Un espía en Moscú 11. La infernal prensa nacional británica #5
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11. La infernal prensa nacional británica #5

Las reflexiones de Lockhart sobre un mundo en un inquietante estado de incertidumbre constituyen el grueso de sus memorias malayas.

El gancho narrativo, no obstante, era la promesa de reunión del autor con Amai, que ya había sido presentada a los fans de Lockhart en Memoirs of a British Agent .

Por desgracia para el escritor y sus lectores, el reencuentro fue incómodo y decepcionante.

Tras confirmar que los rumores sobre la muerte de Amai eran falsos, Lockhart partió hacia Pantai, donde descubrió que se había casado con el muecín local.

Sin perder la esperanza, Lockhart organizó un encuentro que, debido a la desconfianza del marido de Amai, no pudo celebrarse en una casa privada.

En su lugar, los antiguos amantes se reunieron junto a la orilla cubierta de hierba de un arrozal bajo un amenazante cielo de nubes casi negras.

Con sus rasgos envejecidos plegándose en una sonrisa incómoda, Amai habló a Lockhart con pocas muestras de emoción o sentimiento y le ofreció un intercambio forzado de preguntas y respuestas sobre lo que había sido de sus vidas desde que se separaron en 1909.

Su única contribución destacable a la conversación fue señalar los kilos de más que Lockhart había ganado desde su época juvenil.

Cohibido y aceptando la situación tal y como era, Lockhart estrechó la mano de su primer amor como si estuviera cerrando un trato comercial y se retiró.

Como dijo un crítico, el Pantai de Lockhart se había convertido en «el cementerio viviente de un romance difunto».

Aclamado por otros como un interesante diario de viajes «maduro y sagaz, humorístico y auténtico», Return to Malaya fue lo suficientemente exitoso para animar a Lockhart a profundizar en su pasado con My Scottish Youth.

Publicadas en 1937, estas memorias sobre la educación de Lockhart en Escocia fueron aclamadas, como todos sus libros, por «sus anécdotas, su entusiasmo, los singulares retazos de información, las instantáneas de grandes hombres» y, sobre todo, «la desarmante franqueza del autor al hablar de sus propios problemas». 16

Fue este aspecto de la narrativa de Lockhart lo que llevó a su matrimonio, largamente comprometido, a su inevitable final.

Herida por la inclinación de su marido a hacer públicas sus infidelidades y agotada por años de discusiones, en febrero de 1937, Jean informó a Lockhart de que estaba teniendo una aventura desde 1935 con otro escocés, Loudon MacNeill McLean.

Por ello, pidió a Lockhart que se divorciara de ella y terminara con el sufrimiento mutuo.

Para dejar clara su determinación, Jean empezó a deshacerse de objetos y muebles del apartamento que ambos tenían en Londres.

Fue «un asunto desagradable» —escribió Lockhart en su diario— agravado, desde su punto de vista, por el hecho de que Jean «lo pregonara entre sus amistades».

Por si la ironía de su queja no bastara —Lockhart había vendido miles de ejemplares de libros en los que detallaba su pasión por Moura y Tommy—, el hecho de que los documentos del divorcio insinúen que fue la infidelidad de Jean lo que provocó la ruptura rubrica un final apropiadamente grotesco para su infeliz unión. 17

El final de su matrimonio llevó a Lockhart a enfrentarse a otro aspecto problemático de su vida: trabajar para Beaverbrook.

Tras llegar a la conclusión de que debía «abandonar la prensa británica, aunque me muriera de hambre», Lockhart evaluó su situación financiera y calculó que, si dejaba el periodismo y seguía escribiendo al ritmo que se había marcado desde Memoirs , podría mantenerse a flote.

Su figura parecía lo suficientemente popular para mantener el número de lectores.

Durante la promoción de Return to Malaya y My Scottish Youth, Lockhart fue entrevistado en varios programas de radio de la BBC, dio numerosas conferencias en universidades y recibió cartas de admiradoras dispuestas a curar su alma herida.

Incluso fue contactado por nacionalistas escoceses para sondear si estaba dispuesto a apoyar públicamente su cruzada secesionista del Reino Unido.

Tommy y Moura lo animaron a que diera el paso y se convirtiera en escritor a tiempo completo, y esta última no dejó de suplicarle que dejara de desperdiciar su potencial bajo el yugo de Beaverbrook.

Finalmente, pocas semanas después de finalizar los trámites de divorcio en el verano de 1937, Lockhart presentó su dimisión al magnate de la prensa.

El Castor accedió a su petición y le ofreció dos meses de sueldo como finiquito, le reconoció que había superado todas las expectativas al frente de «Londoner’s Diary» y le prometió que siempre tendría las puertas abiertas si alguna vez deseaba volver al redil.

A pesar de su aparente insensibilidad, Beaverbrook comprendió la situación de Lockhart y valoró justamente las aportaciones que había hecho a su imperio mediático. 18

La salida de Lockhart de la prensa británica y su divorcio de Jean debían abrirle las puertas a una nueva vida en la que escribiría sobre los temas que quisiera, por las sumas que considerara adecuadas y en los formatos que le gustaran.

Afrontando la cincuentena con renovada autoestima, Lockhart veía su futuro con ilusión por primera vez en años.

Sin embargo, al vivir las experiencias que llenaron las páginas de sus memorias malayas y escocesas, vio cosas que intuía que podrían eclipsar este venturoso nuevo amanecer.

Lockhart había observado con tristeza la construcción de diques secos de la Royal Navy en Singapur y se había sentido incómodo con el «guardia fascista que vigilaba mis pertenencias mientras comía» en un trayecto en tren por Italia.

Durante sus viajes a Alemania para el Anglo-International Bank había visto cómo el resentimiento de la posguerra aumentaba con el culto al militarismo y el nacionalismo, que culminó con la fundación del Tercer Reich en 1933.

Ese año supo que su compañero de golf, el príncipe de Gales, era «bastante pro-Hitler» después de que este le dijera alegremente que «no era asunto nuestro interferir en los asuntos internos de Alemania, ni en lo relativo a los judíos ni en nada».

Incluso cuando Lockhart se sumía en su abismo particular de largas noches de diversión y facturas de bar aún más largas, no era ajeno al hecho de que Europa se estaba allanando su propio camino a la autodestrucción.

Quería ser escritor, era su única preocupación.

Pero a medida que avanzaba la década de 1930, el sonido creciente de los tambores de guerra era demasiado fuerte para ignorarlo. 19