Un espía en Moscú 7. El turno de ST1 #2
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7. El turno de ST1 #2

Cada vez más temerosos de los enemigos internos, después de asesinar a los Romanov los bolcheviques centraron su atención en los embajadores aliados.

Días después de la masacre de Ekaterimburgo, el vicecomisario de Asuntos Exteriores, Karl Radek, llegó a Vólogda con una pistola en la mano y órdenes de convencer a los diplomáticos para que regresaran a Moscú.

David Francis comprendió que Radek pretendía utilizarlo a él y a sus colegas como rehenes en caso de que los aliados o los checos trataran de hacerse con la capital.

Asustado pero desafiante, el embajador estadounidense se mantuvo firme ante Radek, rechazó las exigencias del indeseado visitante como una afrenta a los protocolos diplomáticos y se negó a cumplirlas a menos que se le obligara por la fuerza.

Radek, consciente de la gravedad de su amenaza, dio marcha atrás.

Esto dio tiempo a Francis y al resto de los diplomáticos a preparar un tren que los llevó de Vólogda a la relativa seguridad de Arcángel, cortando así uno de los últimos lazos que unían a los aliados a los bolcheviques.

Lockhart interpretó la misión de Radek en Vólogda como una señal de que los funcionarios aliados que quedaban en Rusia tenían los días contados.

Acorralados y con el mundo entero en su contra, los bolcheviques parecían dispuestos a expulsar, encarcelar o fusilar a cualquier enemigo en cualquier momento.

Nada parecía estar fuera del alcance de aquellos hombres a quienes Lockhart había tenido la esperanza de llamar amigos apenas meses antes. 10

Ahora más que nunca, Lockhart buscaba medidas para atenuar el peligro.

Sin embargo, cuando finalmente desembarcaron las tropas aliadas en Rusia el 4 de agosto, lo hicieron en una escala suficiente para seguir espantando a los bolcheviques, pero sin animar a personajes como Sávinkov o a los blancos a levantarse en masa, como deseaban Lockhart, Reilly y Grenard.

La fuerza británica inicial estaba compuesta por menos de cinco mil hombres, de los cuales solo unos pocos centenares pudieron desembarcar en la primera oleada debido al mal tiempo.

A estos les siguieron unos pocos miles de soldados franceses y estadounidenses, que fueron desplegados en pequeñas oleadas durante las semanas siguientes.

Lockhart estaba consternado. Había explicado con detalle a sus superiores en Whitehall que los grupos contrarrevolucionarios con los que había estado en contacto pedían que los desembarcos se hicieran «en bloque» para que el final de los bolcheviques pareciera lo suficientemente seguro para provocar un levantamiento general en todo el país.

Como dijo el atormentado agente británico a sus jefes políticos, «el apoyo que recibamos de Rusia será directamente proporcional al número de tropas que enviemos».

En cambio, tras la interminable disputa con el gabinete de Guerra y con su propia y tortuosa deriva de férreo detractor de la intervención a apasionado defensor de la misma, el consejo de Lockhart de que Arcángel, Múrmansk y Vladivostok debían ser invadidos simultáneamente y de la forma «más imponente posible» cayó en saco roto.

Lo inevitable acabó sucediendo. Cuando la noticia de la modesta invasión aliada se extendió por Rusia, los generales blancos dudaron del movimiento que debían emprender y comenzaron a discutir entre ellos.

Todavía convalecientes del fracaso de su mal calculado levantamiento de julio, los seguidores de Sávinkov tampoco pasaron a la acción.

De hecho, en el momento del desembarco aliado, Sávinkov huía de la Cheka y se dirigía al este, hacia Kazán.

La ausencia del legendario insurgente probablemente influyó en las memorias de Hill y Lockhart, que pasan de resaltar el apoyo que le brindaron en la primera mitad de 1918 a retratarlo como un fanfarrón adicto a la morfina y propenso a empinar el codo hasta perder el conocimiento.

Pero, en aquel momento, los vicios personales de Sávinkov eran la menor de las preocupaciones de Lockhart.

Entre la ausencia de una oleada contrarrevolucionaria en las ciudades y la escasez de tropas aliadas en el norte, parecía claro que, tras meses de preparación, la intervención iba a ser un fiasco que no serviría para desalojar a los bolcheviques del poder. 11

Aparte de las consecuencias políticas, la intervención hizo añicos al equipo de Lockhart.

Denis Garstin, que seguía alistado en el ejército, había sido llamado a filas en Arcángel antes de la invasión y acabó muriendo heroicamente en un tiroteo contra el Ejército Rojo «tras capturar por sus propios medios un vehículo blindado y quedar expuesto cuando intentó asegurar otro».

En Petrogrado, la Cheka respondió al desembarco arremetiendo contra varias células socialrevolucionarias sospechosas de querer actuar en connivencia con los invasores.

Seis de los mensajeros de Hill fueron detenidos, junto con funcionarios de inteligencia franceses que trabajaban para Noulens.

El apartamento de Reilly en Petrogrado también fue registrado, lo que obligó al «As de Espías» a pasar la noche en casa de una de sus amantes.

Sabiamente, Hill se alejó de las ciudades y fue a visitar a sus saboteadores antialemanes en Ucrania hasta que los ánimos se calmaron.

Boyce, sin embargo, era una figura demasiado conocida para pasar desapercibido en la red de refugios que Hill y Reilly habían creado, por lo que fue arrestado por la Cheka.

Aunque solo estuvo detenido durante veinticuatro horas, esta medida contra el jefe de la estación del MI6 fue una señal inequívoca para todos los representantes aliados de que el Kremlin había decidido ir a por todas.