8. Una apuesta muy arriesgada #2
El relato de Lockhart se vuelve confuso con respecto a la cuestión de si estos fondos de guerra estaban destinados a financiar un ataque directo contra los bolcheviques.
Tras supervisar la salida de Schmidkhen y Bredis de Petrogrado con la carta de Cromie, Reilly los siguió hasta Moscú, donde asistió a las reuniones con Berzin bajo la identidad de «Sr. Constantine» y salió encantado con lo que escuchó.
Tal fue el entusiasmo demostrado por Reilly, que Lockhart aseguró haber entregado al hombre del MI6, tras la reunión del 15 de agosto, la dirección de todas las negociaciones futuras con los letones.
Parece una decisión extraña. A diferencia de casi todos los que se cruzaron alguna vez con el «As de Espías», Lockhart pareció considerar a Reilly «un hombre extremadamente capaz y, en mi opinión, el más inteligente de nuestros agentes en Rusia» (hasta el punto de poder confiar en él para desviar millones de rublos hacia el coronel Berzin), «vigilar sus movimientos [los de los Fusileros] y ayudar a estimular su reticencia a oponerse a nuestras tropas».
Más allá de esta dudosa descripción de Reilly como alguien fiable y profesional, la decisión de Lockhart de apartarse del incipiente complot con Berzin también resulta peculiar.
Llevaba meses pasando dinero y discutiendo planes subversivos con generales blancos y socialrevolucionarios.
Entonces, ¿por qué necesitaba ahora que Reilly hiciera el trabajo que él mismo había estado haciendo desde abril?
La respuesta que Lockhart legó a la posteridad parece plausible.
Tras las redadas de la Cheka a principios de agosto, los bolcheviques estaban dispuestos a expulsarlo del país, y como el agente británico estaba haciendo las maletas en previsión de su partida cuando Schmidkhen y Bredis entraron en su vida, tampoco tenía mucho sentido que se involucrara en otro gran complot.
Siguiendo esta lógica, después de entregar el hueso letón a Reilly el 15 de agosto, Lockhart dejó de trabajar y pasó sus últimos días previstos en Rusia haciendo maletas, jugando al fútbol con Hicks y Tamplin y visitando a su cantante cíngara favorita, María Nikoláyevna Lébedev, en su casa de las afueras de Moscú.
«Cantó para nosotros algunas de nuestras canciones favoritas con una voz suave, de la que apenas se oía más que un susurro», recordó Lockhart, y, «besándome en ambas mejillas, nos rogó que nos quedáramos con ella».
Fue una súplica vana, pues el agente británico había decidido poner fin a su gran aventura. 5
Esta versión de los hechos está salpicada de falsedades.
Aunque en agosto estaban en marcha los preparativos para la salida de Rusia de los diplomáticos aliados que quedaban, hay pocos motivos para creer que Lockhart tuviera la intención de unirse a ellos.
Por un lado, en el emotivo relato de su despedida definitiva de Nikoláyevna, el «nosotros» del que habla eran él y Moura.
La presencia de su amada y del bebé que esta llevaba en su vientre son motivo suficiente para tomar con cautela la afirmación de Lockhart de que pasó el mes de agosto preparándose para abandonar Rusia, a la mujer que amaba y a su hijo por nacer.
La idea de que Lockhart se lavara las manos con el tema de los Fusileros también es cuestionable.
Es cierto que, tras conocer a Schmidkhen y Bredis, Lockhart recibió información secreta de Hill según la cual «se le pediría que abandonara» Rusia e «incluso podría ser arrestado antes de marcharse».
Pero no era este un peligro que el agente británico no hubiera corrido otras veces.
Durante meses había recibido las atenciones no deseadas de la Cheka, había sentido el ninguneo de Lenin y Trotski y había aceptado que sus días en esa Rusia estaban contados.
Y, con todo, Lockhart no dejó de pasar sumas de dinero cada vez mayores a Sávinkov y a los blancos, ni echó a Schmidkhen y Bredis de su casa cuando se presentaron con la carta de Cromie en la mano.
Por lo tanto, sus exageradas alabanzas de Reilly como genio capaz de dirigir la conspiración letona eran probablemente una cortina de humo para ocultar la realidad: que Lockhart estuvo tan involucrado en esta trama contrarrevolucionaria como lo había estado en las que la precedieron. 6
El informe secreto que Lockhart elaboró posteriormente para el secretario de Estado de Asuntos Exteriores, lord Balfour, y en el que detallaba su trabajo en Rusia, respalda esta afirmación.
Las secciones tachadas en el borrador revelan que, lejos de no hacer «ningún trabajo» después del 15 de agosto, Lockhart mantuvo «una o dos reuniones» con los líderes blancos y con el propio Reilly, quien le aseguró que las conversaciones con Berzin se estaban manteniendo «sin contratiempos».
Lockhart también omitió en la versión final mecanografiada del informe su conocimiento de los planes de Cromie para reclutar a otro grupo de letones descontentos con el fin de sabotear las infraestructuras de transporte en Petrogrado.
A pesar de afirmar posteriormente que la destrucción de los códigos tras la redada en su suite del hotel le impedía enviar mensajes secretos, Lockhart telegrafió los detalles de las maquinaciones de agosto al general Poole en Arcángel a través de los consulados en Escandinavia y Suiza.
Uno de esos telegramas hablaba de cómo veinte mil fusileros letones estaban «deseosos de unirse a la causa de los aliados».
Del mismo modo, en algún momento posterior al 15 de agosto, Lockhart le dijo a una secretaria del consulado estadounidense que tenía una «oportunidad de comprar a soldados letones». 7
Tanto en su correspondencia de la época con Whitehall como, en menor medida, en sus memorias, Lockhart se mostró comunicativo al hablar de sus tratos con Sávinkov y los blancos a lo largo de 1918.
Entonces, ¿por qué —tanto en el dominio público como en los archivos— ocultó lo que estaba haciendo en las últimas semanas de agosto de 1918?
La respuesta es sencilla. Con el fin de proteger su carrera y su legado, y —cabe sospechar— para privar a sus detractores de la satisfacción de que se les diera la razón, Lockhart trató de minimizar su papel en uno de los fiascos más clamorosos de la historia encubierta británica: el fallido intento de destruir el bolchevismo mediante un golpe contrarrevolucionario.
Aunque se acabó conociendo como el «complot Lockhart», este sinsentido fue el resultado de un trabajo en grupo.
Sus principales coautores fueron el volátil «As de Espías» y el arrogante pero desesperado agente británico, que sentó las bases de la trama proporcionando dinero y salvoconductos y estableciendo los parámetros de la alianza entre los aliados y los Fusileros.
Acordes con el carácter y la misión de Lockhart, estos parámetros fueron volubles, lo que permitió que las conversaciones iniciales sobre la rendición masiva a los aliados se transformaran en discusiones sobre levantamientos en Letonia y un golpe de Estado en toda regla contra los bolcheviques en el que se derramaría sangre y se volarían edificios. 8
La evolución de la conspiración por este peligroso derrotero era, en cierto modo, inevitable.
La rendición de los Fusileros ante el general Poole estaba destinada a facilitar el avance de los aliados en Rusia, pero tanto Lockhart como Reilly tenían que haber sabido que esta traición colosal por parte de lo mejorcito del Ejército Rojo desestabilizaría al régimen bolchevique.
Como dijo Hill en su informe oficial al Ministerio de Guerra, «el giro propuesto de las tropas letonas hacia nuestra causa ...
no podría lograrse sin afectar muy gravemente los centros de Moscú y Petrogrado».
Dado que este resultado coincidía con la fantasía contrarrevolucionaria que Reilly había concebido tras reunirse con Schmidkhen y Bredis, tenía sentido sugerir que los fusileros a sueldo de Berzin podrían liderar «un movimiento en Moscú» para destruir el régimen bolchevique.
Según Hill, que fue introducido en la trama por su exaltado compañero del MI6, Reilly pretendía que Lenin y Trotski fueran arrestados a punta de pistola por su antigua guardia pretoriana en el inminente Congreso del Comité Ejecutivo Bolchevique.
Los planes posteriores de Reilly han sido objeto de especulación.
Según Hill, «aunque Reilly odiaba el bolchevismo, sabía que sería un error convertir en mártires a los hombres que formaron el primer Gobierno comunista».
Por lo tanto, solo pretendía pasear a los responsables revolucionarios «por Moscú sin su vestimenta inferior», humillándolos de tal manera que sus seguidores abandonarían la causa bolchevique. 9
La aseveración de Hill de que en ese escenario «no se iba a asesinar a nadie» fue quizá una muestra de protesta excesiva.
Los relatos letones y chequistas sobre el complot —y, de hecho, cualquier evaluación sensata de lo que cabía esperar que sucediera en un golpe de Estado— sugieren que Reilly tenía la intención de ejecutar a Lenin y Trotski.
Hay pruebas circunstanciales de ello. A mediados de agosto, Boyce —el jefe del MI6 en Rusia— preguntó a uno de sus informantes locales si estaban dispuestos a «eliminar a uno de los dos miembros destacados del gobierno soviético».
Reilly también habló con Hill sobre la imposición de una dictadura militar tras el derrocamiento de los bolcheviques y, aunque supuestamente la idea fue rechazada, sí discutió con Berzin la cuestión del asesinato de Lenin.
Dado su odio visceral hacia el bolchevismo y sus obsesivos planes para desmantelar el régimen de Lenin y Trotski, parece poco probable que el «As de Espías» se hubiera conformado con «matarlos con ridiculización» en vez de con balas. 10