Un espía en Moscú 10. Noches interminables #2
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10. Noches interminables #2

Pero el destino quiso lo contrario. En el verano de 1919, el interés del público por las aventuras rusas de Lockhart andaba de capa caída y, con él, la posibilidad de que le pagaran por ofrecer conferencias y entrevistas.

Además, esta ventana de oportunidad se cerró justo cuando Jean anunció que volvía a estar embarazada.

Para mantener a su creciente familia, Lockhart tuvo que aceptar la única oferta que le quedaba del empleador que menos deseaba: un puesto de secretario comercial en Belgrado o Praga.

Tomó la decisión basándose en el recuerdo de un profesor checo del Fettes College que le había parecido encantadoramente exótico y en la creencia de que «para aquellos que todavía consideran la captura de la trucha como la rama más elevada del arte de la pesca con caña», Praga era «el centro de un auténtico paraíso».

Con esta absurda idea en mente, Lockhart partió rumbo a Checoslovaquia en noviembre de 1919 con la intención de pescar, cazar y olvidar.

Lo último no podía intentarlo sin antes rendir un último homenaje a sus días en Moscú, y una semana antes de partir hacia Praga, Lockhart asistió a una fiesta privada en Londres a la que asistieron Hill, Reilly, Leeper y algunos agentes del MI6 asignados a operaciones antibolcheviques en Rusia.

El evento fue bautizado como «Almuerzo de la liquidación», en macabra conmemoración del primer aniversario de la sentencia de muerte dictada contra los conspiradores. 9

Lockhart estaba en el punto de mira en Rusia, pero tenía ante sí una nueva vida en Checoslovaquia, uno de los mejores lugares en la Europa de posguerra para un hombre de su talento e intereses.

Creada a partir de los escombros del despedazado Imperio austrohúngaro y los tratados que pusieron fin a la primera guerra mundial, Checoslovaquia era una nación nueva, rica en minerales sin explotar y con un gran potencial industrial, que contaba con una población de más de catorce millones de checos, eslovacos, magiares, judíos y otros grupos étnicos.

Su diversidad cultural iba acompañada de una importancia geopolítica crucial para el nuevo orden europeo, ya que ejercía de Estado colchón entre la Alemania derrotada y la Rusia revolucionaria.

Los británicos veían al joven país como un lienzo en blanco sobre el que levantar una potencia económica centroeuropea.

Por esta razón, el Banco de Inglaterra estaba invirtiendo mucho en Checoslovaquia y el Foreign Office había establecido una formidable presencia diplomática en la capital.

Ubicada en el Palacio Thun de Praga, la legación a la que fue asignado Lockhart disponía de salones de baile, jardines privados y tres plantas de oficinas totalmente equipadas, todo ello construido con un atractivo gusto estético que se integraba con las murallas y los adoquines del casco antiguo de la ciudad.

Nada que ver con el sofocante apartamento que él y Buchanan habían ocupado en Moscú.

Entre el esplendor del Palacio Thun, el dinero del Banco de Inglaterra y las posibilidades que ofrecía la ciudad de Praga, Checoslovaquia era el lugar ideal para cualquier aventurero ambicioso que reclamara su lugar en el futuro europeo de posguerra. 10

Pero Lockhart hacía tiempo que ya no se sentía parte integrante de esa casta de ganadores.

Cuando llegó a Moscú en 1912, le bastaron tres días de borrachera y alterne para ganarse el favor de las élites de la ciudad.

En 1919, habiendo sido invitado a asistir a una fiesta para la gente influyente de Praga en su primera noche en la ciudad, Lockhart se limitó a «alegar cansancio.

Deshice las maletas y me fui a la cama».

La falta de energías y la mala predisposición marcaron sus primeras impresiones de la ciudad.

Aunque con el tiempo llegó a adorar Praga y a sus gentes, Lockhart se sintió deprimido por culpa de los edificios de hormigón barato erigidos a toda prisa después de la guerra.

Las necesidades básicas de la vida moderna, como el agua corriente y el suministro de energía sin cortes, eran tan deficientes como en la Rusia rural, mientras que, culturalmente, Praga le parecía a Lockhart infinitamente más aburrida que la decadente Moscú.

Le costaba mostrar entusiasmo por su trabajo, cuyo alcance quedaba eclipsado por la energía y la aptitud de sus colegas.

Además del influyente encargado de negocios Charles Gosling, el tercer secretario de la legación, John Latter, era una prometedora estrella del cuerpo diplomático británico, dotado del empuje y el vigor que le faltaban a Lockhart.

George Clerk, el representante de la legación y antítesis del achacoso Buchanan, era un hombre rebosante de energía y ambición, que se tomaba muy en serio su misión de convertir Praga en una meca de los negocios.

Él y Gosling realizaban la mayor parte del trabajo de la representación británica.

Lockhart tampoco estaba de brazos cruzados: contribuía en la elaboración de los informes anuales comentando las reservas y los dividendos de los bancos checos con los que se había asociado el Banco de Inglaterra.

También enviaba alguna que otra evaluación de inteligencia, como las que habían forjado su reputación en Moscú, analizando opiniones políticas, tanto de importantes personalidades checas como de dignatarios visitantes, y la propagación de movimientos radicales en toda Europa central.

Cabe destacar que estos informes no eran enviados por Lockhart personalmente, sino como anexos a las misivas del propio Clerk a Whitehall; hasta ese punto había visto el exagente británico reducido su poder.

El trabajo no era estresante ni pesado, solamente un pobre sustituto del emocionante peligro de las conspiraciones antibolcheviques. 11

Lo más cerca que estuvo Lockhart de recuperar el espíritu de Moscú fue cuando Sávinkov y Reilly visitaron Praga en septiembre de 1920 en busca del apoyo del gobierno checo para sus operaciones antibolcheviques.

No era una idea descabellada. El primer presidente de Checoslovaquia, Tomáš Masaryk, había sido una figura fundamental en la creación de la Legión Checa, que se había vuelto contra los bolcheviques en 1918, y su ministro de Asuntos Exteriores, Edvard Beneš, veía el futuro de su país no tanto en Oriente como en Occidente.

Ambos políticos estaban preocupados por la agitación comunista en Checoslovaquia, ya que temían que pudiera desestabilizar sus esfuerzos por crear un estado democrático fuerte.

Beneš y Masaryk despertaron el interés de Lockhart en medio del malestar que sentía en Praga.

La devoción de ambos por un orden de posguerra caracterizado por un gobierno estable y una cooperación internacional coincidía con los planteamientos del escocés, y la franqueza que demostraban hacia él ayudó a suavizar la visión inicialmente dura que tenía Lockhart sobre la vida en la capital.

Deudor de su incipiente amistad con los líderes checos, cuando Reilly y Sávinkov se presentaron en el Palacio Thun como astutos vendedores tratando de promocionar una arriesgada empresa contrarrevolucionaria, Lockhart aseguró haberse echado atrás.

En vez de organizar una reunión con Beneš y Masaryk, llevó a sus antiguos colegas a almorzar, rememoró los viejos tiempos y luego despachó a los conspiradores. 12

Pero esta no fue la historia completa. Contrariamente a lo que contaría más tarde, Lockhart sí envió a Reilly y Sávinkov a reunirse con Masaryk y Beneš, quienes, aunque recelosos de la pareja, les ofrecieron algo de apoyo para sus operaciones antibolcheviques, uno de cuyos aspectos clave era la recaudación de fondos para los blancos.

Lockhart desempeñó un papel importante en esta empresa.

En septiembre de 1921 negoció un acuerdo para que Reilly adquiriera radio procedente de las minas checoslovacas en nombre de la Imperial and Foreign Corporation de Londres.

El radio era un bien muy codiciado en la década de 1920, esencial para la fabricación de productos de todo tipo, desde relojes luminosos hasta falsos remedios para la salud, por lo que era una fuente de ingresos ideal para un espía sin blanca que necesitara fondos para financiar operaciones subversivas.

La cuestión es: ¿se involucró Lockhart con Reilly en algo más que no fuera allanarle el camino con la estrategia del radio?

Jean así lo creía, y años más tarde le insinuó a su hijo Robin que su padre y Reilly siguieron trabajando juntos para el gobierno británico en varios proyectos relacionados con la lucha contra el bolchevismo en la década de 1920. 13

Los diarios de Lockhart muestran que se reunió con agentes del MI6 tras su regreso de Rusia en 1918, pero los detalles de lo que hablaron no han trascendido.

También se sabe que Lockhart entregó a Whitehall informes sobre la actividad de Kérenski con la Rusia blanca después de que el primer ministro depuesto visitara a Lockhart en Praga a principios de 1921.

Más allá del trato del radio, los registros de archivo sobre los negocios de Lockhart con Reilly en esta época son escasos, pero está claro que Rex Leeper patrocinó los viajes del espía por Europa en 1920 haciéndolo pasar por agente comercial al servicio del Board of Trade, la Comisión de Comercio del Reino Unido, al tiempo que servía de enlace de Whitehall para las gestiones de Hill en apoyo de los blancos.

Durante su estancia en Praga, Reilly envió mensajes codificados al MI6 desde el Palacio Thun, algo que muy probablemente habría organizado Lockhart.

Por último, el hecho de que Lockhart, Reilly, Hill y Leeper asistieran también al «Almuerzo de la liquidación» sugiere que el exagente británico seguía vinculado de alguna manera a sus antiguos compañeros y a sus estrategias. 14