Un espía en Moscú 13. Una «guerra de broma» #2
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13. Una «guerra de broma» #2

Los frutos del disfuncional ambiente laboral de Woburn también eran cuestionables.

Los resúmenes de inteligencia del PID fueron criticados por su parcialidad, y el hecho de que Lockhart alabara la resistencia checa a la ocupación alemana llevó a un funcionario de Whitehall a quejarse del «desproporcionado espacio» dedicado a informar sobre Checoslovaquia por alguien «de pluma fácil».

La parte propagandística del operativo de Woburn suscitó críticas similares.

Las técnicas para subvertir al enemigo mediante palabras e ideas habían sido introducidas por primera vez durante la primera guerra mundial por la Crewe House, una organización clandestina dirigida por lord Northcliffe, el magnate de la prensa rival de Beaverbrook.

Después de la guerra, el adjunto de Northcliffe, Campbell Stuart, escribió un informe elogioso sobre el trabajo de la Crewe House en el que argumentaba que la propaganda había sido decisiva para derrocar al Kaiserreich y que él había desempeñado un papel fundamental en la ingeniería de este triunfo.

Esto llevó a Stuart a ser nombrado jefe del Department EH cuando se creó como organismo sucesor de la Crewe House en 1938.

Una vez que comenzó la guerra, no tardó mucho en ponerse de manifiesto la verdad sobre las limitaciones de Stuart.

Conduciendo su Rolls-Royce con chófer entre breves reuniones en Woburn y largos almuerzos en Londres, Stuart presidió una operación de propaganda que ignoró el éxito de la política hitleriana de Gleichschaltung (sincronización), la cual había creado un Volk (un «pueblo») que, por devoción o por miedo, estaba unido y sometido a su Führer.

El EH, en cambio, partía de la hipótesis de que si las voces británicas se limitaban a decir al pueblo alemán que Hitler estaba loco y que su liderazgo era cuestionable, el Reich implosionaría.

Esta idea mal fundamentada guio las primeras salvas propagandísticas del Reino Unido contra Alemania. 4

Horas después de que Chamberlain declarara la guerra, los panfletos del EH revoloteaban por los cielos de Alemania, Checoslovaquia, Polonia y Suiza.

Fue uno de los primeros raids de la Royal Air Force en el conflicto.

Como tal, Stuart podría haber reivindicado una victoria propagandística al difundir en Europa que, contrariamente a los alardes de Göring sobre el poderío de la Luftwaffe, los aviones británicos habían penetrado sin problemas en el espacio aéreo del Reich.

Sin embargo, el jefe del Department EH se limitó a destacar ante el gabinete de Guerra la calidad y la eficacia de los folletos en sí.

Los informes de retorno sobre la recepción de la propaganda contaron un relato totalmente distinto.

Los efectivos del MI6 en Europa indicaron que pocos destinatarios se habían tomado en serio las críticas del panfleto a la competencia de Hitler, y muchos menos habían dedicado tiempo a leer las traducciones al alemán de los aburridos discursos de Chamberlain en los que se presentaba la entrada del Reino Unido en la guerra como un noble correctivo a la brutal ilegalidad del nazismo.

El hecho de que los pilotos británicos arriesgaran sus vidas para distribuir ideas tan inofensivas —en vez de, por ejemplo, lanzar artefactos explosivos— fue visto como una muestra de «buenas maneras» e «ineficacia», una forma «típicamente loca e inglesa de obrar».

En un intento de ver el lado positivo, el cónsul general británico en Zúrich recomendó que se siguieran lanzando los panfletos, aunque solo fuera para mantener ocupados a los soldados alemanes recogiéndolos.

Ante estas críticas, incluso Stuart reconoció lo evidente: que la gente a la que intentaba volcar contra Hitler «condena los folletos porque no son bombas».

Lockhart opinaba lo mismo. Reflexionando sobre la batalla que Polonia había perdido contra la Wehrmacht y el Ejército Rojo —este último también había invadido Polonia en virtud de un pacto secreto entre Hitler y Stalin—, se desesperaba solo por pensar que la única respuesta de los británicos fuera lanzar trozos de papel que transmitían ideas mal informadas. 5

Intuyendo el descontento de su amigo, Leeper consiguió que Lockhart asumiera otra función además de su trabajo en Woburn: servir de enlace entre Whitehall y los funcionarios checos que habían huido al Reino Unido después de que los alemanes ocuparan su país en marzo de 1939.

A la cabeza de estos refugiados estaba Beneš, que quería formar un gobierno en el exilio que pudiera continuar la lucha contra Alemania desde Londres.

Era una aspiración válida en teoría, pero los términos de los Acuerdos de Múnich no permitían que Beneš y sus funcionarios fueran reconocidos como órgano gubernamental de la Checoslovaquia conquistada.

Esto dejó a Lockhart en una situación diplomática tan turbia como la que había tenido en 1918, lo que llevó a un colega a sugerirle que asumiera el título de «agente británico» ante los checos.

Lockhart se estremeció de pensarlo. No solo le traía malos recuerdos, sino que sabía que Goebbels aprovecharía la ocasión y se daría un festín propagandístico utilizando su historia para agriar las relaciones anglosoviéticas.

Por lo tanto, cuando le dieron el apodo de «agente», él optó por el de «representante».

El título no era tan importante como el trabajo en sí, que era lo que interesaba a Lockhart más que cualquier otra cosa que hiciera en Woburn.

Puede que Checoslovaquia fuera el origen de sus años más descontrolados, pero el cariño que sentía por el país y sus gentes nunca decayó.

Soñaba con hacer que los odiados Acuerdos de Múnich se fueran al traste y el gobierno en el exilio de Beneš fuera plenamente reconocido como precursor de un estado checoslovaco independiente que sería restablecido una vez derrotados los nazis.

El primer problema al que se enfrentó Lockhart para lograr este objetivo era el que entrañaba más dificultad: el propio Beneš.

Resentido por Múnich y enfurecido por cómo su país había sido engullido por el Reich mientras el Reino Unido y Francia se mantenían al margen, el checo se había ganado en Whitehall una fama de inflexible e irascible.

Y como el expresidente fugitivo disponía de pocos recursos militares a su mando, la mayoría de los funcionarios británicos lo veían también más como una carga que como una bendición para el esfuerzo bélico.

«Siempre digo que los checos pueden ayudarnos durante la guerra —apuntó Lockhart en su diario—, pero nadie escucha.

A nadie le importa». Igual que en 1918, Lockhart respaldaba una causa impopular por la que se llevó fama de burlón. 6

El apoyo a Beneš no era la única razón por la que Lockhart se sentía una vez más como un extraño en el gobierno al que servía.

El estado lamentable de Woburn y la falta de mentalidad bélica de Londres le parecían síntomas de un grave problema subyacente: antes que seguir luchando, Chamberlain prefería salir de la guerra.

Esta corazonada se confirmó en noviembre de 1939, cuando la propuesta de Woburn de lanzar panfletos que denunciaran la corrupción nazi y el lucro de la guerra fue rechazada por el secretario de Estado de Exteriores, lord Halifax, con el argumento de que la propaganda implicaría al notoriamente corrupto y autocomplaciente Göring.

Puesto sobre aviso por Vansittart y sus amigos del MI6, Lockhart sabía que la moratoria de la propaganda difamatoria contra el Reichsmarschall respondía a «unas negociaciones privadas en curso».

Estas habían comenzado semanas atrás, cuando Göring empezó a enviar sondas de paz a lord Halifax a través de intermediarios.

La posibilidad de sacar al Reino Unido de la guerra mediante un acuerdo secreto con Alemania hizo que el gobierno optara por hacerse el remolón antes que prepararse para una larga contienda.

Durante una cena con Ian Fleming —funcionario de Inteligencia y futuro creador del espía de ficción James Bond— y el que pronto sería infame miembro de las fuerzas especiales Fitzroy Maclean, Lockhart fue informado de que «el ambiente en Whitehall no [era] serio, ni belicoso, sino lleno de intrigas».

Nicolson compartía opiniones similares y reveló a Lockhart que él y Anthony Eden, que había dimitido como secretario de Estado de Exteriores en febrero de 1938, formaban parte de una camarilla para derrocar a Chamberlain.

Sin embargo, el consuelo que estas voces afines proporcionaron a Lockhart no bastó para acabar con su sensación de que las negociaciones de paz de Halifax darían fruto antes de que un ocupante más belicoso se mudara al 10 de Downing Street. 7