10. Noches interminables
Noches interminables
En Praga yacen los restos de los últimos años de mi juventud.
R OBERT B RUCE L OCKHART
Esta vez, Lockhart no fue capaz de tomárselo a broma.
Acababa de recibir la noticia de que él, Reilly, Verthamon y Grenard habían sido juzgados en ausencia por el tribunal revolucionario que Peters había prometido convocar.
Sus sentencias eran inequívocas. Todos fueron declarados culpables de espionaje y conspiración y serían fusilados si se atrevían a poner los pies en suelo ruso.
El veredicto fue un mazazo que confirmaba su alejamiento del país y de la mujer que habían conquistado su corazón.
Sin embargo, no fue una separación total.
Desde su regreso al apartamento saqueado del callejón del Pan, Moura había escrito cartas a Lockhart, a veces más de una al día.
El hilo conductor de esta correspondencia era su promesa de «recordar siempre lo que me dijiste en la estación: cada día que pasa es un día menos para volver a vernos».
Moura todavía fantaseaba con superar la distancia geográfica, su situación familiar, los juicios ajenos y el ojo atento de la Cheka, y volver a estar juntos.
Sola y abatida, Moura alimentaba esta esperanza para «darme fuerzas y seguir adelante con esta vida horrenda», ya que «la idea de un futuro sin ti me deja fría y paralizada por el terror».
Estas cartas proporcionaron a Lockhart un enorme consuelo en el sombrío otoño de 1918, durante el cual tuvo que afrontar el fracaso de su misión y, al igual que muchos otros que prestaron sus servicios, la idea de haber sido «ascendidos en rango por la guerra y devueltos al punto de partida por el armisticio».
Sin embargo, después de recibir su sentencia de muerte, las palabras de Moura sobre retomar el romance le parecieron tanto o más extravagantes que los planes de Reilly de aplastar el bolchevismo.
Lockhart fue espaciando sus respuestas a lo largo del invierno, lo que llevó a Moura a quejarse de que «es como escribir a oscuras».
En febrero, ella preguntó: «¿Recuerdas cuando decías que nuestro amor debe superar una prueba de seis meses?
Pues bien, ¿crees que el tuyo la va a superar?
». En abril de 1919, su frustración se convirtió en rabia y le suplicó: «Por el amor de Dios, sé sincero conmigo».
No lo fue. En vez de eso, Lockhart dejó que su promesa de reencuentro se desvaneciera mientras intentaba bloquear cualquier pensamiento donde apareciera Rusia y Moura.
Todavía la amaba, pero era incapaz de reunir el valor necesario para poner fin oficialmente a la relación.
Era mejor —pensó él— seguir adelante sin decir nada. 5
En pos de este nuevo comienzo, Lockhart viajó a Tomintoul en la Navidad de 1918 para aclarar las ideas y conjurar los fantasmas rusos.
Sin embargo, el retorno a la tierra de sus ancestros le proporcionó más motivos de angustia que de alivio.
La edad estaba convirtiendo a Robert padre, robusto amante de la naturaleza, en un ratón de biblioteca de pelo gris.
Todavía en estado de shock por la pérdida de su otro hijo Norman, la habitualmente extrovertida Florence se mostraba alarmantemente retraída y, en la mente culpable de Lockhart, cada vez que lo miraba veía en ella «un reflejo de mi propia conciencia de que lo mejor había sido arrebatado y lo peor había quedado atrás».
Por su parte, la Reina del Caucho, como no podía ser de otro modo, reprendió a Lockhart por volver una vez más a Escocia con su carrera en ruinas.
En cuanto a Jean, mostró mayor empatía al tratarlo como el prisionero liberado que era.
Hizo todo lo posible por no juzgarlo por sus errores profesionales y soportó la humillación de saber que la aventura de su marido con Moura era uno de los secretos peor guardados de Londres.
Desesperada por seguir adelante, Jean intentó que Lockhart se centrara en reparar su maltrecho matrimonio y dejar atrás las penurias de Rusia.
Era una misión imposible. Su «cuerpo físico» había regresado a Gran Bretaña, pero «su mente estaba en Moscú». 6
Por eso aceptó Lockhart la oferta del King’s College de dar una conferencia: le proporcionaría la muy necesaria oportunidad para ordenar sus confusos pensamientos sobre Rusia y poner punto final a su vida allí.
Preparó a fondo su charla sobre «Las condiciones sociales en Rusia bajo el bolchevismo», para la cual revisó las pocas notas que había conseguido traer de Moscú.
Aunque deseoso de incluir datos que solo podía proporcionar alguien que había cenado con Trotski y había sido recluido en el Kremlin, Lockhart era consciente de que, técnicamente, seguía siendo empleado del Foreign Office.
Esto significaba que, además de omitir toda mención a maletas repletas de rublos y a los Fusileros Letones, los asistentes serían informados de que Lockhart no respondería preguntas.
Con todo, la conferencia transcurrió lo suficientemente bien para que Lockhart se sintiera «arrogantemente satisfecho» de su actuación.
Y entonces, cuando los aplausos se desvanecieron, ocurrió lo inevitable.
Desde el fondo de la sala, una «banda comunista» se levantó de sus asientos y exigió saber por qué Lockhart había conspirado utilizando «dinero del servicio secreto para hacerse con las figuras de Lenin y Trotski utilizando a un grupo de soldados letones».
Mientras Lockhart permanecía indiferente detrás del atril pensando en cómo debía proceder, en la sala se armó una algarabía de voces estridentes y dedos acusadores agitados por el sector del público más joven y apasionado.
Los profesores y funcionarios del gobierno corrieron hacia las puertas de salida tan rápido como se lo permitían sus polainas y Lockhart, arrastrando el peso del arrepentimiento por haber pensado que la conferencia era una buena idea, cogió su sombrero y su abrigo y los siguió, dejando atrás el tumulto que había organizado. 7
Ya fuera por la cruzada antibolchevique de Reilly, por las reflexiones de los mandarines ministeriales sobre la mentalidad de Lenin, por el encargo de The Times de escribir biografías de los líderes bolcheviques o por las declaraciones de los estudiantes radicales de que el futuro era comunista, parecía que lo único que interesaba a todo el mundo, ahora que el Imperio alemán había sido derrotado, era la Unión Soviética.
Esto impidió que Lockhart pudiera dejar atrás su etapa de agente británico e hizo que la búsqueda de un nuevo empleo que no tuviera que ver con Rusia supusiera un verdadero desafío.
Ofertas no faltaban. Lord Milner seguía siendo un gran admirador suyo e insistía en que, por sus conocimientos y destrezas, siempre habría un lugar para él en el Foreign Office.
Otro de los partidarios de Lockhart, Arthur Steel-Maitland, le ofreció el puesto de primer secretario comercial en el consulado de Varsovia.
Llevando la contraria al dicho inglés de que los mendigos no pueden escoger, Lockhart rechazó la idea alegando que Polonia estaba demasiado cerca de Rusia para sentirse cómodo allí.
Respondió de manera similar a otra propuesta de ir al sur de Rusia como enlace del gobierno con el general blanco Antón Denikin, cuyo ejército seguía contando con el apoyo británico a pesar del pobre rendimiento de la inversión.
Esta negativa estaba justificada. Volver al territorio bolchevique era peligroso debido a la pena de muerte y nefasto para las esperanzas de Lockhart de liberarse de su adicción a Rusia.
Sin embargo, el hecho de que le hicieran la oferta permite pensar que algunos en Whitehall estaban dispuestos a alimentar esa dependencia.
También demuestra que la reputación de Lockhart no estaba tan dañada como él suponía inicialmente.
De hecho, dado el pánico que había despertado el bolchevismo en el Reino Unido tras la guerra —y que se intensificó en los primeros meses de 1919, cuando el país se vio asolado por huelgas, disturbios y motines de soldados que habían regresado del frente con ideas revolucionarias—, el hombre que había conspirado para derrocar a Lenin parecía el soldado ideal para combatir en la lucha entre el capitalismo y el comunismo.
Sin embargo, Lockhart tenía poco interés en ir a ninguna guerra.
A diferencia de Reilly, había aprendido la lección del fracaso de la conspiración letona y, después de haber trabajado con los rusos blancos, los consideraba una posibilidad sin futuro.
En una correspondencia interna con el Foreign Office, así como en un artículo anónimo publicado en New Statesman a finales de 1918, Lockhart afirmó que los bolcheviques habían consolidado su poder.
A no ser que fuera inmediata y a gran escala, con participación estadounidense, francesa y de cualquier otro que pudiera unirse, una nueva intervención británica supondría la pérdida de muchas vidas sin un buen motivo.
Para Lockhart, la guerra había terminado y los bolcheviques habían ganado.
La insistencia de Whitehall en lo contrario y su confianza en gente como Denikin no hicieron más que confirmar al exagente británico que el Foreign Office ya no era su sitio. 8