Un espía en Moscú 11. La infernal prensa nacional británica #2
65%

11. La infernal prensa nacional británica #2

Fue entonces cuando empezaron los problemas.

El impulso de agasajar generosamente a la sociedad londinense en busca de material para su columna llevó a Lockhart a un lugar familiarmente peligroso de excesos y deudas que dio al traste con todo lo que había logrado en ambos frentes durante su año sabático.

Ya en marzo de 1929, la coletilla «muy mal cuerpo después de anoche» comenzó a aparecer en las entradas de su diario personal, acompañada de la desoladora afirmación de que «¡esta vida es un infierno!

». Maltrecho por los cócteles, los largos almuerzos y las noches aún más largas en el Club 43 del Soho, famoso por su ambiente depravado, contrajo gota y desarrolló un insomnio que, cuando no estaba de juerga, intentaba calmar jugando a solas al billar hasta el amanecer.

Dos años después de empezar a trabajar en el Standard, se sentía perpetuamente «enfermo, deprimido y miserable».

El intento de empezar de cero había fracasado. 5

Pero por lo menos podía sentirse satisfecho con su trabajo.

Tras la exclusiva del exkáiser, Lockhart consiguió una entrevista con el estadista alemán Gustav Stresemann, con quien coincidía en la necesidad de fortalecer las relaciones angloalemanas y sanar las viejas heridas de la guerra.

Aparte de estas entrevistas de gran repercusión, el éxito de «Londoner’s Diary» brindó a Lockhart la oportunidad de codearse con las élites de la capital.

En marzo de 1929 fue abordado por Winston Churchill, diez años después de que el futuro primer ministro hubiera invitado al exagente británico a almorzar para hablar sobre el avance de los blancos en la guerra civil rusa.

Muy lejos ya de aquella época dramática, Churchill se quejó de que el ahora periodista utilizara su sección para declararlo el hombre peor vestido del Reino Unido.

Después criticó la columna de Lockhart diciendo que era una sarta de tonterías, aunque confesó con una sonrisa pícara que la leía siempre que podía.

Lo cierto es que había mucho que podía interesar a Churchill.

Bajo la batuta de Lockhart, «Londoner’s Diary» fue más allá del simple recuento de cotilleos diarios y se convirtió en un reflejo de la ecléctica gama de intereses del director de la sección, de su agudo ingenio y de sus perspicaces conocimientos políticos.

En el espacio de una página, Lockhart lo cubría todo, desde las luchas internas entre los partidos políticos británicos hasta el auge del cine sonoro y la amenaza que suponía para el teatro, pasando por el diseño poco inspirador de los nuevos sellos postales, el esplendor de la basílica del Sacré Cœur de París y los pronósticos sobre los enfrentamientos de rugby entre Oxford y Cambridge.

Entre tanta banalidad, Lockhart también hacía comentarios sobre Rusia, como que «aunque la persecución bolchevique de los judíos sea probablemente más antirreligiosa que antirracial, el propio Stalin no es ajeno a lo barato que resulta para su popularidad explotar el antisemitismo» y transformar «numerosas sinagogas en clubes de obreros».

En un ámbito más doméstico, no fue menos mordaz al analizar las diversas políticas económicas propuestas por políticos e industriales para hacer frente al fin del auge de la posguerra.

Incluso encontró espacio para la profecía.

Tras escuchar rumores sobre una nueva máquina que funcionaba con monedas en Nueva York y que «gritaba al humano infractor con un tono robótico» cuando se introducían monedas falsas, Lockhart predijo que, «si la estrategia es efectiva, es posible que pronto encontremos altavoces por todas partes ordenando al personal que “vaya por la izquierda”, “utilice el felpudo”, “tenga cuidado con los carteristas”, “no fume”, etc.

». La futura «vida en la gran ciudad —advirtió— será más ruidosa que nunca». 6

Al ver que su apuesta por Lockhart había dado sus frutos, Beaverbrook la dobló.

En julio de 1929, la responsabilidad editorial de «Londoner’s Diary» pasó a manos del exdiplomático convertido en periodista Harold Nicolson, lo que abrió el camino a Lockhart para asumir dos importantes cargos en el imperio de Beaverbrook: enlace entre este y los editores del Daily Express y redactor jefe del Sunday Express y del Standard .

El Castor también encargó a Lockhart la creación de propaganda para un nuevo partido político que había fundado para promover el comercio entre el Reino Unido y sus colonias.

Mientras Lockhart se veía obligado a alabar en el Standard la «cruzada imperial» de Beaverbrook, en privado le costaba demostrar entusiasmo por la postura proteccionista de su jefe y su consiguiente oposición a la adhesión del Reino Unido a la Sociedad de Naciones.

Creada en 1919 como medio para evitar otra contienda catastrófica, esta organización supranacional quedó en manos británicas y francesas después de que el presidente Woodrow Wilson no lograra convencer a su Congreso de que Estados Unidos se uniera a ella.

Beaverbrook consideraba que la Sociedad era un tigre sin dientes y que el Tratado de Versalles, que aquella debía hacer cumplir, era excesivamente duro con Alemania.

Los problemas de este orden de posguerra convencieron a Beaverbrook de que una segunda conflagración entre las grandes potencias europeas era inevitable y que el Reino Unido debía adoptar una economía proteccionista y aislarse políticamente para evitar verse arrastrado a la matanza.

Lockhart estaba de acuerdo con las críticas de Beaverbrook a la Sociedad de Naciones.

Sin embargo, como eurófilo trotamundos e internacionalista nato, encontraba «algo inmoral en su deseo de destruirla» y «poner el nacionalismo en su lugar». 7

Pero la división de opiniones con su jefe era un lujo que Lockhart no podía permitirse.

Para él, convertido en uno de los hombres de confianza de Beaverbrook, las advertencias de servidumbre disfrazada que había recibido de sus amigos tras fichar por el magnate de la prensa parecían hacerse realidad.

A pesar de ascender de rango en el imperio del Castor, el sueldo de Lockhart no había aumentado mucho desde que empezó en la sección «Londoner’s Diary».

Ello lo obligaba a trabajar aún más duro para saldar sus deudas escribiendo columnas adicionales y buscando primicias, para lo cual debía mantener los oídos bien abiertos cuando visitaba clubes nocturnos y asistía a cenas.

Por esta razón, un año después de dejar oficialmente «Londoner’s Diary», Lockhart seguía pasando las noches en el Club 43 y gastando un dinero que no tenía.

Este ciclo autodestructivo se vio agravado por el hecho de que cuanto más trabajaba para Beaverbrook, más le costaba ponerse manos a la obra con el proyecto que podría restaurar sus precarias finanzas y, posiblemente, liberarlo para siempre de las cadenas de la prensa nacional: unas memorias de su época de agente británico que arrasaran en las librerías.

Abandonado el disparate de intentar olvidar Rusia, Lockhart había empezado a plantearse escribir unas memorias en 1924, cuando Lenin murió debilitado por varios derrames cerebrales.

La desaparición del portento revolucionario desató una nueva ola de curiosidad por la Unión Soviética que este había fundado, sobre todo cuando el brutal y enigmático Iósif Stalin asumió el control del Kremlin.

El interés por la patria de la revolución y sus líderes era tan grande que, en 1928, el productor de Hollywood Sam Goldwyn se puso en contacto con Lockhart para llevar al cine sus aventuras de 1918.

Desconcertado por la sugerencia de vender el capítulo más importante de su vida, Lockhart rechazó la oferta de Goldwyn y, con ella, una nueva y muy necesaria fuente de ingresos.

Por entonces, su empleo con Beaverbrook todavía era una luna de miel y Lockhart siguió como editor de «Londoner’s Diary».

Para cuando su vida como periodista empezó a generarle disgustos, la oferta cinematográfica ya se había esfumado y Lockhart había aceptado tantos encargos que no podía permitirse empezar a trabajar en el libro. 8

La disfuncional vida privada de Lockhart también agotó las reservas de energía que le pudieran quedar tras las largas jornadas de trabajo para Beaverbrook, quien en una ocasión bromeó diciendo que «si no fuera por las mujeres, Bruce sería primer ministro y, sin duda, secretario de Estado de Exteriores».

Aparte de Moura y los distintos devaneos por clubes nocturnos, Lockhart mantuvo relaciones íntimas con otras dos mujeres además de Jean durante el período de entreguerras.

La primera fue Pamela Chichester, esposa del agregado honorario de la legación británica en Bucarest y Praga, a quien Lockhart conoció mientras trabajaba allí.

Cuando el matrimonio Chichester se rompió en 1924, la relación entre Pamela y Lockhart se intensificó, hasta el punto de que ella insistió en que se divorciara de Jean y pusiera fin a su otra relación extramarital con la condesa Vera Mary de Rosslyn, una dama de la alta sociedad con buenos contactos, conocida por Lockhart y otros íntimos como «Tommy».