8. Una apuesta muy arriesgada
Una apuesta muy arriesgada
Quien controlara a los letones, controlaba la capital.
S IDNEY R EILLY
Lockhart y su equipo eran conscientes del sentir antibolchevique entre los Fusileros.
Hill colaboró con los letones en el marco de sus operaciones de guerrilla antialemana en Ucrania, lo que lo llevó a creer que el descontento con Lenin y Trotski era palpable en varios batallones.
Hill estaba tan convencido de las credenciales antibolcheviques de los Fusileros Letones que, tras el fracaso de Sávinkov, llegó a la conclusión de que eran la fuerza contrarrevolucionaria más prometedora que quedaba en Rusia.
Su exhaustiva instrucción y su capacidad para librar batallas insurreccionales también fueron valoradas positivamente por Lockhart, quien, tras recibir «informes de otras fuentes sobre el malestar reinante entre los letones», informó al gabinete de Guerra que se necesitaban «unos cinco millones de rublos» para «organizar un levantamiento contra los alemanes» en Letonia.
Aunque en este caso los fusileros disidentes no tenían como objetivo a los bolcheviques, su predisposición a ir en contra del Tratado de Brest-Litovsk y amenazar la paz germanorrusa en nombre de la liberación de Letonia era algo de lo que el agente británico había tomado buena nota.
Francis Cromie también estaba interesado en los letones, concretamente en sus marineros de la Flota del Báltico, a quienes quería reclutar para su plan de hundir los buques de guerra rusos.
Para trabar amistad con estos saboteadores, el capitán Cromie frecuentaba un club letón en Petrogrado donde, una noche alcohólica de junio, conoció a dos fusileros que se presentaron como Jan Schmidkhen y Jan Bredis.
El agregado militar entabló al instante una buena relación con la pareja, que le llenó los oídos de quejas sobre cómo los bolcheviques habían traicionado a Letonia para preservar una revolución que solamente había dado a los Fusileros manos ensangrentadas al servicio de amos crueles.
Por el entusiasmo que demostraba Lockhart por los contrarrevolucionarios, Cromie vio potencial en Schmidkhen y Bredis, que afirmaban tener conexiones con oficiales igualmente descontentos dentro de las filas de los Fusileros.
La cuestión era: ¿podría este dúo desafecto incitar a suficientes compañeros a actuar movidos por su recelo hacia los bolcheviques y dar a Lockhart el levantamiento que necesitaba?
Reilly así lo creía. Tras ser convocado por Cromie a una reunión con Schmidkhen y Bredis, el espía determinó que el odio de ambos hacia el bolchevismo era sincero y que, como el resto de los letones supuestamente esclavizados por la revolución, no eran más que «mercenarios extranjeros» que «trabajaban por dinero».
Proyectando lo peor de su cinismo en esta valoración, Reilly decidió que los Fusileros «estaban a disposición del mejor postor»: eran el tipo de gente con la que el «As de Espías» sin principios podía hacer negocios.
Si él y Cromie «podían comprar a los letones» —argumentó Reilly— entonces su «tarea sería fácil».
La tarea a la que se refería era el lanzamiento de un golpe antibolchevique.
Al igual que Lockhart, Reilly no se dejaba desanimar por los fracasos de Sávinkov, los tibios desembarcos aliados y la represión de la Cheka.
Su «convicción de que estaba destinado a sacar algún día a Rusia del fango y el caos del comunismo» era demasiado grande para que sus sueños contrarrevolucionarios cesaran.
Schmidkhen y Bredis eran la mejor oportunidad que había para lograr tan grandioso plan.
Así pues, Reilly pidió a Cromie que les escribiera una carta de presentación para que se la entregaran a Lockhart en Moscú, donde esperaba que pudiera comenzar la siguiente fase del plan de traición a los bolcheviques por parte de los Fusileros Letones. 2
Al abrir el sobre y leer la carta de Cromie, Lockhart hizo una pausa para examinar con mirada crítica a los dos hombres que se habían presentado sin previo aviso en su despacho.
Se acababa de producir el desembarco aliado en Arcángel y Moscú estaba sumida en la paranoia.
A pesar de las garantías del comandante general Frederick Poole, líder de la fuerza de invasión, de que su único objetivo era restaurar el frente oriental, los bolcheviques estaban convencidos de que los aliados habían venido a aplastar su revolución.
La desinformación y las habladurías alimentaban este temor.
El Kremlin aún no había confirmado el insignificante tamaño de la fuerza de intervención, pero circulaban rumores de que una horda de tropas aliadas estaba causando estragos desde Arcángel hasta Moscú, ayudada por socialrevolucionarios que volaban las vías férreas y se apoderaban de las estaciones de telégrafos.
Algunos bolcheviques estuvieron tan convencidos de su caída que ordenaron quemar sus documentos en los jardines del Kremlin.
Un funcionario le dijo a Lockhart que se estaban tomando medidas para dinamitar Petrogrado ante el avance de los aliados.
Cromie, que discrepaba de esta intención de arrasar la antigua capital, fue informado de que Lenin llegaría pronto a Petrogrado, donde una lancha motora lo evacuaría por el Neva y cruzaría el Báltico para encontrar refugio en Suecia.
Era una historia falsa, pero Lenin estaba tan desesperado en las primeras semanas de agosto que pidió a su comisario de Asuntos Exteriores, Gueorgui Chicherin, que solicitara la intervención alemana para hacer retroceder a los aliados.
La negativa de Berlín a responder a esta petición no hizo sino aumentar la ansiedad en Moscú. 3
En este clima de animadversión hacia todo lo relacionado con los aliados, Lockhart no bajó la guardia ante Schmidkhen y Bredis, que permanecían en silencio e indescifrables ante su escritorio mientras él examinaba meticulosamente la carta de Cromie en busca de indicios de falsificación.
Lockhart sabía que la Cheka le seguía la pista y había interpretado acertadamente su visita forzosa a la Casa de la Anarquía como una amenaza de Peters.
Semanas más tarde, ciertas irregularidades en el intercambio de correspondencia con Whitehall llevaron a Lockhart a concluir que sus comunicaciones habían sido interceptadas, aunque no era capaz de determinar hasta qué punto.
Dado el volumen de sus actividades subversivas, el acceso a solo una parte de los telegramas que salían del despacho del Hotel Elite habría bastado para levantar las sospechas de la Cheka.
En un primer momento, Lockhart supuso que los letones eran agentes provocadores enviados por Dzerzhinsky para tenderle una trampa, pero se sintió aliviado al ver que la carta de Cromie contenía faltas de ortografía básicas, una peculiaridad de su caligrafía que solo conocían los más allegados.
Esto disipó las dudas del agente británico sobre la autenticidad de la misiva y le confirmó que el agregado tuvo que haber investigado a Schmidkhen y Bredis antes de confiarles su mensaje.
Lockhart se tranquilizó aún más al escuchar la conversación de ambos sobre el futuro de Letonia, por el que se mostraron más interesados que por cualquier plan descabellado para asesinar a Lenin, como había sugerido Sávinkov, o para marchar sobre Moscú, como soñaban los blancos.
Lo que proponían Schmidkhen y Bredis era una rendición masiva de los Fusileros Letones ante las fuerzas del general Poole, lo que facilitaría el avance aliado en Rusia, restablecería el frente oriental y sentaría las bases para una ofensiva capaz de expulsar a los alemanes de su patria.
Si el dúo letón estuviera trabajando para Dzerzhinsky, sin duda habrían propuesto a Lockhart algo más siniestro que simplemente negarse a luchar contra los aliados en favor de los bolcheviques.
Intrigado por lo que le habían expuesto, Lockhart pidió mantener más reuniones con Schmidkhen, Bredis y con alguien lo suficientemente elevado en la cadena de mando de los Fusileros para hacer realidad la rendición prevista.
En respuesta, Schmidkhen llevó a otro conspirador al despacho de Lockhart de la calle Gran Lubianka, que sirvió de lugar de reunión los días 14 y 15 de agosto tras la redada en el Hotel Elite.
Este tercer hombre era el coronel Eduard Berzin, que comandaba la unidad de los Fusileros encargada de proteger al propio Lenin.
El agente británico quedó tan impresionado por el pragmatismo militar del coronel como por su pasión al hablar de la necesidad de Letonia de liberarse del yugo extranjero y de su hastío por el sangriento papel que los Fusileros Letones habían desempeñado en la perpetuación de la miseria de la revolución.
Cansado también del experimento bolchevique, Lockhart se solidarizó con Berzin y accedió a proporcionarle fondos para sobornar a los fusileros que todavía fueran leales a los bolcheviques.
También entregó a Schmidkhen y Bredis unos salvoconductos que les permitirían cruzar las líneas aliadas y negociar la rendición con el general Poole.
La sugerencia adicional del coronel de que los Fusileros «organizaran una revuelta en Letonia similar a la de Ucrania» también atrajo a Lockhart, quien la consideró una «propuesta interesante y plausible» para acelerar el fin de la guerra.
El agente británico quedó tan impresionado con Berzin que transmitió el contenido de sus reuniones al cónsul estadounidense DeWitt Poole (nada que ver con el general Poole de Arcángel), al cónsul francés Grenard y a su agregado militar, el general Jean Lavergne.
Todos se mostraron entusiasmados con las propuestas de Berzin y se comprometieron a colaborar por la causa, con lo que la cantidad total disponible para los letones ascendió a 1,4 millones de rublos. 4