9. El final de la misión #3
Algunos miembros de los servicios de inteligencia británicos estaban convencidos de que Moura había revelado su conocimiento del complot a la Cheka o había propuesto «varios planes de naturaleza más o menos descabellada» a Lockhart, incluida la idea de los «Fusiles Letones».
La teoría de que Moura fuera una agente provocadora que habría «informado directamente a los soviéticos de estos planes» se vio reforzada por el repulsivo rumor de que había comprado su salida de Butirka y había conseguido la libertad de Lockhart acostándose con Peters.
Dejando a un lado su reputación de seductora, resulta cuestionable que los encantos femeninos de Moura hubieran bastado para convencer a Peters de que liberara al artífice del complot más peligroso descubierto hasta la fecha contra el régimen al que servía lealmente.
A lo sumo, Moura podría haber aceptado desempeñar el papel de «señuelo» en el plan de Peters de mantener al agente británico en Rusia, ya que este desenlace habría significado una victoria propagandística para el chequista, y para ella, una vida con el hombre al que amaba.
Sin embargo, la poca disposición de Moura a escribir sus memorias y la minuciosidad que empleaba a la hora de destruir sus documentos personales hacen que estas teorías sigan siendo meras especulaciones.
A falta de pruebas contundentes que demuestren lo contrario, hay pocos indicios de que Moura traicionara a su « baby boy ». 12
Lockhart nunca sospechó de ella. Decidido a abandonar la misión tal y como la había empezado —marcando él los ritmos—, retrasó su partida veinticuatro horas para pasar más tiempo con Moura.
Fue una decisión que Lindley tachó de «increíble», dado que el agente británico acababa de desafiar a la muerte saliendo en libertad del Kremlin por su propio pie.
El deseo de pasar un día más con su amada no fue la única razón por la que Lockhart se tomó un tiempo para despedirse de Rusia.
Una vez de vuelta en el apartamento del callejón del Pan, Lockhart se reunió con Claes Asker, el cónsul de Suecia, a quien consideraba uno de los diplomáticos más sensatos y fiables.
El sueco había aceptado hacerse cargo de los asuntos británicos en el país ahora que Lockhart y los demás funcionarios se iban de allí.
Aunque tanto en sus memorias como en su informe al ministro Balfour se mostró algo evasivo acerca de su conversación con Asker, es probable que Lockhart se estuviera asegurando de que sus huellas quedarían bien tapadas.
Durante su estancia en el Kremlin, Lockhart anotó en su diario —en idioma malayo por motivos de discreción— que Moura le había informado de que «todas las cartas habían sido llevadas a la gran casa holandesa de la ciudad».
Probablemente se refería a documentos incriminatorios del consulado británico o de su oficina que fueron entregados al cónsul neerlandés Oudendyk para que los custodiara.
La reunión de Lockhart con Asker fue probablemente una manera de confirmar que el diplomático de confianza mantendría fuera del alcance de la Cheka cualquier otra prueba que pudiera aparecer.
Si ese era su plan, entonces Lockhart acertó en su juicio.
Semanas después de que volviera a Londres, pudo informar confiado a Balfour de que «los bolcheviques tienen pocas pruebas reales contra nosotros y prácticamente ninguna prueba escrita».
Tal como le dijo Peters con respetuosa reticencia el día en que salió en libertad del Kremlin, Lockhart era «o un loco o muy inteligente». 13
Era ambas cosas. El loco había urdido un complot absurdo, pero al quemar sus claves secretas y asegurarse de que sus documentos no cayeran en manos de la Cheka, Lockhart había demostrado parte de la astucia que lo había llevado a ser nombrado ante todo agente británico.
No había dejado nada que pudiera incriminarlo a él ni al gobierno británico, por lo que Peters no pudo retener a su hombre.
Tampoco Moura. El 2 de octubre, ella y un puñado de amigos se reunieron para desear lo mejor a Lockhart, Hicks, Tamplin, Lingner, Boyce y otros cincuenta funcionarios británicos y franceses que, acompañados de sus respectivas familias, iban a subir al tren que los evacuaría a Finlandia.
Mientras las sombras iban alargándose y la iluminación fluorescente del andén parpadeaba al encenderse, Lockhart y Moura compartieron recuerdos triviales.
Cualquier otro tema hubiera sido demasiado profundo para sacarlo a colación.
La tortura de su larga e incómoda despedida duró horas, ya que el jefe de estación esperaba a que lo avisaran de la partida de Litvínov desde Bergen.
Moura se quedó hasta que llegó la confirmación, a las dos de la madrugada.
Cuando sonó el silbato para subir al tren, Lockhart se rindió por fin a sus sentimientos.
Suspiró profundamente y observó, durante lo que le pareció una eternidad, cómo el frío hálito que salía de su boca se desvanecía entre él y la mujer que amaba.
Tomando su mano enguantada entre las suyas, Lockhart fijó la mirada en los ojos de Moura y le dijo que recordara que «cada día que pasa es un día menos para volver a vernos».
No estaba claro si se refería a esta vida o a la otra, pero Moura se sintió igualmente reconfortada por el sentimiento.
Este instante de ternura terminó abruptamente cuando una veintena de fusileros letones —quizá el último golpe de Peters a su adversario— comenzaron a gritar y a empujar a Lockhart y al resto de los evacuados hacia los vagones.
El vapor se elevó, el chirrido de metal contra metal cortó el aire y, en cuestión de minutos, Lockhart había partido dejando a una solitaria Moura en el andén diciéndose a sí misma que debía ser fuerte.
Abatido hasta el punto de la insensibilidad, Lockhart se apartó en silencio del grupo de proscritos que vitoreaban y se abrazaban aliviados mientras el tren los alejaba del peligro.
Encontró un asiento tranquilo lejos del gentío y apoyó la cara contra la ventana, mirando en silencio cómo Rusia —y, con ella, los últimos seis años de su vida— se alejaba formando un mosaico de inquietantes teselas negras y grises iluminadas por la luna.
Su misión, su romance con Moura y su gran aventura habían llegado a su fin. 14