Un espía en Moscú 8. Una apuesta muy arriesgada #4
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8. Una apuesta muy arriesgada #4

Dzerzhinsky se dio cuenta de que una pizca de cháchara insurreccional por parte de Sprogis y Buikis bastaría para que el agente británico mordiera el anzuelo.

La inclusión de un tercer activo de la Cheka, Berzin, fue el golpe definitivo.

El supuestamente «fiable» comandante de los Fusileros convenció a Lockhart de que se podía ganar a las masas de tropas letonas para la causa aliada.

La envergadura del plan obligó a Lockhart a recurrir a los franceses y estadounidenses, ampliando así la red de la Cheka en su desarrollo.

En cuanto al objetivo del plan de Dzerzhinsky, se ha sugerido que pretendía utilizar la rendición de los Fusileros para hacer que las tropas del general Poole cayeran en una emboscada del Ejército Rojo en el norte de Rusia.

Es muy posible que la evolución del complot de Reilly hacia un golpe de Estado que culminaría con los asesinatos de Lenin y Trotski obligara a Dzerzhinsky a desviar su atención de la fuerza de invasión aliada —que a finales de agosto los bolcheviques ya sabían que era pequeña y poco amenazadora— y centrarse en los enemigos más cercanos de Petrogrado y Moscú.

En cualquier caso, a los pocos días del primer encuentro de Sprogis y Buikis con Lockhart, la Cheka tenía a su hombre y a la red secreta de este justo donde quería. 14

Dos actos de terrorismo obligaron a Dzerzhinsky a recoger sedal y frenar el constante crecimiento de su captura.

En la mañana del 30 de agosto, el jefe de la Cheka de Petrogrado, Moiséi Uritski, fue asesinado a tiros por un antiguo partidario de Kérenski vinculado al bando blanco.

Más tarde ese mismo día, una socialista revolucionaria llamada Dora Kaplán disparó tres veces contra Lenin a las puertas de una fábrica de Moscú, dejando al líder bolchevique entre la vida y la muerte.

En el espacio de veinticuatro horas, asesinos afiliados a grupos que la Cheka sabía que estaban financiados por Lockhart y sus asociados habían intentado matar a dos de las figuras clave del régimen bolchevique.

Además, estos ataques se produjeron pocos días después de que Marchand llamara a las puertas de la Lubianka con la preocupante historia de lo que estaba sucediendo en el consulado estadounidense.

Un jefe de espías de la talla de Dzerzhinsky no creía en las coincidencias.

Convencido de que los atentados contra Uritski y Lenin anunciaban la activación del complot antibolchevique del que Marchand había hablado, en la noche del 30 de agosto Dzerzhinsky ordenó a sus hombres que fueran a por Lockhart y sus amigos.

La rapidez con que las fichas de dominó fueron cayendo revela la falta de medidas de seguridad básicas por parte de los conspiradores.

Cuando Verthamon escapó de los chequistas saltando por la ventana de su alojamiento en Petrogrado, dejó atrás más de ocho kilos de nitrocelulosa, detonadores, una hoja de claves, treinta mil rublos y los nombres y direcciones de otros miembros de la red.

La importancia de semejante alijo bastó para justificar la ejecución sumaria de los hombres de Verthamon cuando fueron debidamente apresados.

Acto seguido fueron detenidos los mensajeros de Hill, cuya misión de advertir a Reilly de la redada se vio truncada por el largo brazo de los chequistas, quienes llevaban semanas vigilándolos.

La red de pasadores de notas de Reilly también fue desarticulada mediante una serie de redadas que fueron posibles gracias a que el imprudente «As de Espías» dejó en su apartamento de Petrogrado una tarjeta con la dirección de un piso franco, la cual Berzin anotó durante una de sus reuniones.

Kalamatiano imitó la ineptitud de Reilly.

Con la Cheka pisándole los talones, se negó a acompañar a Poole en el siguiente tren a Finlandia y volvió al consulado estadounidense.

Con una sólida estructura, un alto muro exterior y una despensa llena de provisiones para varias semanas, el lugar donde los conspiradores maquinaban se convirtió en su refugio contra la ira de Dzerzhinsky, sobre todo después de que los neutrales noruegos aceptaran añadir otra capa de protección diplomática al edificio izando su bandera sobre él.

Los bolcheviques no estaban dispuestos a asaltar este santuario, pero no tuvieron ningún problema en rodearlo con chequistas armados con rifles y vehículos blindados.

Grenard y Lavergne lograron atravesar sus puertas antes de que el cerco de hierro se cerrara, pero Kalamatiano no tuvo tanta suerte.

Su tapadera ante los asediadores —la de que era un ciudadano estadounidense que quería renovar su pasaporte— no coló.

Peor todavía: los chequistas inspeccionaron su bastón, en cuyo interior encontraron enrolladas unas notas sobre efectivos y posiciones del Ejército Rojo.

Eso bastó para sellar su destino. El espía fue interrogado, encarcelado durante meses en unas condiciones espantosas y finalmente ejecutado por un pelotón de fusilamiento en diciembre de 1918.

Kalamatiano no fue el único miembro destacado de la red conspirativa que murió como consecuencia de su desarticulación.

En la tarde del 31 de agosto, Cromie fue asesinado a tiros en la embajada británica, la cual, a diferencia del consulado estadounidense, no era considerada inviolable por los bolcheviques.

Creyendo que el personal de la embajada daba refugio a contrarrevolucionarios, Dzerzhinsky ordenó una incursión armada haciendo caso omiso del protocolo diplomático y del derecho internacional.

Esto sentó las bases del «terror rojo» bolchevique, una brutal represión ejercida contra enemigos reales e imaginarios que provocó la muerte de cientos de personas en Moscú y Petrogrado durante los días posteriores. 15