Un espía en Moscú 9. El final de la misión
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9. El final de la misión

El final de la misión

Tu carrera ha terminado. Tu gobierno nunca te perdonará. ¿Por qué no te quedas aquí?

Y ÁKOV P ETERS

El segundo turno de detención de Lockhart estuvo marcado por una estrategia de recompensa y castigo a base de manipulación psicológica, oferta de comodidades inmediatas y amenaza constante de ejecución.

Al principio estuvo recluido en una austera celda de la Lubianka en la que se le impedía dormir y Peters lo hacía llamar a cualquier hora del día y la noche para someterlo a interrogatorios repetitivos, pero en todo momento corteses.

Durante estas sesiones explicaban a Lockhart que Grenard y Lavergne habían confesado todo (ninguno de los dos había sido detenido) y lo obligaban a presenciar cómo un pelotón de fusilamiento ejecutaba a antiguos miembros del gobierno de Kérenski en el patio de la prisión.

Mirando al vacío desde la celda de Lockhart mientras aquellos hombres eran muertos a tiros, Peters hablaba de cómo él mismo había sido torturado por la Ojrana arrancándole las uñas y ahora le dolía la mano cada vez que firmaba una sentencia de muerte.

Al igual que había pasado con su demostración de indiferencia ante la sangrienta escena de la Casa de la Anarquía, Peters le estaba dejando claro al agente británico que allí no se andaban con contemplaciones.

Lockhart hizo de tripas corazón y se mostró imperturbable cada vez que le pedían que firmase cualquier cosa que implicara en la trama al gobierno británico o a cualquier otro gobierno aliado.

Aceptando que la estrategia de amenazar y asustar no estaba dando resultado, Peters cambió de táctica y, el 8 de septiembre —dos días después de que los médicos de Lenin confirmaran que su paciente sobreviviría a las heridas—, Lockhart fue trasladado al Kremlin.

Lejos de parecerse al cuchitril de la Lubianka, la nueva «celda» era un apartamento de tres habitaciones con baño privado y vistas al jardín del recinto.

Aunque el relevo de la guardia lo despertaba a todas horas, Lockhart tenía un sirviente que le llevaba los periódicos y le preparaba las comidas, y se le permitía una hora de ejercicio diario.

Aparte del hecho de estar preso, el único inconveniente de su nueva detención era que los guardias lo informaban a diario de cómo iban las apuestas entre el personal del Kremlin de que su estancia allí terminara con una bala en la cabeza y una tumba anónima. 7

No sería de extrañar que esto último también hubiera sido idea del propio Peters.

Era una forma de guerra psicológica que se ajustaba a la estrategia del chequista para hacer que su prisionero se derrumbara.

Había empezado por lo básico. Poco después de la segunda detención del agente británico, Peters recurrió a una artimaña clásica y pidió a Schmidkhen, también conocido como Sprogis, que entrara en la celda.

Lockhart se dio cuenta de que el letón era un soplón, de manera que mantuvo una conversación tan insulsa como la que había tenido con Hicks.

Peters vio frustrado su plan, pero andaba lejos de sentirse derrotado.

Tras eliminar a Schmidkhen de la partida, recurrió a su arma secreta: Moura.

La espía-aristócrata se había librado de la ejecución, pero había pagado caro su amor por el agente británico.

La noche de su detención, fue separada de Lockhart y Hicks y conducida a la prisión de Butirka, una fortaleza infernal del siglo  XIX entre cuyos muros habían perecido generaciones enteras de revolucionarios a causa del hambre y las enfermedades.

Allí, Moura languidecía en una atmósfera pestilente donde era alimentada a base de sopa aguada, pan negro y algún que otro pedazo de carne de caballo.

Esto la fue debilitando cada día más en lo que un detenido británico, igualmente famélico, comparó con el Agujero Negro de Calcuta.

Sin duda, esta privación contribuyó a aumentar el estrés que experimentó Moura cuando los guardias le dijeron que su amante había sido enviado al Kremlin, de donde todo el mundo sabía que los prisioneros nunca regresaban con vida.

Desnutrida y destrozada por la angustia, perdió el hijo que esperaba de Lockhart.

Pero tampoco tuvo tiempo de asimilar el trauma.

Dos días después, Peters apareció en su celda con un brillo en la mirada y una carta de Lockhart en la mano.

Añadiendo un tinte de surrealismo a la situación, entregó el valioso papel a Moura con una sonrisa jovial y sugirió que se le permitiría responder a su amante.

Moura prácticamente le arrebató la pluma y el papel de las manos a Peters y, apresuradamente, garabateó la primera de muchas misivas carcelarias a su « dear, dear, baby ». 8

Debido al trabajo de Moura para la Cheka en Ucrania y al seguimiento realizado sobre Lockhart desde la primavera, Peters conocía el alcance de la relación existente entre ambos y exprimió ese vínculo emocional todo lo que pudo.

Una vez establecida la correspondencia entre los prisioneros enamorados —Peters leía todas las cartas, por supuesto—, dejó salir a Moura de Butirka con la promesa de que podría enviar regalos a su amado e incluso visitarlo.

Bombardeó el Kremlin con paquetes de comida, ropa, enseres para afeitarse, libros y cartas en las que le declaraba su amor eterno.

A solas en su jaula dorada, Lockhart se consolaba con las muestras de afecto de Moura, que le ayudaban a distraerse del miedo a una ejecución sumaria.

El consuelo aumentó cuando por fin permitieron a Moura visitarlo el 22 de septiembre.

Fue un reencuentro agridulce. Aparte de que la reunión duró menos de veinte minutos y se desarrolló bajo la atenta mirada de Peters, Moura aprovechó la oportunidad para informar a Lockhart de su aborto espontáneo.

Después de un día entero asimilando que había perdido otra oportunidad de ser padre, Lockhart anotó en su diario de prisión: «Me encuentro muy mal y me pregunto cómo terminará todo esto».

Con todo, el desánimo se vio sofocado por las posteriores visitas de Moura, que, a ojos de Lockhart, presentaba un aspecto mucho mejor del que habría cabido esperar tras la penuria y el tormento sufridos en Butirka.

Su comportamiento durante una de estas reuniones supervisadas por Peters animó aún más a Lockhart.

Mientras el chequista entretenía a la pareja con una historia de su época de revolucionario, Moura deslizó disimuladamente un trozo de papel en uno de los libros que había traído a su amante, quien logró acusar recibo con un leve balanceo de cabeza que su captor no notó.

Una vez que Moura y Peters se marcharon, Lockhart se apresuró a coger el libro y leyó la nota: «No hables.

Todo irá bien». No tenía ni idea de por qué Moura estaba tan segura, pero Lockhart creía en ella y confiaba en su criterio.

La tensión decayó y un destello de confianza volvió a iluminar sus oscuros pensamientos.

Parecía que sus días no iban a terminar fulminando con la mirada el cañón de un arma chequista. 9

Menos seguro estaba Lockhart de que su futuro no incluyera un encarcelamiento prolongado.

Peters se regodeó diciéndole que se estaba preparando un juicio público en el que los detalles de la conspiración de Lockhart serían revelados al mundo entero.

Porque a esas alturas ya era su conspiración.

En los encuentros posteriores, en los que el chequista permitió que la pareja conversara en privado, Moura informó a Lockhart de que Reilly y Poole habían conseguido escapar de la redada de Dzerzhinsky y los demás conspiradores se habían refugiado en el consulado estadounidense, fuera del alcance de la Cheka.

Esto dejó claro a Lockhart que él iba a ser el protagonista en solitario del espectáculo judicial de Peters, donde sería exhibido como un trofeo de caza para condenar a los aliados y dar a los bolcheviques una victoria propagandística.

Así, en cuanto involuntario catalizador del proceso, Lockhart iba a impulsar la revolución que había intentado sofocar.

Desde el consulado estadounidense, Hicks envió un telegrama al gobierno británico advirtiendo de la situación.

Suplicó que desde Whitehall se aceleraran los planes para entregar a Litvínov y, en caso «necesario, liberar a cambio a muchos o, a ser posible, a todos los prisioneros capturados por los aliados en [el norte de] Rusia», con el fin de hacer más atractivo el trato y conseguir la liberación de Lockhart antes del juicio. 10

Mientras Hicks se esforzaba por salvar a su jefe de la humillación o la ejecución, Peters jugó su última carta.

Consciente de que se encontraba en una carrera contrarreloj para evitar que Lockhart fuera intercambiado por Litvínov, hizo una propuesta irresistible a su prisionero: como la ignominia y el escarnio eran lo único que encontraría Lockhart en el Reino Unido, y en Rusia tenía a Moura, si seguía el juego a los bolcheviques contaría con su respeto y protección.

«El capitalismo está condenado de todos modos», afirmó Peters mientras le ofrecía un cigarrillo a Lockhart.

¿Por qué apresurarse, pues, a volver a su bastión en ruinas cuando «puede ser feliz y hacer su propia vida» en Rusia?

No era una propuesta tan descabellada como parecía.

Rusia le había dado a Lockhart la vida de aventuras que ansiaba y una carrera breve pero estimulante cuyos retos lo habían vuelto escéptico hacia su gobierno y el trabajo que realizaba para él.

Por encima de todo, la tierra de la revolución y la discordia le había dado a Moura, la «heroína de mi vida rusa», el origen de unas pasiones que Jean nunca había podido despertar en él.