9. El final de la misión #2
Pero el enamorado rusófilo no podía aceptar la oferta de Peters.
No era solo por la insultante transparencia de la estratagema.
Lockhart había visto demasiada sangre derramada por los bolcheviques y demasiada paranoia entre sus filas para confiar su futuro a una vida bajo su paraguas.
Aunque estaba de acuerdo con Peters en que el fracaso de su misión significaba que su carrera estaba prácticamente acabada, ese «prácticamente» le dio que pensar.
Ya había resucitado dos veces. ¿Por qué no podía hacerlo una tercera?
En contra de esta esperanza se elevaba la certeza de que, si decidía disfrutar del paraíso de los trabajadores con Moura en vez de regresar a Gran Bretaña, su carrera estaría acabada, y con ella, todos los aspectos de la vida tal y como la conocía.
Perdería a Jean, a su familia y sus amigos.
A los ojos del gobierno británico, de la prensa y del público, sería un traidor no mejor que Marchand, cuyas acusaciones sobre las artimañas occidentales aparecían por entonces en toda la prensa bolchevique, para gran disgusto de Lockhart.
Por muy desgraciado que se sintiera por cómo habían acabado las cosas, la oferta de Peters de caer en el olvido era demasiado incondicional para que Lockhart pudiera aceptarla.
Tras meses jugando al más peligroso de los juegos en Rusia, el agente británico finalmente decidió abandonar el campo de batalla.
En realidad, la decisión ya estaba tomada.
El último intento de Peters de sacar provecho propagandístico del encarcelamiento de Lockhart se vio impulsado por la noticia de que Whitehall y el Kremlin habían acordado intercambiar a sus respectivos rehenes.
Sin embargo, tal era el nivel de desconfianza que ambas partes exigieron que la entrega se realizara simultáneamente: mientras Litvínov y su comitiva se embarcaban con destino a Rusia en el puerto noruego de Bergen, Lockhart y los suyos cruzaban la frontera rusofinlandesa en tren.
Con su presa oficialmente en camino a la libertad, Peters mostró su lado más humano y permitió a Moura pasar los dos últimos días de reclusión de Lockhart en su suite del Kremlin con un mínimo de privacidad.
A cambio, Lockhart accedió a entregar una carta a la esposa inglesa de Peters, con la que se había casado durante su huida de la Ojrana.
A Moura también se le permitió regresar al apartamento del callejón del Pan y preparar las cosas de Lockhart para su partida, prevista para el 1 de octubre.
Había poco equipaje que hacer. La Cheka había robado los gemelos, las camisas y los alfileres de corbata de Lockhart y había vaciado la que fuera una formidable bodega.
Hasta la mantequilla había desaparecido.
Peters se disculpó por el saqueo y, en un último reconocimiento de que la batalla intelectual entre ambos había terminado, accedió a la petición de Lockhart de que permitieran a Hicks salir libremente del consulado estadounidense y del país.
El aliviado capitán pudo incluso casarse con su novia rusa antes de que ambos fueran conducidos hasta el tren que los llevaría a Finlandia. 11
No hubo final feliz para Lockhart y Moura.
Hicks era soltero y podía contraer matrimonio legalmente, pero la perspectiva de que Lockhart, ya casado, regresara al Reino Unido con una amante rusa del brazo era algo problemática, y no solo porque fuera moralmente indecente.
Moura tenía dos hijos, una hermana, una madre enferma y un marido —en el caso del último, la situación se prolongaría hasta abril de 1919, cuando unos bandoleros asesinaron a Djon en un bosque a las afueras de Yendel—.
A pesar de estar profundamente enamorada de Lockhart, Moura asumió que sus circunstancias personales hacían casi imposible que se mudara a Gran Bretaña, siempre y cuando las autoridades la dejaran entrar, ya que, en la lucha por atribuir la culpa del fracaso del complot, quienes no estaban convencidos de la vileza de Reilly lanzaban miradas acusadoras a la misteriosa condesa.
No cabe duda de que Moura estuvo al corriente de la conspiración.
Había estado implicada en las maquinaciones de su amante durante meses y, cuando Robin Bruce Lockhart habló con ella en la década de 1960 mientras investigaba para su biografía de Reilly, Moura se quejó de que Robert fuera descrito como poco más que la «caja de dinero en un asunto de secretos, intriga y misterio» que, según confió a Robin, estaba «condenado al fracaso desde el principio».