Un espía en Moscú 11. La infernal prensa nacional británica #3
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11. La infernal prensa nacional británica #3

Después de Moura, Tommy fue la mujer que más influyó en la vida y la carrera de Lockhart.

Se conocieron en 1923, durante una de las visitas que él realizaba a Londres para el Anglo-International Bank, y comenzaron una aventura amorosa que el marido de Tommy, el conde de Rosslyn, al principio pareció ignorar y después acabó aceptando.

Cada vez que Lockhart regresaba a Gran Bretaña, los dos rara vez se separaban, cenaban en los mejores restaurantes y asistían a fiestas con pesos pesados de la alta sociedad que para Tommy eran como amigos.

Esta circunstancia reportó beneficios a Lockhart cuando empezaba en «Londoner’s Diary» y llenaba sus columnas con cotilleos de los ambientes en los que Tommy lo había introducido.

Eran unos círculos eclécticos y elitistas.

Lockhart participaba los fines de semana en torneos de golf con el príncipe de Gales y en sesiones alcohólicas con el hijo de Churchill, Randolph, quien, a pesar de ser «muy egocéntrico y engreído, y, por lo tanto, muy impopular», divertía tanto a Lockhart que se hicieron amigos; Randolph incluso adoptó el papel del Londoner para los artículos en más de una ocasión.

Tommy también hizo mucho por la vida espiritual de Lockhart.

En un eco de su antigua disposición a convertirse al islam por la princesa malaya Amai, el 6 de junio de 1924, el escocés criado como presbiteriano siguió a Tommy en la fe católica.

La ironía de que esta conversión naciera de una infidelidad no pareció perturbar a la pareja, que continuó exponiendo su aventura públicamente, incluso cuando Lockhart insistió en mantener su relación con Pamela. 9

El matrimonio de Lockhart se resintió en consecuencia.

No fue ninguna coincidencia que, a partir de 1923, su diario se llenara de referencias a los «ataques de nervios» de Jean, sus episodios de «histeria» e innumerables disputas conyugales.

Es probable que el estado de ánimo de Jean tampoco mejorara cuando, en el verano de 1929, Moura finalmente cumplió su misión de trasladarse a Gran Bretaña después de una década.

Su turbia participación en el complot de Lockhart y las sospechas de que trabajaba para el OGPU habían llamado la atención del Ministerio del Interior británico y del MI5, lo que llevó al antiguo jefe del MI6 en Moscú, Ernest Boyce, a garantizar personalmente a las autoridades que la llegada de Moura no entrañaba ningún peligro para la seguridad del país.

Una vez obtenido el visado, la recién llegada comenzó su nueva vida en Londres, fiel a su estilo habitual: ganándose el favor de los círculos literarios y políticos de la capital.

También conservó los contactos que tenía en Alemania, Estonia, Italia, Francia y la Unión Soviética, donde viajó con regularidad durante las décadas de 1920 y 1930, lo que reafirmó al MI5 en la impresión de que era «un personaje políticamente sospechoso».

Posteriormente se esforzó en ocultar sus actividades en esos viajes y pidió a Lockhart que eliminara de sus memorias cualquier mención a la visita que realizó a Moscú en 1928.

Puede que trabajara para los rusos. O puede que no.

Como siempre con Moura, las pruebas no son concluyentes, sobre todo en este caso, ya que Boyce fue acusado más tarde por un desertor soviético de ser un agente doble, lo cual daría pie a concluir que utilizó su influencia para instalar a Moura en el Reino Unido como espía del Kremlin.

Lo que está fuera de toda duda es que utilizó su red de contactos a ambos lados del Canal de la Mancha para proporcionar a Lockhart material con el que nutrir la sección «Londoner’s Diary» con todo tipo de temas, desde las opiniones cambiantes de Gorki sobre el bolchevismo hasta el progreso del experimento fascista de Benito Mussolini en Italia.

También actuó de orientadora de las preocupaciones de Lockhart y animadora de sus estancados intentos de empezar sus memorias.

El antiguo vínculo —el de compartir información y confianza— se restableció.

Y ello sirvió, sin duda, para avivar la ira de Jean. 10

En diciembre de 1930, la tensión de tener que lidiar con su esposa, su musa y sus amantes llevó a Lockhart al límite.

Durante una cena en la que «ella fue miserable y yo fui miserable», Pam le insistió en que tenía que dejar a Jean y a Tommy, o de lo contrario la perdería a ella.

Desalentado por el ultimátum, Lockhart llevó a Pam a casa y se entregó a una noche de juerga solitaria en un night club que terminó con el despuntar del día y la amarga valoración de haberse convertido en «un despojo nervioso y físico».

Reconociendo el empeoramiento del estado de su mano derecha, Beaverbrook accedió a la petición de Lockhart de tomarse un descanso del periodismo, durante el cual visitó a Jean en Ginebra e hizo un último intento por salvar su matrimonio.

El hecho de que esperara con expectación las cartas de Tommy y Pam durante esta estancia indica que una reconciliación genuina estaba muy lejos de lo que Lockhart era capaz de ofrecer.

Tampoco ayudó a la distensión el hecho de que dijera a Jean que iba a ignorar su petición de eliminar de sus futuras memorias el relato de los romances con Amai y Moura.

Aun así, no quiso poner fin al matrimonio, admitiendo en su diario que «estoy enamorado de Pam» y «amo y adoro a Tommy», pero «no puedo abandonar a Jean y Robin».

Suspirando a través de su pluma, Lockhart concluyó que «la perspectiva es casi desesperada». 11

Agobiado por una vida amorosa complicada, una cuenta bancaria vacía y un jefe exigente, el hombre que dedicó a su diario personal doscientas mil palabras anuales durante la mayor parte de su vida tardó casi cuatro años en terminar su primer libro de memorias.

Cuando finalmente se publicó en noviembre de 1932, Memoirs of a British Agent demostró que la espera había merecido la pena.

El libro fue un éxito de crítica y ventas, más aún cuando fue llevado al cine en Hollywood.

Protagonizada por Leslie Howard en el papel del apuesto Stephen Locke, la película El agente secreto dramatizó y distorsionó los acontecimientos de 1918, transformando a la amante de Locke —llamada Elena Moura— en una conflictiva agente de la Cheka y haciendo que los personajes basados en Lavergne y Verthamon fueran asesinados sin piedad por los bolcheviques.

Desde el punto de vista creativo, Lockhart no quedó satisfecho con una película que «tenía poco o nada que ver con mi relato», pero se alegró de que «supusiera un alivio muy necesario, aunque temporal, para mis debilitadas finanzas».

A Moura le molestó el exceso de sentimentalismo con el que Lockhart describió la relación de ambos en las memorias, pero no le importó el retrato que se hizo de ella en la película.

De hecho, segura de que nadie se tomaría en serio aquella escandalosa historia, disfrutó de la notoriedad que le proporcionó. 12

La película fracasó artísticamente, pero el libro fue aclamado por la crítica.

El Telegraph elogió la forma en que Memoirs revelaba «la verdad sobre la atrocidad soviética» en la que Cromie había sido asesinado a tiros, y animó a sus lectores a comprar «el libro más comentado del año».

En The Times, Arthur Ransome, antiguo compañero de Lockhart, declaró que «no se ha hecho, ni probablemente se haga, un retrato mejor de aquellas tensas y vertiginosas semanas del verano de 1918 en Moscú», mientras que London Illustrated señaló que, «en su aspecto personal, es una historia de oportunidades perdidas y logros incompletos».

Solidarizándose con la difícil situación de Lockhart después de 1918, el crítico concluyó que, «como el villano de la “conspiración Lockhart”», el antiguo agente británico «se convirtió en un símbolo de la perfidia de Albión» para la mentalidad rusa.

Lockhart era la víctima de su propio relato.

En esta misma línea se expresó el New York Times , que elogió los aspectos «muy humanos» de la historia de Lockhart y perdonó los pasos en falso de su autor en Moscú al declarar que «se había visto envuelto en una crisis mundial que probablemente ningún diplomático habría podido manejar con éxito». 13

Como aventura empresarial y medio para restaurar su reputación, Memoirs hizo un buen servicio a su autor y dio a conocer al mundo su talento con la pluma.

Esto llevó a Lockhart a concluir que podía forjarse una vida como autor más allá del periodismo, lo que parecía un paso ideal en la carrera de un escritor compulsivo y amante de la literatura que se resistía instintivamente a estar bajo el control de nadie.

Motivado por esta perspectiva, dos años después de la publicación de Memoirs Lockhart escribió su secuela, Retreat from Glory, donde narró su ignominioso retorno de Moscú, su caída en desgracia en Praga y el comienzo de su nueva carrera en el periodismo con una «franqueza» que fue aplaudida por el Times Literary Supplement.

Otros críticos no fueron tan benévolos. Al revelar detalles de sus aventuras extramatrimoniales y el libertinaje de los clubes nocturnos de Praga, el Sunday Times se preguntó si Lockhart, «una especie de enfant terrible ingeniosamente ingenuo», no estaba siendo demasiado informal por el bien de los lectores.

Carente en general de las hazañas que habían hecho de Memoirs un libro apasionante, el Telegraph también consideró que la segunda obra de Lockhart fue «no tan exitosa» como la primera.