8. Una apuesta muy arriesgada #3
Tanto si el destino de Lenin y Trotski fuera ser abatidos a tiros como hacerlos desfilar medio desnudos, Lockhart afirmó en sus memorias haber «rechazado categóricamente» la idea de Reilly de utilizar a los Fusileros como soldados de infantería para un golpe de Estado.
Sin embargo, su informe para Balfour contenía una versión diferente de su respuesta al audaz plan de ST1.
Reconociendo que «no era un experto militar», Lockhart le dijo a Reilly que «no le veía el sentido a un movimiento en Moscú, ya que nosotros [la fuerza de invasión del general Poole] estábamos demasiado lejos y no había nadie que pudiera sustituir a los bolcheviques, salvo los alemanes».
Esto sugiere que la idea de utilizar a los Fusileros Letones para derrocar al régimen no era tan problemática para Lockhart como la logística de cómo meterlos en la partida.
Dada la frustración que sintió Lockhart tras la pésima planificación del levantamiento de Sávinkov en julio, su preocupación por hacer las cosas bien esta vez tiene sentido.
Además, transmitió estas preocupaciones a Poole y Grenard, a quienes expuso la propuesta de Reilly.
La versión que dio Lockhart sobre la reacción de los cónsules, tanto en su informe a Balfour como en sus memorias, presenta a Reilly como un excéntrico que no estaba en sintonía con los funcionarios aliados más sensatos.
Poole y Grenard «objetaron y señalaron que no había nada que ganar» con el peligroso plan de ST1.
Era mejor —pensaban estos— seguir con la idea menos sangrienta de hacer que los Fusileros se centraran en su propia rendición.
Era, según Lockhart, hasta donde él y sus homólogos estadounidense y francés estaban dispuestos a llegar. 11
Admitiendo ante Balfour que conocía lo suficiente el plan de Reilly para rechazarlo, Lockhart estaba llevando a la práctica un clásico método de ofuscación: ocultar una mentira perjudicial dentro de una verdad relativamente inocua.
La mentira en cuestión se refería a lo ocurrido el 25 de agosto, cuando varias partes de la conspiración aliado-fusilera se reunieron en el consulado estadounidense en Moscú.
La decisión de reunirse bajo la protección de las barras y las estrellas es reveladora.
Como los bolcheviques sentían menos animadversión hacia los estadounidenses que hacia los británicos y los franceses, el consulado no había sido saqueado tras el desembarco aliado.
Era el mejor lugar que se podía encontrar en Moscú, en medio del torbellino de espías de la Cheka, para tratar asuntos clandestinos.
La lista de invitados revela la necesidad de este secretismo.
Poole había traído a su mejor espía, Xenophon Kalamatiano.
También estaba presente Grenard, que odiaba a Lenin, acompañado por su asesor militar, el general Lavergne, y su experto en explosivos, Henri de Verthamon.
Hill, igualmente feliz con la idea de un sabotaje, también estaba allí, junto con su socio e impulsor de las operaciones, Reilly.
Según algunas versiones de la reunión, también estuvo presente uno de los letones, posiblemente Schmidkhen.
En definitiva, se trataba de una reunión internacional secreta de diplomáticos, espías y saboteadores que no habría sido necesaria si el único punto del orden del día hubiera sido sobornar a fusileros para que depusieran las armas.
Lockhart negó haber estado presente en esta reunión.
Sin embargo, como ocurre con muchos aspectos de la versión de los hechos del agente británico, hay motivos para dudar de su palabra.
Fuentes de la Cheka aseguran que acompañó a Reilly al consulado.
Poole aludió más tarde al hecho de que Lockhart conocía lo que se había discutido allí y, en su informe a Balfour, Lockhart utilizó el término «nosotros» para referirse a los diplomáticos aliados presentes en la reunión.
También envió un revelador telegrama después del 25 de agosto en el que mencionaba haber tratado con Grenard y Lavergne un asunto no identificado que le impedía «cerrar los ojos ante la grave magnitud de la tarea que tenemos ante nosotros».
Lockhart afirmó «prever los peligros políticos que pueden derivarse de una expedición militar dirigida por militares que, por la aparente facilidad de su éxito militar inicial, pueden verse llevados a minimizar la extrema complejidad del problema político al que nos enfrentamos».
Algo violento estaba a punto de suceder en Rusia.
Lockhart lo sabía y temía el reto que suponía narrar los acontecimientos al público ruso de una manera que hiciera quedar bien a los aliados.
La intensidad de la preocupación de Lockhart a este respecto se desprende de su agorera advertencia de que «para cuando reciban este telegrama, la situación entera puede haber cambiado».
Ya fuera porque estuvo presente en la reunión o porque Reilly le habló de ello después, lo que se discutió en el consulado estadounidense el 25 de agosto convenció a Lockhart de que el punto álgido de su misión estaba cerca y todos los implicados correrían un gran peligro. 12
Todos, excepto uno. En el consulado estadounidense había alguien que no encajaba del todo entre la camarilla de enemigos de los bolcheviques y conspiradores habituales.
René Marchand era un periodista francés que Grenard creía vinculado al servicio de inteligencia de su país.
El cónsul general galo no podía estar más equivocado.
Al igual que Robins, Sadoul y Ransome, Marchand era un «compañero de viaje» en el camino a la revolución y quedó horrorizado al oír hablar en la reunión de «actividades secretas de carácter sumamente peligroso».
Entre ellas se encontraban los planes de Reilly de volar un puente sobre el río Vóljov con el objetivo de cortar las rutas de suministro de Petrogrado y empujar a la población, ya hambrienta, a un levantamiento general.
Marchand también oyó a Verthamon decir que tenía explosivos y detonadores escondidos en su alojamiento para utilizarlos en la operación de voladura del puente, a la que seguiría un golpe de Estado perpetrado por los Fusileros y el acto contrarrevolucionario más cruel imaginable.
En contraste con la deliciosamente absurda versión de Hill sobre los planes de Reilly, Marchand informó de la intención de este último de «saltar al escenario» del Congreso Bolchevique, «capturar a Lenin, Trotski y los demás líderes» y hacer que los Fusileros los ejecutaran.
Basándose en la despreocupada reacción de Poole y Grenard ante esta charla sobre explosiones, golpes de Estado y ajusticiamientos, Marchand concluyó que los planes habían sido aprobados por los diplomáticos aliados y los gobiernos a los que representaban.
Tras finalizar la reunión, el periodista francés, indignado, se dirigió al cuartel general de la Cheka —la Lubianka— y trasladó a Dzerzhinsky lo que había oído.
Una semana más tarde, Poole huyó a Finlandia, mientras que Grenard y Lavergne se atrincheraron en el consulado estadounidense.
Perseguido por los chequistas, Verthamon se coló en la embajada sueca en busca de refugio y Reilly y Hill pasaron de piso franco en piso franco, tratando de ir siempre un paso por delante de sus perseguidores.
Lockhart, Boyce y Hicks ingresaron en prisión y Cromie yacía muerto en el suelo de la embajada británica.
Al parecer, una simple visita de Marchand a la Lubianka había bastado para desatar la tormenta de cuya inminencia Lockhart había advertido a sus superiores en Whitehall.
Reilly así lo pensaba. Reflexionando años más tarde sobre el desenlace del complot, el espía afirmó haber tenido una «sensación incómoda» con respecto a Marchand.
En la reunión del consulado estadounidense intentó que el sospechoso periodista no oyera su violenta charla con Verthamon, pero como «la sala en la que nos encontrábamos era alargada y estaba mal iluminada», Marchand pudo escuchar a escondidas la conversación sobre destruir puentes y matar de hambre a la población rusa.
Al asegurar haber desenmascarado a Marchand, Reilly intenta ocultar su propio error de principiante.
Culpando al invitado de Grenard, el «As de Espías» elude la verdadera razón por la que el plan para destruir el bolchevismo fracasó de forma tan estrepitosa: él, Lockhart, Cromie y todos los que se dejaron seducir por Schmidkhen, Bredis y Berzin habían sido engañados. 13
Los hombres con los que Cromie había entablado amistad después de varios vasos de vodka no eran disidentes letones.
Schmidkhen y Bredis se apellidaban en realidad Sprogis y Buikis, y —tal y como Lockhart había sospechado al principio— eran agentes provocadores a sueldo de la Cheka.
Enviados a Petrogrado en junio para destapar conspiraciones antibolcheviques, los letones pronto se cruzaron con Cromie y con el «Sr. Massino», el presunto hombre de negocios turco que Dzerzhinsky sospechaba acertadamente que era también el misterioso «Sr. Constantine» de Moscú.
Aunque desconocía la naturaleza exacta de la misión de Reilly bajo estos alias, Dzerzhinsky sabía de la existencia de sus redes de mensajeros, sus conexiones con Sávinkov y su afiliación con Lockhart, en quien el adusto jefe de espías nunca había confiado.
Como recordaba uno de los adjuntos del director de la Cheka, Pável Malkov, el escocés de lengua afilada e impecable acento ruso era demasiado hábil, y su propósito en Moscú, demasiado ambiguo para no despertar las sospechas de Dzerzhinsky.
Su «talante despreocupado» en medio del drama de la revolución y su don de la palabra podrían haber cautivado a otros, pero los líderes de la Cheka sabían que bajo la fachada afable del agente británico se escondía un «armador de intrigas» que era «hábil en el arte del engaño» y «en incitar a otras personas».