Un espía en Moscú 11. La infernal prensa nacional británica
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11. La infernal prensa nacional británica

La infernal prensa nacional británica

Él será un jefe exigente y usted tendrá que trabajar duro.

G EORGE C LERK

A pesar de lo mucho que le gustaba Lockhart, el Castor no era ningún altruista.

Si iba a invertir en «brillantez», esperaba obtener a cambio unos dividendos considerables.

Después del oporto y los puros, le pidió a Lockhart que utilizara su posición en el Anglo-International Bank para adquirir acciones por valor de decenas de miles de libras.

Una vez acordado este punto, Beaverbrook sirvió la última copa de champán de la velada para celebrarlo y planteó una segunda idea que tenía que ver con la capacidad de Lockhart para hacer amigos, obtener información y convertirla en prosa atractiva.

A cambio de un sueldo inicial de dos mil libras al año, Beaverbrook le ofreció a Lockhart el puesto de director del «Londoner’s Diary», una sección diaria del Evening Standard que deleitaba a sus lectores con historias picantes sobre personajes famosos e infames, y aderezadas con frívolos comentarios políticos.

El hombre que en su día plantó cara a la Cheka estaba siendo sondeado para dirigir una columna de cotilleos.

Lockhart se mostró cauteloso. Aparte de que el puesto parecía un paso atrás con respecto a su vida en el Anglo-International, Beaverbrook tenía una merecida reputación de capataz implacable que controlaba con mano de hierro a sus empleados.

Era, sobre el papel, el peor jefe posible para un hombre de espíritu libre como Lockhart.

Sin embargo, al igual que había ocurrido con su nombramiento para la legación diplomática de Praga en 1919, Lockhart sintió que no tenía más remedio que unir su suerte a la del Castor.

Problemas personales aparte, estaba haciendo un buen trabajo en el Anglo-International y su nombre aún tenía suficiente peso para que, en 1927, lo nombraran cónsul general honorario de Austria en Londres.

El cargo impresionaba, pero no estaba remunerado.

Lo único que se esperaba de él era que mantuviera las apariencias en Londres en nombre de Viena sin ningún tipo de estipendio que respaldara sus esfuerzos.

Esto significaba que, a pesar de tener el tema laboral cubierto, Lockhart seguía pasando por dificultades económicas a finales de la década de 1920, y con la crisis bancaria y los despidos inminentes en el Anglo-International, no podía rechazar la oferta de Beaverbrook.

Aceptó, aunque con la condición de que se le concediera un plazo de ocho meses antes de empezar a trabajar en la prensa nacional británica.

Tal exigencia fue fruto de un brutal ejercicio de introspección.

Lockhart sabía que necesitaba tiempo para vencer a sus demonios, ya que, de lo contrario, estos lo perseguirían desde los bares de Viena hasta los clubes del Soho.

No era la primera vez en su vida, ni probablemente la última, que se comprometía a llevar una vida sana y decidía empezar de cero. 2

Tras asegurarse una indemnización millonaria del banco y un anticipo de Beaverbrook, Lockhart aprovechó al máximo sus ocho meses sabáticos.

Recuperó parte de su antiguo entusiasmo por la vida haciendo senderismo por Eslovenia, Yugoslavia y Alemania, donde pasó el Día del Armisticio deambulando por el Palacio Real de Berlín, reflexionando sobre todo lo sucedido en Europa en la década transcurrida desde que callaron las armas.

También rompió las barreras del distanciamiento conyugal al reunirse con Jean, que se había trasladado a Ginebra con Robin.

Lockhart pasó allí algo más de un mes jugando al golf, pescando con su hijo y cenando con su esposa, aunque sin llegar a una reconciliación familiar completa.

Aparte de la muerte de su madre en mayo de 1928 y el consiguiente regreso a Gran Bretaña, Lockhart disfrutó de su tiempo libre y se mantuvo fiel a su promesa de reducir el consumo de alcohol.

Años antes, en Praga, había intentado dejarlo de golpe, pero recayó casi inmediatamente.

Esta vez, sin embargo, demostró sensatez al limitar la magnitud de sus juergas y no abandonarlas por completo.

También «hacía los deberes» a diario y mantenía la mente activa leyendo mucho en alemán, francés, malayo, ruso y checo, además de escribir breves artículos de política y cultura europeas para las publicaciones de Beaverbrook. 3

Cuando Lockhart comenzó oficialmente a trabajar en el Standard en septiembre de 1928, se sentía revitalizado, sobre todo porque había empezado su nueva carrera con el mejor pie posible al convertirse en el primer periodista británico en entrevistar al exkáiser Guillermo II.

Exiliado al final de la guerra en la ciudad de Doorn, en los Países Bajos, el antiguo amo de Alemania era ahora un ocioso señor de barba plateada que se pasaba los días practicando la arqueología amateur y leyendo literatura griega.

También dedicaba algo de tiempo a alimentar el resentimiento que le había causado el modo en que había terminado la guerra y el trato que él y Alemania habían recibido de los vencedores.

Indignado por la prolongada ocupación de Renania por parte de las tropas aliadas y los cánticos de «colgad al káiser» que se oían al otro lado del Canal de la Mancha, Guillermo había jurado no volver a hablar con ningún periodista británico.

Por ello, cuando Lockhart llegó a Doorn en noviembre de 1928, el mayordomo del antiguo emperador se limitó a ofrecerle una visita guiada por la propiedad.

Sin embargo, gracias a las palabras que intercambió con su guía, Lockhart descubrió el talón de Aquiles del exdignatario: el anhelo por reparar su imagen pública.

Esto lo llevó a redactar para el Standard un artículo compasivo sobre la vida de Guillermo en el exilio en el que se hacía hincapié en el amor que el antiguo emperador sentía por los perros y la adoración que le profesaban «sus asistentes personales, quienes no tienen palabras para elogiar su amabilidad y consideración hacia los demás».

El efecto del artículo fue el deseado y, el 14 de diciembre de 1929, Lockhart tuvo su entrevista.

Los dos días siguientes los pasó hablando de política internacional con el exkáiser, quien trató de inculcar en Lockhart la idea de que él y su país habían sido agraviados por los vencedores de la Gran Guerra.

Según los términos del Tratado de Versalles, la derrotada Alemania se había visto obligada a admitir su culpa por iniciar el conflicto y a aceptar una serie de restricciones sobre su ejército y su economía, esta última agravada por una abultada factura de reparaciones impuesta por los aliados.

Además, se cedió territorio alemán a los vencedores de la guerra y el exkáiser fue tachado de infractor de la «moralidad internacional y la santidad de los tratados», y por ello debía ser llevado a juicio.

Aunque tal proceso nunca existió, Guillermo se tomó el insulto y la humillación muy a pecho, y culpó al Reino Unido de haberlo señalado como criminal de guerra.

Cuando la entrevista se publicó en el Standard , Lockhart intentó enmendar el problema de imagen de su entrevistado.

En interés de la superación del rencor angloalemán —algo que Lockhart consideraba personalmente necesario para una Europa de posguerra estable—, destacó los elogios del exkáiser al comportamiento de las «disciplinadas» tropas británicas en Renania y su esperanza «de que estos dos grandes pueblos [británicos y alemanes] vivan para ver el día en que, con verdadero entendimiento mutuo, recorran el camino común de la amistad genuina».

El artículo mantenía la línea del comentario que Beaverbrook había hecho a Lockhart acerca de que Guillermo era «una figura destacada de la historia y debemos tratarlo bien». 4

Animado por tan espectacular comienzo, Lockhart empezó a acostumbrarse a su nueva vida en Londres, lo que exigía un mínimo de adaptación social.

Al fin y al cabo, había pasado más tiempo en el continente que en las Islas Británicas.

No es que encontrara a los londinenses antipáticos, simplemente eran más estirados y reservados que los vieneses o los praguenses.

En opinión de Lockhart, el londinense medio desprendía «más cortesía genuina que el ciudadano de cualquier otra capital» y, sin embargo, no demostraba «ninguna curiosidad por la familia, los negocios o los ingresos de uno.

Es el hombre menos curioso del mundo y, por esta razón, el más difícil a la hora de entablar amistad».

Sin embargo, en las oficinas del Standard , en Shoe Lane, Lockhart halló la vitalidad que tanto le costaba encontrar en las calles.

Se llevaba bien con la mayoría de sus compañeros y disfrutaba de las historias de chismes y escándalos que urdían para la sección «Londoner’s Diary».

Le encantaba que ser periodista significara tener que adaptarse al reto de ver borrado de un plumazo todo el trabajo de una mañana por la muerte repentina de una figura política importante o el estallido de una guerra.

También le atraía el lado más disciplinado del oficio, ya que, después de los viajes y las penurias vividas por el continente, hasta un espíritu inquieto como Lockhart anhelaba la regularidad.

«Mi horario —anotó con satisfacción en su diario— es de 9.

30 a 1.15, durante el cual trabajo a pleno rendimiento».

La válvula de escape de esas mañanas de concentración llegaba por la tarde y la noche, cuando el Londoner llegaba a los clubes, teatros y restaurantes de la capital para recabar cotilleos para el Diary del día siguiente.