7. El turno de ST1 #3
Con los funcionarios de inteligencia de Petrogrado desperdigados y los embajadores de Vólogda evacuados en Arcángel, el peso de la terrible ira bolchevique recayó sobre los que se quedaron en Moscú.
Un día después del desembarco, el Ejército Rojo estaba «convirtiendo las casas del centro de la ciudad en fortalezas, con la creencia de que pronto habría un levantamiento serio», y los chequistas merodeaban por las calles pidiendo documentos de identidad.
Armado con los salvoconductos que había conseguido de los líderes bolcheviques en tiempos más felices, Lockhart pasó sin problemas por los controles y llegó al consulado de Wardrop.
Tenía intención de discutir con su antiguo detractor la mejor manera de trabajar juntos para capear el temporal, pero no tuvieron tiempo de trazar ningún plan.
Lockhart apenas había comenzado a quejarse a Wardrop sobre el desastroso desembarco aliado, cuando miró por la ventana y vio que el consulado estaba rodeado por chequistas armados.
Lockhart y Wardrop corrieron escaleras abajo y echaron una indignada bravata con la que entretuvieron a los intrusos en la entrada el tiempo suficiente para que los empleados de las oficinas del primer piso quemaran documentos confidenciales y destruyeran claves secretas.
Cuando los chequistas finalmente lograron entrar, arrestaron al personal de Wardrop y registraron el consulado en busca de material de contrabando.
Después de romper todos los cajones y rasgar los cojines de todos los asientos, los hombres de Dzerzhinsky abandonaron el edificio y clavetearon las puertas al salir.
Tras mostrar sus pases de salvoconducto, Lockhart recibió un gruñido de asentimiento y la orden del comandante chequista de que abandonara el recinto inmediatamente.
Ello lo salvó de un registro exhaustivo, pero la situación distaba mucho de ser buena.
Al regresar al Hotel Elite, Lockhart descubrió que Lingner, Tamplin y Alfred Hill habían sido arrestados y que su habitación había sido registrada y precintada. 12
Al igual que la ostentación de Peters respecto al destino de los anarquistas, Lockhart debería haber tomado las redadas en el consulado y en su oficina como una señal para salir de Rusia.
Sopesó la idea y empezó a hacer planes para irse a Suecia la primera semana de agosto.
Sin embargo, este coqueteo con la retirada fue tan breve como poco sincero, viniendo de un hombre para quien la ambición personal era oxígeno para respirar y el coqueteo con el peligro, instinto para sobrevivir.
Cuando los bolcheviques terminaron su operativo en el Hotel Elite, Lockhart se limitó a trasladarse al apartamento del callejón del Pan que había compartido con Jean durante su etapa como cónsul general y estableció una nueva oficina en la calle Gran Lubianka, a pocas manzanas de la sede de la Cheka.
Lejos de huir del fuego, Lockhart estaba decidido a jugar con él.
La impulsividad y sed de aventuras de los Macgregor explican en parte esta actitud, pero el pragmatismo de los Lockhart también influyó en su toma de decisiones durante los primeros días de agosto.
Meses de apoyo a los contrarrevolucionarios y de defensa de una invasión aliada a gran escala significaban que había apostado su reputación profesional por la lucha antibolchevique.
Hasta que sus esfuerzos en esa lucha dieran fruto, tirar la toalla sería un suicidio profesional.
Las esperanzas de Lockhart de que los blancos y los socialrevolucionarios le proporcionaran esta «victoria» se habían visto frustradas por la incapacidad de ambos grupos para responder de manera significativa al deslucido desembarco aliado.
Sin embargo, este revés no había alterado la situación.
Los bolcheviques seguían siendo una amenaza para Rusia y para el esfuerzo bélico de los aliados, incluso cuando su régimen parecía estar al borde del precipicio.
Mientras otros funcionarios aliados habían sido víctimas de redadas y represión, Lockhart seguía en libertad y podía actuar libremente dentro de los imprecisos parámetros de su misión.
Él era el único que seguía teniendo el poder de empujar a los bolcheviques al abismo del olvido y, por ello, no podía abandonar.
Moura también influyó en la decisión de Lockhart de continuar con su misión.
Ella había puesto fin a su breve pero intensa aventura cuando le informó en junio de que estaba embarazada.
Tras recuperarse de la conmoción que le causó la noticia, Lockhart se dejó convencer por Moura de que lo mejor era que ella regresara a Yendel y sedujera a Djon para que se acostara con ella, dando pie a que él pudiera creer que el niño era suyo.
El plan era absurdo en muchos sentidos. Para empezar, la condesa se había desenamorado irrevocablemente de Djon, que había dado todo su apoyo a los alemanes y había acogido la ocupación de Estonia por parte de estos como una liberación del yugo de Lenin.
Por otro lado, el viaje a Yendel era peligroso.
De camino durante el levantamiento socialrevolucionario de julio, Moura hizo una escala de dos días en Petrogrado, donde fue testigo de la brutal ejecución pública por parte de la Cheka de decenas de presuntos espías e insurgentes.
Cuando finalmente llegó a Yendel, exhausta y con los nervios a flor de piel, sintió repulsa por Djon y fue incapaz de llevar a cabo el plan.
Embarazada de Lockhart, no podía negar la intensidad de su amor hacia él, ni alejarse de su emocionante vida de intrigas.
Habiendo descartado la idea de seducir a Djon, el 15 de julio Moura emprendió un peligroso viaje de regreso a Moscú en ferrocarril, coche de caballos y a pie para volver a los brazos de su amado « baby boy ».
Este acto de devoción, sumado a la perspectiva de tener un hijo —un regalo aún más valioso debido a la prematura muerte de la hija de él y Jean— hizo que Lockhart «fuera reacio a abandonar Rusia a causa de Moura».
Esta reafirmó su compromiso con Lockhart mudándose con él y Hicks al apartamento del callejón del Pan, lo que transmitió bienestar a su amado incluso con los chequistas allanando los edificios de los aliados y sus relaciones personales con los bolcheviques en caída libre.
Con su musa al lado, Lockhart estaba convencido de que podía escapar de cualquier enemigo y capear cualquier temporal.
Esta sensación de blindaje a prueba de balas, combinada con la necesidad de triunfar en la maraña de su arriesgada misión, hizo que el agente británico fuera todo oídos cuando Reilly volvió a aparecer en agosto en compañía de un par de misteriosos soldados letones y con un plan para lograr la victoria que tanto ansiaba. 13