco días después del nombramiento de Churchill, cuando Lockhart, Beaverbrook, Randolph Churchill, Clement Attlee y Arthur Greenwood bebieron hasta altas horas de la madrugada para celebrar el nombramiento del flamante y más belicoso primer ministro británico. 8
El ascenso de Churchill y el fin del período conocido como «guerra de broma» levantaron el ánimo de Lockhart, pero no lo suficiente para distraer su mente preocupada del hecho de que la espada de Damocles seguía pendiendo sobre su país.
Con la batalla de Inglaterra librándose en los cielos, Lockhart se encontró reflexionando con creciente pesimismo sobre la perspectiva de una invasión alemana y la consiguiente ocupación.
No sabía que tanto él como Moura figuraban en la «lista negra» nazi de personas que serían ejecutadas durante la conquista planeada por Hitler, pero aun así se desesperaba ante la idea de hallarse en Londres cuando ocurriera lo peor.
Como la mayoría de los residentes de la capital, Lockhart había vivido en sus carnes un aterrador adelanto de las intenciones alemanas.
Mientras asistía a una cena en el United Services Club en octubre de 1940, una bomba cayó en el jardín, justo detrás de la ventana donde él estaba sentado.
La explosión destrozó cristales, desprendió lámparas de araña y lanzó a Lockhart al otro lado de la sala.
Los segundos se hicieron eternos mientras los despavoridos invitados se apiñaban bajo una nube de polvo y escombros.
Con cuidado, Lockhart se fue incorporando mientras se quitaba la metralla de los antebrazos.
En ese momento de aturdimiento, contempló la imagen sobrenatural de un capitán de la Armada que se mantenía firme en medio del humo y el pánico, sosteniendo en su mano una copa de oporto admirablemente intacta.
Inspirado por semejante muestra de estoicismo, Lockhart se despidió de los presentes en la fiesta asolada por la explosión y emprendió una estrambótica y aliviadora ruta de bares que lo llevó al Sports Club, al Landsdowne y, finalmente, de vuelta al St James’s Club mientras las bombas no paraban de caer sobre Londres.
Aparte del peligro para su integridad física, lo que preocupaba a Lockhart era que el Blitz , la campaña alemana de bombardeo continuado sobre el Reino Unido, estuviera manteniendo viva la posibilidad de una paz negociada.
A finales de junio tomó nota de un rumor según el cual Hitler , al tiempo que atizaba con el bastón de la Luftwaffe, mostraba la zanahoria de los términos de paz a los antichurchillistas del gobierno a través de Francisco Franco.
El acuerdo era sencillo: «Hitler gobernará Europa, nosotros gobernaremos los mares ...
Winston se irá. Lloyd George será nuestro Pétain».
Era algo que, según Lockhart, se sabía «en todo Londres».
Las muestras públicas de desafiante grandilocuencia de Churchill en la Cámara de los Comunes eran conmovedoras y sus órdenes a los funcionarios de Whitehall de abstenerse de entablar conversaciones de paz con los alemanes eran tranquilizadoras.
Pero Lockhart, desde su visión de propagandista, consideró que si no se tomaban medidas que respaldaran las belicosas palabras de Churchill, su gobierno dejaría de escucharlo muy pronto.
La voluntad de resistir se diluiría y volverían las conversaciones para negociar un acuerdo con Hitler. 9
Este estímulo para la acción, combinado con su cruzada personal para mejorar la reputación de Beneš, llevó a Lockhart a presentar su primera propuesta de operación bélica: una campaña de ataques de guerrilla en la Checoslovaquia ocupada, que los alemanes habían rebautizado como Protectorado de Bohemia y Moravia.
En 1939, los combatientes de la resistencia en el Protectorado crearon un canal secreto de comunicación por radio con Beneš a través del cual recibían órdenes y pedían armamento, explosivos y otro material al Reino Unido.
A instancias de Beneš, en la primavera de 1940, uno de estos miembros de la resistencia salió clandestinamente del Protectorado para reunirse con Lockhart con el fin de discutir la siguiente fase de la lucha contra la ocupación nazi.
Al llegar al hotel del barrio londinense de Putney donde había sido citado poco después del amanecer, Lockhart fue conducido por oficiales de los servicios de inteligencia checos a una habitación que habían reservado para celebrar el encuentro secreto.
El único ocupante de la suite era un hombre de unos treinta años, de aspecto demacrado, que tendió la mano a Lockhart sin sonreír y se presentó como el jefe de la Maffie checa, el principal grupo de resistencia del Protectorado.
Le aseguró a Lockhart que la Maffie era una organización profesional estructurada en células que mantenía una estricta seguridad operativa entre sus miembros, cada vez más numerosos.
Tenían armas y explosivos, experiencia y fortaleza, y estaban dispuestos a dar sus vidas para liberar a Checoslovaquia de sus opresores.
Al resumir su reunión de dos horas con el resuelto ciudadano checo, Lockhart trasladó al Foreign Office una valoración acrítica informando de que los «preparativos militares de la Maffie han terminado» y sus combatientes estaban «listos para una revuelta general» siempre que contaran con el respaldo británico.
Animado por lo que le había contado el jefe de la Maffie, Lockhart se embarcó de nuevo en la aventura de la insurrección, esta vez para expulsar a nazis ocupantes en vez de derrocar a comunistas revolucionarios. 10
El contacto de Lockhart se colgaba muchas medallas, pero había pocas pruebas que respaldaran sus palabras sobre la adecuada aptitud de la Maffie.
Una revuelta de estudiantes universitarios checos en octubre de 1939 había fracasado estrepitosamente, lo que provocó la detención de miles de participantes y la ejecución de algunos de ellos.
El entusiasmo por una repetición del amotinamiento se vio sofocado en todo el Protectorado en los meses siguientes por nuevos actos de opresión nazi.
Como informó el general Colin Gubbins, experto británico en guerra de guerrillas, después de llevar a cabo un reconocimiento de los territorios ocupados a principios de 1940, «las perspectivas de sabotaje en Polonia y Checoslovaquia carecen de esperanza».
La negativa de Lockhart a aceptar las estimaciones de Gubbins y su disposición a creer todo lo que le había dicho el jefe de la Maffie indican que su espíritu aventurero y su visión romántica de los checos se impusieron a su sentido común.
Ya en 1942, cuando los checos llevaron a cabo su acto de rebelión más infame al asesinar al Obergruppenführer de las SS Reinhard Heydrich, el movimiento de resistencia seguía siendo pequeño y estaba mal preparado para una campaña de guerrilla sostenida.
De hecho, parte de la justificación de Beneš para dar la orden de matar a Heydrich había consistido en demostrar al resto de los líderes aliados que los checos podían ofrecer a sus opresores una resistencia tangible.
El hecho de que no llevaran a cabo esta demostración hasta 1942 indica la vacuidad de las afirmaciones de Lockhart sobre el nivel de preparación de la Maffie en 1940. 11