Un espía en Moscú 13. Una «guerra de broma»
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13. Una «guerra de broma»

Una «guerra de broma»

Este gobierno nunca ganará esta guerra.

L ORD B EAVERbrOOK

Hubo algo inquietantemente elaborado en el comienzo de la segunda guerra mundial para Lockhart.

Dos días después de que Chamberlain declarara la entrada en combate del Reino Unido, Lockhart dejó aparcados en Tomintoul sus recelos sobre el reingreso en el Foreign Office y volvió a Londres.

Por el camino vio a jóvenes soldados congregándose en los andenes de las estaciones de tren y bombarderos ligeros Bristol Blenheim rugiendo en los cielos.

La tristeza que le produjeron estos presagios de conflicto se vio atenuada por la sensación de fortaleza que transmitían.

Al llegar a la estación de Paddington, Lockhart sintió una motivación que hacía décadas que no experimentaba: su país estaba en guerra y él iba a aportar su granito de arena para asegurar la victoria.

Esta determinación sufrió un temprano revés.

Al presentarse en el ministerio, le dijeron que esperara cuatro días para incorporarse a su puesto del PID.

Teniendo en cuenta que Polonia estaba luchando por su existencia y los primeros soldados británicos llegaban a suelo francés justo en ese momento, las órdenes recibidas le parecieron preocupantemente relajadas.

Sin embargo, a tenor de lo que había observado en la capital, tampoco desentonaban con el estado de ánimo reinante.

Algunos londinenses portaban máscaras antigás en el cinturón y en Hyde Park se habían izado globos de barrera, pero, por lo demás, la ciudad parecía felizmente ajena al drama que se estaba desencadenando al otro lado del Canal.

Los limpiabotas de Piccadilly Circus seguían ejerciendo su oficio y los clubes estaban llenos de parroquianos bebiendo y bailando.

Las mujeres salían de compras con sus hijos y los hombres de negocios vestidos con trajes a medida intercambiaban chistosas pullas mientras compartían prohibitivos almuerzos en el barrio de Mayfair.

No parecía que hubiera muchos capitalinos dispuestos a luchar contra Hitler.

Cansado de callejear en un ambiente tan despreocupado, Lockhart se pasó por el St James’s Club, un establecimiento de acceso limitado a socios al que se había afiliado en 1936.

Las habitaciones allí eran la residencia principal de Lockhart en Londres y el buzón asociado, el medio de conexión con sus numerosos amigos y conocidos.

Rebuscando en las pilas de correspondencia personal y cartas de admiradores de Guns or Butter, encontró una carta del Ministerio de Información (MOI) dirigida al «Capitán R.

H. Lockhart», un rango que nunca había ostentado.

La misiva declaraba que Lockhart había sido seleccionado para unirse al citado ministerio y que no debía prestar ningún otro tipo de servicio bélico.

El enfant terrible de Whitehall soltó una risita amarga.

Le gustó la novedad de sentirse solicitado, pero le desconcertó el honor del cargo y le inquietó que el MOI pareciera desconocer que llevaba trabajando para el Departamento de Inteligencia Política desde septiembre de 1938.

La confusión en el gobierno, al parecer, reinaba con la misma apatía que la de los gobernados en la capital.

Después de cuatro días de frustrante estancamiento, Leeper se presentó en el St James’s y metió a Lockhart en un vehículo que los condujo a través de la campiña de Bedfordshire hasta Woburn Abbey, la residencia del duque de Bedford.

Para mantener el secreto operativo alejado de Londres, Leeper había adquirido los edificios colindantes de la antigua abadía para su uso por parte del PID y la organización de propaganda a la que este estaba asociado, el Department EH, llamado así porque fue creado en el edificio Electra House, en el este de Londres.

En una variación del plan original de Leeper, al MOI se le habían encomendado las labores de propaganda en la retaguardia, mientras que el EH centraría sus esfuerzos en Alemania.

Basándose en los resúmenes de inteligencia del PID, la propaganda del EH se distribuiría por toda Europa a través de artículos de prensa falsos, panfletos lanzados desde el aire y emisiones de radio, con el objetivo de minar la moral alemana y promover los objetivos bélicos de los aliados.

La operación PID-EH era el resultado de los años que Leeper había dedicado a preparar la guerra psicológica contra Alemania, pero las instalaciones de Woburn todavía estaban en construcción cuando llegó Lockhart.

Su despacho y el espacio habitable contiguo eran una pequeña buhardilla en un viejo granero, sin alfombras, calefacción o ni siquiera una cómoda.

Avergonzado al mostrarle el habitáculo a su amigo, Leeper le pidió tímidamente que volviera a la capital hasta que terminaran las reformas.

Entre el período transcurrido desde que salió de Tomintoul, los cuatro días de espera en Londres y el retraso de las obras de Woburn, Lockhart se pasó las dos primeras semanas de la segunda guerra mundial esperando sin hacer nada. 1

A finales de septiembre las estancias de Woburn estaban terminadas y sus propagandistas y analistas de inteligencia ya ocupaban sus puestos.

Aun así, Lockhart no podía quitarse de la cabeza la idea de que él y el resto de los moradores de la abadía vivían aislados en una burbuja de irrelevancia.

Alejado ochenta kilómetros de las embajadas extranjeras y los organismos públicos de Londres, el Departamento de Inteligencia Política tenía dificultades para obtener información puntualmente.

Esto afectó a la reputación de Woburn. Un miembro del personal del Foreign Office le dijo claramente a Lockhart que, hasta que el PID y el EH no se trasladaran a Londres, nadie en Whitehall se tomaría en serio su trabajo.

Incluso si el equipo de Leeper se trasladaba a la ciudad, Lockhart dudaba que fuera bien recibido.

Woburn era una ecléctica mezcla de periodistas, hombres de negocios, maestros, escritores, abogados y profesores universitarios, salidos en su mayoría de la agenda personal de Leeper.

Lockhart estaba impresionado por el nivel de algunos de sus colegas, como el historiador experto en Alemania E.

L. Woodward, el experiodista del Standard Robert Carvel y Kinahan Cornwallis, quien, como antiguo director de la Oficina Árabe —la sección del departamento de inteligencia de El Cairo encargada de producir propaganda—, poseía un conocimiento enciclopédico sobre Oriente Próximo.

Otros, en cambio, le llamaban la atención por ser una colección de «bichos raros, algunos verdaderos vejestorios, varios farsantes y unos pocos genios», salpicados de intelectuales socialistas y celebridades antinazis, como el actor y dramaturgo Noël Coward. 2

Eran el tipo de marginados extravagantes que atraía a Lockhart: personas creativas a las que les encantaba leer, beber y hablar sin tapujos.

Sin embargo, sabía por experiencia que también eran el tipo de gente que no caía bien a los funcionarios de Whitehall —de hecho, estos se referían al operativo de Woburn Abbey como « Leeper’s sleepers », es decir, «los espías sin misión de Leeper»—.

La ubicación de la base secreta en la campiña también alimentó el rumor de que cada noche salían de Londres coches repletos de champán y prostitutas para entretener a lo que un ministro llegó a denominar «madriguera de socialistas».

Tales acusaciones ocultaban la realidad de que, política y culturalmente, Woburn era una casa dividida.

Como recordó un visitante de la abadía, había un «ambiente de rivalidades personales muy cargado», donde quienes fingían profesionalismo chocaban frecuentemente con los que disfrutaban haciendo tonterías y juegos de palabras.

El propagandista Ellic Howe probablemente se refería a Lockhart cuando se burló del PID como una idea descabellada ideada por Leeper para ofrecer un «empleo elegante» a los expulsados de Whitehall.

Sabedor de que al menos un ministro pensaba que era «fascista, junto con Mosley», y que la sombra de 1918 aún se cernía sobre él, Lockhart probablemente coincidía con la valoración de Howe. 3