Un espía en Moscú 12. La deriva europea
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12. La deriva europea

La deriva europea

He tenido razón durante demasiado tiempo sobre los nazis [...] Y eso es fatal.

R OBERT V ANSITTART

A Lockhart le encargaron la misma tarea, cosa que aceptó de muy buena gana.

No solo volvía al mundo de la recopilación de datos para los servicios de inteligencia, sino que tenía la oportunidad de callejear de nuevo por sus rincones favoritos de Praga, Viena, Sofía y Bucarest, que tanto había echado de menos durante el tiempo que pasó trabajando detrás de una máquina de escribir para la prensa británica.

Lockhart impartió conferencias en universidades y embajadas de esas ciudades en el marco de una gira de cinco semanas en la que se dedicó a echar por tierra la tesis de Hitler de que la decadencia había ablandado al Reino Unido y Estados Unidos.

Argumentó que la forma brutal de nacionalismo que se estaba dando en Italia y Alemania era una diabólica digresión del nacionalismo patriótico y democrático que se practicaba en el mundo más civilizado.

Siguieron otras giras por Escandinavia, Yugoslavia y Estados Unidos, donde Lockhart fue en general bien recibido.

El «cosmopolita y sociable» orador recibió elogios de la prensa estadounidense por sus conocimientos sobre la política europea, mientras que en Checoslovaquia fue recibido calurosamente por un público atento, aunque con algún que otro abandono de la sala por parte de asistentes que despreciaban el tipo de periodismo que vendía Beaverbrook y no estaban dispuestos a escuchar a ninguno de sus colaboradores, con independencia de lo que tuvieran que decir.

El aspecto de «observar e informar» de la misión de Lockhart confirmó sus temores y los de Leeper.

Informó a Van de que el único cambio significativo que había detectado en Europa desde que había vivido allí era «el efecto de la Alemania hitleriana rearmada sobre la política y la psicología de todos los países que he visitado».

Este efecto —concluyó Lockhart— se podía «describir mejor como una combinación de miedo y admiración».

En Checoslovaquia, esta circunstancia se manifestaba en las arrugas de ansiedad que surcaban el rostro de su viejo amigo Edvard Beneš.

Después de sondear al presidente checo sobre la capacidad combativa de su ejército, Lockhart se marchó sin estar convencido de que la República Checoslovaca pudiera resistir una invasión alemana, pero, enamorado como estaba de Beneš en el terreno personal, en sus notas señaló que, pasara lo que pasara, se podía confiar en él como aliado del Reino Unido.

No se podía augurar lo mismo de Rumanía, donde Lockhart observó que el movimiento semifascista Guardia de Hierro estaba compuesto por jóvenes muy enfadados, dotados de un «misticismo mezclado con dosis de gangsterismo» y respaldados por una violenta corriente de antisemitismo.

Lockhart predijo que la Guardia de Hierro se uniría a la esvástica cuando llegara la hora de pelear.

El temido momento se estaba acercando. El 12 de marzo de 1938, Lockhart asistía a un almuerzo con funcionarios gubernamentales en Zagreb, cuando un mensajero irrumpió en el salón de banquetes con la noticia de que Hitler había enviado tropas a Austria.

De repente, la animación cesó y se hizo un silencio sepulcral.

El nervioso murmullo y las especulaciones mal informadas que estallaron segundos después no bastaron para saciar la curiosidad de Lockhart.

Tras disculparse con sus anfitriones por su abrupta partida, salió apresuradamente del edificio y tomó el primer tren a Viena.

Tres días más tarde, Lockhart se unió a la multitud que se congregaba en la Heldenplatz para ver a Hitler alardear de su último golpe territorial.

Mientras el Führer vociferaba triunfante y amenazador, Lockhart dirigió su mirada hacia el cielo, donde decenas de aviones de combate adornados con cruces gamadas volaban en siniestra formación.

Por las calles, soldados de la Wehrmacht marchaban con disciplina inquebrantable entre las guirnaldas de flores que les lanzaban a los pies sus simpatizantes, quienes, según concluyó Lockhart, eran vieneses corrientes, de diversas clases y edades, que compartían la alegría de haber sido llevados «a casa», al Reich.

Mucho había cambiado Europa, y nada para bien, desde la última vez que Lockhart había visto a Hitler. 15

Aparte de la trascendental importancia geopolítica del acontecimiento, la anexión de Austria al Reich por parte de Hitler fue una victoria que reforzó el principal tema propagandístico de Goebbels: el fascismo era el futuro de Europa.

Donde viajara, Lockhart veía señales de que esta narrativa se estaba afianzando.

Miembros de la corte del rey Boris de Bulgaria le informaron de que los italianos y los alemanes estaban gastando grandes cantidades de dinero en difundir propaganda fascista en las escuelas y en ofrecer becas a estudiantes búlgaros para que visitaran el Reich y recibieran educación ideológica.

En Belgrado, Lockhart fue testigo de la fascinación que invadía al público de los cines cuando se proyectaban imágenes de los mítines nazis en los estadios.

A principios de 1938, Lockhart asistió a una de estas concentraciones en el Sportpalast de Berlín, donde fue testigo de cómo los cerebros de la operación propagandística nazi funcionaban a pleno rendimiento.

Predicando desde detrás de un podio con una iluminación espectacular y una colosal pancarta con la cruz gamada a sus espaldas, Goebbels —el «pequeño mago demagogo», como lo describió Lockhart— electrizaba a los miles de personas congregadas ante él con una verborrea encolerizada sobre la guerra y la venganza.

Impresionado por los obedientes vítores y las oleadas de sieg heil s que recibía el viperino Goebbels, Lockhart salió de allí convencido de haber visto al «mayor maestro de la propaganda que el mundo haya visto jamás». 16

La concesión de tan amargo halago deprimió profundamente a Lockhart.

Sabía por su estancia en Rusia que el control de la información era una de las armas más poderosas del arsenal de las dictaduras y que la propaganda producida por los estados totalitarios se encontraba a años luz de cualquier cosa que el Reino Unido pudiera concebir.

Así lo ratificó Lockhart cuando hizo un modesto intento de atacar el régimen de Hitler a través del Evening Standard , a cuya redacción volvió brevemente en 1937 a petición de Beaverbrook.

El artículo que escribió mofándose del ministro de Asuntos Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop, por su pasado como vendedor de champán fue desechado por Beaverbrook, quien temía que su publicación perjudicara las relaciones angloalemanas.

Al ver frustrado este modesto intento de propaganda a través de la prensa, el British Council cerró el grifo de la financiación a pesar de las advertencias de Lockhart sobre los fondos que Berlín y Roma estaban esparciendo por Europa para predicar el evangelio fascista.

Ello suponía un preocupante punto débil en la capacidad de Whitehall para hacer frente a los dictadores europeos. 17

Frustrado por los reparos del Castor y la falta de visión del gobierno, en 1938 Lockhart unió sus preocupaciones sobre el fascismo con su carrera como autor en su quinto libro, Guns or Butter , donde plasmó los inquietantes detalles de sus recientes viajes por Europa.

El libro marcó un alejamiento del escándalo y el egocentrismo de sus obras anteriores, espoleado por el consejo que Leeper le había dado después de leer Retreat from Glory : «Es hora de que dejes de escribir sobre ti, porque el talento que tienes para la escritura puede llevarte mucho más lejos».

Lockhart pasó página en el momento adecuado.

Guns or Butter llegó a las librerías pocos días después del infausto viaje del primer ministro Neville Chamberlain a Múnich en septiembre de 1938, donde, en una reunión con Hitler, Mussolini y el primer ministro francés Édouard Daladier, se llegó a un acuerdo para entregar los Sudetes checoslovacos al Führer a cambio de la paz.

No fue casualidad que el New York Times calificara la última obra de Lockhart como un relato «documentado y acertadamente profético» de sus «viajes a los países en conflicto».

La tirada inicial de diez mil ejemplares de Guns or Butter se vendió tan rápido que se encargaron otros cinco mil en las semanas siguientes a su publicación.

Sin embargo, este éxito no sirvió para mitigar la repulsa de Lockhart por lo sucedido en Múnich.

Se sentía avergonzado por la contribución de su gobierno en la traición de los deseos de Beneš y del embajador de la joven República Checoslovaca en el Reino Unido, Jan Masaryk (hijo del presidente fallecido en 1937), con quien Lockhart había entablado una amistad basada en su amor compartido por la democracia y su repulsa hacia los demagogos.

Tras el regreso de Chamberlain a Londres, Masaryk, abatido, visitó a Lockhart entre lágrimas y le manifestó que «tu gente ha acabado con nosotros; me ha decepcionado».

El escocés, amante incondicional del pueblo checo, no tuvo más remedio que asentir en silencio.

En un artículo publicado en el Standard, Lockhart hizo ver a la opinión pública británica que en la región de los Sudetes vivía una minoría considerable de demócratas de habla alemana, judíos, católicos y otra gente contraria al nazismo, y planteó una pregunta inquietante a los lectores que estaban a favor de las políticas de apaciguamiento de Chamberlain: «¿Vamos a entregar a este pueblo al mismo destino que han tenido los antinazis en Austria?

». Cuando, inevitablemente, así sucedió, Lockhart supo que Hitler no se detendría hasta que alguien lo obligara a hacerlo y adoptó la actitud de quien sabía que esa hora había llegado. 18