8. Una apuesta muy arriesgada #5
Lockhart y Reilly habían apostado por los Fusileros Letones y fracasaron estrepitosamente.
¿Cómo y por qué cometieron este grave error de cálculo?
El descaro del complot estaba en sintonía con el estilo de Reilly, pero incluso según los estándares despreocupados de Lockhart abundaron momentos de descuido en su concepción.
Aparte de fiarse de la mala caligrafía de Cromie como garantía de que no estaba tratando con agentes provocadores, Lockhart no hizo prácticamente nada para investigar a Berzin.
Si hubiese escarbado un poco en su pasado, habría descubierto que el coronel letón había dirigido una de las masacres perpetradas contra los anarquistas de Moscú y que era un firme defensor del régimen bolchevique.
Para alguien que se había ganado un prestigio en Rusia a base de buenos contactos y buena información, esta omisión de las labores de investigación más básicas parece grotesca, a no ser que tengamos en cuenta que, en agosto de 1918, Lockhart estaba sucumbiendo a una presión autoimpuesta.
Al comprometerse en varias ocasiones con la continuidad de su misión, el agente británico tenía ahora que presentar resultados a Whitehall y a sí mismo.
Sus golpes de puño sobre la mesa exigiendo una intervención masiva, su disposición a derrochar millones de rublos entregándolos a subversivos de fiabilidad incierta y su dramática afirmación ante el Foreign Office de que «todo nuestro destino en Rusia pende ahora de un hilo» muestran a un hombre consciente de lo mucho que se jugaba.
En agosto de 1918, el pensamiento razonado y el rigor no tenían cabida en la desesperada búsqueda de Lockhart de la victoria a cualquier precio.
La arrogancia también influyó en el error de cálculo de Lockhart con los letones.
Tantos años en Rusia habían alimentado en él un sentimiento de menosprecio por los servicios de inteligencia, ya fueran el MI6 de Boyce o la Cheka de Dzerzhinsky.
A pesar de sus sospechas iniciales sobre Schmidkhen y Bredis, a Lockhart le costaba creer que la Cheka, «aterradora, pero nada inteligente», pudiera ingeniárselas para conseguir una infiltración tan hábil en su equipo.
Como siempre, las contradicciones corroían a Lockhart.
El convencimiento de ser el hombre más perspicaz de la sala, combinado con su miedo al fracaso de la misión, lo privó del sentido común.
Esta mentalidad se veía alimentada por el pensamiento de grupo contrarrevolucionario creado por Reilly, Grenard y Poole, que hacía que Lockhart se sintiera injustificadamente seguro en el plan de los Fusileros, incluso cuando este cobraba un impulso peligroso que no podía esperar controlar.
Rehén de un drama creado por él mismo, el agente británico estaba irremediablemente comprometido con el desastroso complot que acabaría llevando su nombre y persiguiendo su legado. 16
Reilly, por su parte, escapó de las consecuencias de esta maniobra imprudente.
Con documentos de identidad falsos proporcionados por Hill, huyó de Petrogrado y llegó a Londres el 8 de noviembre, donde sobrevivió a la posterior acusación de un resentido Poole, que afirmó que había sido él, y no Marchand ni los letones, quien había traicionado a los conspiradores.
Pero no solo era claramente antibolchevique, sino que su promesa de volver al avispero que él había agitado y seguir luchando contra Lenin desvió las críticas de Poole y convenció al MI6 y a Winston Churchill, uno de sus admiradores más influyentes, de que el «As de Espías» era de fiar.
La evasión y la rehabilitación resultaron ser escurridizas para el «capitán» de Reilly.
Compartiendo el desprecio de su jefe por Lockhart, el comandante chequista Malkov se alegró de tener el honor de arrestar al altanero agente británico.
Cuando, a las 2 horas de la madrugada del 31 de agosto, Malkov llegó al número 19 del callejón del Pan, mandó a un equipo de chequistas escaleras arriba hasta el apartamento 20, cuya puerta fue abierta a regañadientes por Moura y Hicks.
Mientras sus hombres detenían a la pareja y la registraban, Malkov se acercó a Lockhart, apuntándole con su pistola y declarando que ahora estaba a merced de la Cheka.
Lockhart comprendió lo que estas palabras querían decir cuando, veinte minutos más tarde, era introducido en una austera sala de interrogatorios de la Lubianka en la que Yákov Peters, su guía en la masacre de los anarquistas, estaba estoicamente sentado detrás de un escritorio.
Con el rostro impasible, Peters esperó a que los guardias sentaran a Lockhart en una silla frente a él y colocaran ostentosamente un revólver sobre el tablero entre ambos.
A continuación, clavó sus ojos oscuros en el prisionero y le preguntó con tono severo: «¿Conoces a Konstantin [Reilly]?
». La poca confianza que le quedaba a Lockhart se había desvanecido.
El mensaje de que la Cheka sabía en qué había estado metido había quedado claramente transmitido, y la amenaza nada sutil de esta revelación, comprendida.
La arriesgada apuesta que había acabado con la misión de Lockhart parecía que iba a costarle ahora la vida. 17