10. Noches interminables #3
Cualquiera que fuera la conexión de Lockhart con la guerra secreta de su gobierno contra el bolchevismo, no era lo bastante sólida para perturbar su banal existencia en Checoslovaquia, la cual se convertiría en una existencia compartida en la primavera de 1920.
El 13 de abril, Jean dio a luz a su hijo Robert (conocido como Robin) y lo llevó a Praga.
Convertido por fin en padre, Lockhart adquirió un enorme piso cerca de los jardines Kinsky, en el casco antiguo, e intentó crear una existencia familiar confortable, para lo cual contrató a sirvientes, un chófer y un cocinero que, según recordaría con cariño, «enseñó a mi hijo a balbucear en checo».
Sin embargo, estos cimientos propicios para el restablecimiento matrimonial se apoyaban sobre un terreno pantanoso en el que Lockhart se hundía irremisiblemente: su insaciable querencia por la vida nocturna.
En 1920, el miserable desastre de la guerra iba remitiendo en toda Europa y una marea de decadencia surgía en forma de bares y clubes nocturnos al estilo estadounidense.
En los night clubs y teatros subterráneos de Viena, Bucarest y Praga era posible encontrar además bandas de músicos gitanos que habían huido de Rusia para seguir con sus costumbres fuera del alcance del régimen bolchevique.
En ocasiones, Lockhart alquilaba un local entero para que estos cíngaros los entretuvieran a él y a sus amigos, muchos de los cuales eran también emigrantes rusos.
Otras veces salía en solitario para disfrutar de la oferta de ocio nocturno que se podía encontrar a lo largo y ancho del antiguo Imperio austrohúngaro.
En sus salidas, Lockhart se exponía al peligro y tomaba parte en situaciones absurdas.
Una noche, en Belgrado, sobrevivió a un malentendido de pista de baile con un violento gánster serbio al que fascinó hasta tal punto que ambos pasaron el resto de la velada brindando por la salud del otro.
En otra ocasión, después de contratar a una banda cíngara para que actuara en el Palacio Thun, un ebrio Lockhart se puso una peluca y un atuendo folclórico con el que ocultó su identidad a colegas e invitados y se unió a la banda en medio de una canción.
Menos éxito tuvo el intento de encontrar un trabajo para su habitual compañero de borracheras, un pianista de temperamento irascible llamado Wolff, con quien solía jugar a mantener el equilibrio sobre botellas de champán colocadas boca abajo mientras bebían.
Al jefe de Lockhart, George Clerk, no le impresionaban estas hazañas.
Recordándole a su subordinado que, en una ocasión, Wolff se había emborrachado con brandy comprado en Gran Bretaña hasta perder bochornosamente el conocimiento en un evento en el Palacio Thun, Clerk rechazó la sugerencia de mantener al pianista en nómina para futuras funciones.
A la vista de tales desventuras, no es de extrañar que Lockhart se ganara una fama legendaria entre los bebedores y bailarines de Praga, hasta el punto de que en ciertos locales se podía pedir un coñac doble llamándolo simplemente «un lockhart». 15
Jean no hacía ascos a los excesos y de vez en cuando acompañaba a su marido en sus noches de juerga, pero en su caso el entusiasmo se le pasó pronto.
Esto dejó a Lockhart saliendo solo de fiesta, a veces en compañía de «damas de animación», acompañantes femeninas contratadas por los night clubs .
Admitiendo que los clubes de Praga estaban consumiendo su matrimonio, Jean se marchó a Londres en julio de 1922 llevándose a Robin consigo.
Aun así, Lockhart no dejó la noche. Por entonces poco más podía hacer.
Lo que había comenzado como una forma de buscar una alegre escapatoria de la monotonía laboral se había convertido en un mecanismo de evasión con el que aliviar el dolor de haber caído desde las alturas de ser el agente del Reino Unido a las profundidades de ejercer de vulgar funcionario en una legación diplomática.
Su matrimonio se resquebrajó aún más bajo el peso de este desesperado hedonismo.
En julio de 1923, durante una de sus visitas a Londres, Lockhart encontró a Jean «muy enferma, con una histeria intensa», hasta el punto de que tuvo que llamar a un médico para que la calmara.
Tres años después, un «ataque nervioso» obligó a Jean a guardar cama sin poder pasar tiempo con su marido de visita.
La cartera de Lockhart no se vio menos afectada que su matrimonio.
La dimensión de su adicción a la noche era tal que, incluso con el coste relativamente bajo de la vida nocturna praguense, su salario se veía sistemáticamente consumido por el dispendio de noches interminables.
Cuando la Reina del Caucho murió en 1922 sin dejarle un céntimo —los préstamos habían dilapidado su herencia—, Lockhart se vio obligado a recurrir a su tío colono para recargar su cuenta bancaria.
Sin embargo, el negocio del caucho se encontraba tan expuesto como cualquier otro a la recesión en la que había caído la economía europea una vez que el auge de la posguerra se desvaneció.
A mediados de 1921, el descubierto de Lockhart se había disparado de 700 a 2.
000 libras. Su reacción fue aceptar que con lo que ganaba nunca podría normalizar sus cuentas y, justo antes de la Navidad de 1922, presentó su dimisión a Clerk.
Así terminaron, de una manera que Lockhart reconocería como «rutinaria y poco distinguida», los diez años de su servicio en el Foreign Office. 16
Por mucha tendencia autodestructiva que hubiera desarrollado, esta vez no se trataba de ningún salto al vacío.
Sus informes de investigación sobre la situación económica en Checoslovaquia habían llamado la atención de los ejecutivos del Banco de Inglaterra, que quedaron tan impresionados por su intuición y sus contactos que le ofrecieron un puesto en su filial de Viena, el Anglo-International Bank.
El aparente despropósito de la propuesta no se le escapó a un juerguista despilfarrador como él, que por entonces había recurrido a prestamistas para saldar sus deudas.
Afortunadamente para Lockhart, sus nuevos jefes no buscaban a un experto en contabilidad, sino a un recopilador de información que los mantuviera al corriente de los acontecimientos políticos y los grandes negocios en Europa central.
Así, en 1923, el plantador de caucho reconvertido en cónsul y agente británico entró a trabajar en el Anglo-International Bank como recopilador de información económica. 17
Al igual que Praga, Viena, el nuevo hogar de Lockhart, rebosaba tentaciones trasnochadoras.
También Londres, Colonia, Berlín, Sofía y otras muchas ciudades europeas envueltas por el humo y el jazz de los locos años veinte, y que el flamante empleado de banca visitaba en representación de su pagador para estrechar manos y analizar las intenciones de todo el mundo, desde el rey de Serbia hasta las cooperativas vienesas.
Por esta razón, todo el beneficio económico que le reportaba su nueva carrera se esfumaba antes de que pudiera acumularse.
Intentó complementar sus ingresos escribiendo artículos para periódicos británicos sobre temas que iban desde la relación entre el campesinado y las élites urbanas de Europa del Este hasta el estado de las relaciones anglorrusas.
Sin embargo, ni estas incursiones como corresponsal extranjero ni su trabajo en el Anglo-International Bank mitigaron la necesidad de Lockhart de recurrir a prestamistas.
Incluso unos pocos años después, en marzo de 1928, escribió en su diario que se enfrentaba a «una semana dura, ya que tengo que reunir al menos 750 libras para saldar deudas».
Y también había facturas médicas que pagar.
Las salidas nocturnas —en las que Lockhart podía llegar a consumir «dos cócteles, melón, sopa, langosta, chuletas, urogallo frío, helado y entremeses, jerez, champán, oporto y brandy...
¡Y whisky!»— dejaron al que fuera robusto jugador de rugby en un estado lamentable, lo que lo obligó a acudir a un médico privado de Harley Street, en Londres, para que le tratara la gota y el desgaste físico. 18
La caída en picado de Lockhart se hizo incómodamente obvia cuando, en el verano de 1924, Moura regresó súbitamente a su vida.
Habían pasado seis largos años desde sus tiempos de glamurosa dama de la alta sociedad.
Por su relación con los conspiradores británicos, después del otoño de 1918 tenía prohibido abandonar Rusia permanentemente y estaba bajo la vigilancia del Directorio Político Unificado del Estado (OGPU), el heredero de la Cheka.
Privada de riquezas y posición social, la condesa también tuvo que ponerse a trabajar para ganarse la vida.
Sin embargo, superó el reto ejerciendo de traductora y, después, trabajando de secretaria para el célebre escritor Maksim Gorki, quien, previsiblemente, cayó perdidamente enamorado de ella.
Tras convertirse en su amante, Moura se unió a la comuna bohemia del literato, cuyos miembros se llamaban entre sí por apodos y no prestaban demasiada atención a si era de día o de noche.
La casa de Gorki no tenía nada que ver con el refinado esplendor de Yendel, pero proporcionó a Moura un refugio acogedor lejos de la atención del OGPU, ya que su amante era muy admirado por Lenin.
Esta conexión dio sus frutos cuando, en 1920, Moura intentó escapar de Rusia cruzando las aguas heladas del golfo de Finlandia, pero fue detenida por la guardia de fronteras y encarcelada.
Su liberación fue posible gracias a la intervención de otra de las amantes de Gorki, que estaba involucrada en un negocio de contrabando de obras de arte destinado a la financiación de las arcas bolcheviques.