12. La deriva europea #2
A diferencia de las de Lockhart, que era un ciudadano particular, las manifestaciones de Vansittart en este mismo sentido le valieron la degradación en el gobierno de Chamberlain, y pasó de subsecretario permanente del Foreign Office al protocolario cargo de asesor diplomático jefe.
Este intento de apartar a Van no sirvió para silenciarlo.
Durante el invierno de 1938-1939, bombardeó el Foreign Office con peticiones de creación de una sólida campaña de propaganda antifascista que fuera más allá de los modestos esfuerzos del British Council.
Van quería películas antifascistas, programas de radio a favor de la democracia y el nombramiento de personalidades contrarias al apaciguamiento para ocupar puestos diplomáticos clave, todo ello por un importe de quinientas mil libras esterlinas.
Como era de esperar, no fue hasta que Hitler rompió los Acuerdos de Múnich e invadió el resto de Checoslovaquia en marzo de 1939 cuando el gobierno británico consideró cautelosamente la idea de una ofensiva propagandística, aunque con un presupuesto limitado a una quinta parte de lo que Van había solicitado.
Mientras esperaba la rebajada respuesta a su gran plan, el desempoderado diplomático envió a Lockhart de nuevo a Estados Unidos.
La situación allí era preocupante. Según Lockhart, todo el mundo, desde senadores y magnates hasta cocineros y maestros, le expresó su «sorpresa y enfado» por la negativa del Reino Unido a oponerse a Hitler en Múnich.
Sin embargo, también percibió «poco entusiasmo, incluso en los círculos radicales de Nueva York, por cualquier participación activa de Estados Unidos en una guerra europea».
El antisemitismo también crecía y, con él, los comentarios virulentos de una minoría ruidosa de estadounidenses pronazis.
Refiriéndose al aliado potencial más valioso de los británicos en la guerra que se avecinaba, Lockhart señaló que, si bien «en los círculos ricos y empresariales las críticas al presidente son mucho más violentas que en 1933-1934», encontró «poco o nulo sentimiento anti-Roosevelt entre los más desfavorecidos».
Aun así, su impresión general fue que Estados Unidos estaba muy lejos de estar preparado para unirse a la lucha global entre la democracia y el totalitarismo. 19
Así como Van quería que Lockhart le trajera noticias del extranjero, Leeper, en cambio, estaba más interesado en lo que su viejo amigo pudiera hacer por la causa sin salir del país.
En el punto álgido de la crisis de Múnich, Leeper propuso que, en caso de guerra, Lockhart se reincorporara al Foreign Office y dirigiera las tareas de inteligencia del ministerio para Europa del Este.
Esto lo situaría en el Departamento de Inteligencia Política (Political Intelligence Department, PID), para el que Leeper había trabajado durante la primera guerra mundial y cuyos archivos llevaba desempolvando desde 1935 en previsión de una sangrienta segunda parte.
El plan de guerra de Leeper consistía en que el PID proporcionara información sobre la situación política, económica y social en toda Europa al Ministerio de Información (Ministry of Information, MOI), el cual luego la utilizaría para elaborar propaganda capaz de levantar la moral en la retaguardia y atacar la ideología y los objetivos bélicos del Tercer Reich.
Conocedor de la importancia de la propaganda gracias a sus viajes por Europa, a Lockhart le gustó la idea.
No tanto, sin embargo, como la intención de aprovechar su exhaustivo conocimiento de Europa del Este y su amplia red de contactos allí para mandarlo a una embajada en los Balcanes una vez que se declarara la guerra.
En este escenario, Lockhart concibió su papel durante el conflicto como una renovación de las labores de inteligencia que había llevado a cabo en Moscú antes de la revolución.
El problema era que las circunstancias del espabilado vicecónsul de la primera guerra mundial ya no tenían nada que ver con las del viejo rebelde que se enfrentaba al abismo de una secuela.
Previamente a los Acuerdos de Múnich, Leeper había intentado que Lockhart fuera nombrado asesor de la misión diplomática de lord Runciman en Checoslovaquia, cuyo objetivo era investigar las afirmaciones de Hitler de que los alemanes de los Sudetes estaban siendo maltratados por los checoslovacos.
Pero como Lockhart había demostrado abiertamente su afecto por Beneš y los Masaryk en Retreat from Glory , el Foreign Office lo descalificó para formar parte de la misión de Runciman, ya que consideraba que los alemanes pondrían reparos a su parcialidad.
Esto ejemplificaba el problema al que se enfrentaba ahora Lockhart.
A través de sus libros había revelado al mundo sus complots antibolcheviques, su amor por los países que Hitler codiciaba, su defensa del rearme y sus conexiones con los poderosos de toda Europa.
Todo ello, unido a la brutal honestidad con la que había hablado de sus problemas con la bebida y las mujeres, lo hacía menos atractivo que nunca para un trabajo expuesto a la opinión pública, y mucho menos para un puesto de recopilador de información en una embajada extranjera.
Era una figura demasiado pública y una personalidad demasiado notoria.
Por esta razón, Lockhart aceptó la oferta de Leeper de trabajar para el clandestino y más prosaico PID cuando la guerra volvió a azotar Europa. 20
Confirmada su participación en el drama que se avecinaba, Lockhart cambió en 1939 el nervioso bullicio londinense por la reconfortante calma de la escocesa Tomintoul.
A salvo de charlas bélicas y protegido por los montes Cairngorms, Lockhart se dirigió al cercano río Avon para ahuyentar sus temores con la práctica de la pesca y esperar la llegada de lo inevitable.
Fue en este idílico paraíso de juncales donde, en la mañana del 1 de septiembre, un recadero del pub local le informó de que estaban dando noticias importantes por la radio.
Lockhart anduvo sin ganas hasta el Richmond Arms, donde se reunió con los lugareños para escuchar en atónito silencio las noticias de la invasión de Polonia por los panzer de Hitler.
Lanzó un profundo suspiro y dejó que una extraña mezcla de aprensión y catarsis lo invadiera.
Aceptando que sus «ambiciones y deseos egoístas ya no eran importantes» y que estaba a punto de convertirse en uno de los numerosos «engranajes de la pesada e implacable maquinaria bélica británica», Lockhart se dirigió con resignación a la trastienda del pub y llamó a Leeper. 21