10. Noches interminables #4
Aparte de querer huir de la miseria de la revolución, otra de las razones por las que Moura había intentado llegar a Finlandia fue acelerar el reencuentro con Lockhart, quien, a pesar de que habían dejado de escribirse, siempre estuvo presente en sus pensamientos.
Si Moura hubiera sabido que sus vidas habían tomado rumbos tan distintos, quizá lo habría pensado dos veces antes de arriesgar su vida en el hielo.
Su apuesto agente británico se estaba convirtiendo en un borracho endeudado y preso de las glorias del pasado, mientras que Moura salía fortalecida de la catástrofe de 1918.
Había sobrevivido a la vida bajo el bolchevismo gracias a su relación con Gorki y había comenzado una nueva carrera como su traductora y, más tarde, su agente literaria.
Se adentró todavía más en el mundo editorial gracias a un romance con otro escritor famoso, H.
G. Wells, cuyo interés por la revolución rusa lo llevó a visitar a Gorki en 1920.
Perdidamente enamorado de Moura, el genio creador de La guerra de los mundos y La máquina del tiempo vivió en los años siguientes la humillación de proponerle matrimonio repetidas veces y ser tajantemente rechazado en cada ocasión.
Cuando Moura accedió a dar el sí, fue por razones puramente pragmáticas.
En 1921 se casó con un noble estonio, el conde Nikolai Budberg, quien accedió a anular el matrimonio una vez que Moura obtuviera el título de baronesa Budberg y la nacionalidad del marido.
Esto le permitió reunirse con sus hijos y empezar una nueva vida fuera de las fronteras de Rusia.
Las estrategias de seducción de Moura hacia Gorki, Wells y Budberg estuvieron motivadas tanto por el interés propio como por la aceptación de que se había separado del hombre al que realmente amaba.
En una carta de 1921 dirigida a Lockhart se declaró «incapaz de vivir con la idea» de que fuera Jean y no ella quien le había dado un hijo.
Desesperada, Moura llegó incluso a mencionar al «pequeño Peter», el hijo de ambos que ella había perdido en 1918.
En su mente, la llegada de Robin marcaba el fin de cualquier esperanza de que los antiguos amantes pudieran algún día reavivar la llama. 19
Sin embargo, nunca dejó de pensar en él.
En julio de 1924, mientras visitaba a su viejo amigo Hicks —quien, al igual que Lockhart, había iniciado una nueva carrera no gubernamental en Viena para la línea de cruceros británica Cunard—, Moura tomó el teléfono y llamó a su antiguo amante.
Al oír su voz, la mente de Lockhart se nubló de recuerdos y la confusión lo dejó sin palabras.
Sin embargo, cuanto más hablaba Moura, más se disipaba la niebla y más se agitaba en Lockhart aquel viejo sentimiento que una vez le había dado la confianza de ver el Moscú bolchevique como su feudo.
Moura era la guardiana de aquel pasado aventurero y del impulso de inspiración acuciante que tanto necesitaba.
Dos días más tarde, cuando por fin la vio mientras esperaba ilusionada en el portal de la casa de Hicks, Lockhart se sintió catapultado a aquella tarde de invierno en Petrogrado en la que se conocieron.
Ahora llevaba el pelo corto, a la moda de la época, y su rostro estaba endurecido por el peso de la experiencia, pero, en el fondo, Moura seguía siendo la misma de siempre, la luz que brillaba en cualquier reunión, el foco de la aduladora atención de todos.
Lockhart, más envejecido y curtido por el paso del tiempo, se sintió obligado a concluir que «el cambio está en mí, y no para mejor».
Y no solo en términos físicos. Cuando Moura habló de las prisiones de la Cheka, de las travesías por mares helados, de su vida liberal con Gorki, de su carrera en el mundo editorial y de su relación con Wells, Lockhart se sintió tan impresionado como avergonzado de no tener historias comparables que compartir.
Cuando dejó de escribir a Moura en 1919, lo hizo con el objetivo de pasar página y seguir adelante.
En cambio, quien dio un verdadero impulso a su vida como amante de grandes hombres y árbitro de sus propios asuntos fue la astuta baronesa, mientras que Lockhart se pasaba los días bebiendo para olvidar, esquivando a acreedores y trabajando en empleos que le robaban energía e inspiración.
Aunque reconocía el abismo que los separaba, el sentimentalismo impulsó a Lockhart a intentar tender un puente.
Cuando encontraron un momento de tranquilidad lejos de sus anfitriones, comenzó a susurrar sobre la promesa que había hecho en el andén de la estación de Moscú aquella fría noche de otoño de 1918.
Levantando bruscamente la mano, Moura le pidió que no dijera nada y que dejara el pasado en el pasado.
Como respuesta, Lockhart solo fue capaz de sonreír a medias y asentir con impotencia.
Tras pasar dos días más bebiendo, quitándole hierro a todo y hablando hasta altas horas de la noche con Hicks y su esposa, la antigua pareja se apretujó en el abarrotado vagón de un tren con destino a la estación de Masaryk en Praga.
Hablando en ruso para evitar que alguien aguzara el oído, trajeron a la memoria cosas que solo ellos sabían.
Ya no eran amantes, pero sin duda eran compañeros, unidos para siempre, pero destinados a vivir separados.
Al menos en este giro de los acontecimientos, Lockhart encontró consuelo y tuvo una importante revelación.
Moura tenía a sus hijos, su trabajo y sus amantes.
Se había creado una vida propia al margen de la de él.
La musa en la que había depositado toda su fe no iba a sacarlo del agujero en el que se había metido.
Para ello, la única persona en la que podía confiar era la que menos confianza le inspiraba: él mismo. 20