11. La infernal prensa nacional británica #4
A Lockhart no le preocupaban tanto las críticas de los detractores como las opiniones de sus amigos.
Harold Nicolson consideró Retreat superior a Memoirs , y el novelista y político John Buchan elogió a Lockhart por inaugurar la senda de un «nuevo tipo de autobiografía» donde el autor «revela su esfera más íntima sin sentirse incómodo por ello».
El exkáiser, con quien Lockhart había mantenido una correspondencia cordial desde 1929, le escribió elogiando Retreat y el relato que en él se hacía de su entrevista.
Incluso Beaverbrook lo puso a la altura de la primera obra de Lockhart, aunque se quejó de que Retreat from Glory fuera un título menos bueno que Memoirs of a British Agent. 14
El apoyo de Beaverbrook fue vital. Animado por el éxito de sus dos primeros libros, a finales de 1934 Lockhart solicitó y obtuvo un permiso del magnate de la prensa para trabajar en un tercer volumen que esperaba que tuviera el éxito suficiente para justificar el abandono del periodismo para dedicarse por completo a la escritura.
Como revela la entrada del diario de Lockhart de la Nochevieja de 1934, la necesidad de liberarse del yugo de Beaverbrook se había vuelto apremiante.
Al entrar en su cuadragésimo octavo año de vida «más gordo, más perezoso y definitivamente con peor salud» que nunca, Lockhart estaba convencido de que la vida en la prensa nacional británica lo estaba matando.
En vez de hurgar en la miseria para extraer material, Lockhart decidió que su próximo libro sería un relato de viajes en el que narraría su reencuentro con la tierra que había visto nacer su vida de aventuras: Malasia.
Como dedujo el perspicaz Beaverbrook, no es que Lockhart simplemente estuviera tratando de romper el molde de sus obras anteriores; también anhelaba revisitar un pasado más feliz y, como dijo el Castor en tono de broma, ir a «buscar el par de zapatos» que Amai dejó en el porche cuando los amantes condenados se separaron décadas atrás. 15
Como Lockhart dejó claro en Return to Malaya , el objetivo de reunirse con Amai fue clave en la concepción del libro.
En este sentido, las memorias fueron el traslado al papel de una crisis de mediana edad.
También fueron el relato de un viaje por un mundo que, a pesar de las esperanzas de renovación propias de la posguerra, parecía estar yendo a peor.
Comenzando en la primavera de 1935, Lockhart narró su paso por una Francia sumida en la depresión económica y el temor al revanchismo alemán, hasta llegar a una Italia donde Mussolini se burlaba de la Sociedad de Naciones y planeaba la invasión de Abisinia.
Desde Génova, Lockhart tomó un barco hacia Singapur, donde pudo contemplar edificios nuevos de estilo art déco, carreteras asfaltadas y la adopción del modo de vestir occidental por parte de unos habitantes que habían dejado de ser exóticos.
Esta intromisión de la modernidad lo molestaba, y también el hecho de que la isla fuera un hervidero de preocupaciones bélicas y sospechas de espionaje.
El bastión bañado por el sol y dedicado al comercio fácil estaba ahora consumido por el miedo a las batallas venideras, y su costa, salpicada de baterías de artillería.
Con los japoneses avanzando en China, atrás habían quedado —se lamentaba Lockhart— los tiempos en que los reclutas británicos veían un destino en «Singapur como un interludio exótico y nada desagradable en los deberes ordinarios de la soldadesca».