Un espía en Moscú 7. El turno de ST1
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7. El turno de ST1

C APITÁN G EORGE H ILL

A pesar de la metedura de pata inicial, Reilly se mantuvo fiel a su carácter descarado y no siguió la senda del plan acordado.

En vez de ir a Vólogda o Moscú, se dirigió a Petrogrado, donde pasó varias semanas quedando con antiguos contactos y estableciendo una red de informantes, todo ello sin avisar a Lockhart de que estaba invadiendo su terreno.

Sin embargo, sí telegrafió a Cumming para informarle de que, para ganar la guerra, los aliados tendrían que asegurar Múrmansk y Arcángel e impedir que la Flota del Báltico rusa cayera en manos alemanas, haciéndola saltar por los aires en caso necesario.

Que Reilly mencionara este gran plan a Lockhart en el primer encuentro de ambos es algo que el agente británico nunca reveló.

Al recordar esta primera reunión con el autoproclamado «As de Espías», Lockhart escribió en sus memorias que «le echó una bronca de maestro de escuela y lo amenazó con mandarlo de vuelta a casa» mientras trataba de controlar el ataque de risa que le provocaba el descaro de aquel hombre.

Tras encajar el golpe con entereza, Reilly pasó a la clandestinidad viviendo a caballo entre Moscú y Petrogrado y colaborando con Boyce y Hill, al tiempo que convocaba reuniones con contrarrevolucionarios en el apartamento de una de sus amantes.

Reilly se dio cuenta de que «era importante —escribiría Robin, el hijo de Lockhart, en su biografía del espía— no comprometer al líder de la misión británica», por lo que se mantuvo alejado del agente británico.

Al igual que gran parte del cuento que Lockhart hijo escribió sobre las hazañas de Reilly, esta versión de los hechos obedece al argumento expuesto por su padre décadas antes: que Reilly era un elemento impredecible con el que Lockhart tenía muy poco contacto.

La causa de esta puesta en escena fue un acto terrorista que había tenido lugar a pocas calles de distancia, en la embajada alemana, donde dos hombres bien vestidos se habían presentado diciendo ser funcionarios de la Cheka.

La pareja exigió ver al embajador Mirbach alegando que tenían información urgente que darle sobre la existencia de un complot para asesinarlo.

No mentían. Segundos después de ser conducidos al estudio del embajador, los infiltrados se identificaron como miembros del Partido Socialrevolucionario de Izquierda, la facción radical del Partido Socialrevolucionario.

Con el fin de que el Tratado de Brest-Litovsk se rompiera y Alemania se animara a volver a invadir Rusia y aplastar a los bolcheviques, los dos hombres descargaron sus pistolas sobre Mirbach y huyeron por una ventana, no sin dejar antes una segunda granada activada junto al cuerpo del embajador moribundo para asegurarse del exitoso desenlace del magnicidio.

La noticia del asesinato de Mirbach fue transmitida por radio a los líderes bolcheviques presentes en el Bolshói, donde decidieron suspender los actos y confinar el edificio.

El ambiente en el teatro era tan tenso que a uno de los fusileros letones, que normalmente eran de fiar, se le cayó una granada por unas escaleras, lo que provocó una explosión que alteró aún más los nervios de los presentes.

Reilly y un representante de la misión francesa que también se encontraba en el palco de Lockhart notaron esta tensión con especial intensidad.

Así, mientras los fusileros registraban el edificio en busca de explosivos y asesinos, los invitados de Lockhart se sacaron los documentos que llevaban en los bolsillos, los rompieron en pequeños pedazos, los masticaron frenéticamente y se los tragaron.

Cuando recordó este suceso en sus memorias, Lockhart no dice que se uniera al festín de papel de sus acompañantes.

Sin embargo, posteriormente informó a Whitehall de que había destruido sus documentos tras el asesinato del conde Mirbach.

Esto hace pensar que, posiblemente, algunos de los papeles que Reilly ingirió eran de Lockhart o que este siguió el ejemplo de ST1 y quemó su propio material comprometedor una vez que se levantó el confinamiento del Bolshói y regresó al Hotel Elite.

La cuestión relativa al contenido de los documentos de Lockhart y los engullidos por Reilly y su anónimo homólogo francés está abierta a las conjeturas.

Con todo, podría no ser una coincidencia que las granadas utilizadas por los asesinos de Mirbach hubieran sido suministradas por el embajador francés Joseph Noulens, quien, al igual que Lockhart y Reilly, había estado pasando dinero a los socialrevolucionarios durante meses.

Además, el hombre al que Noulens entregó las granadas ocupaba una habitación en el Hotel Elite, en el mismo pasillo que la suite de Lockhart y Hicks.

Independientemente de que esto significara que el agente británico estuviera vinculado de alguna manera al complot para asesinar a Mirbach, lo cierto es que él y Reilly estaban colaborando en diversas actividades subversivas cuando se produjo el asesinato. 8

Estas actividades continuaron incluso después del fracaso del gran levantamiento de Sávinkov, que se lanzó tras el asesinato de Mirbach a pesar de que el tan reclamado desembarco aliado no se materializó.

Como informó con pesar Lockhart a Whitehall, sin fusiles británicos ni franceses que la respaldaran, la contrarrevolución de Sávinkov fue «completamente reprimida y la mayoría de los líderes, capturados» en un solo día.

Desanimado por este fracaso, Lockhart se prometió a sí mismo que el error no volvería a producirse.

Durante el mes de julio convocó más reuniones secretas con contrarrevolucionarios de los que consiguió información confidencial sobre el número de efectivos y la capacidad combativa tanto del Ejército Rojo como del Ejército Blanco.

Ayudó el hecho de que «muchos de los líderes de estas organizaciones eran viejos amigos personales» (otro rédito más de la capacidad de Lockhart para relacionarse con la misma soltura tanto con monárquicos blancos reaccionarios como con insurgentes de las alas izquierda y derecha de los socialrevolucionarios).

Algunas de estas reuniones tuvieron lugar en compañía del cónsul general de Francia, Fernand Grenard, quien, al igual que su embajador Noulens, detestaba a los bolcheviques y estaba dispuesto a ver correr sangre por las calles de Moscú si ello significaba el fin de su dominio.

Desesperados por mantener viva la llama de la contrarrevolución tras el fracaso de Sávinkov, Lockhart y Grenard obtuvieron millones de rublos de sus respectivos gobiernos y de los ricos desfavorecidos de la Rusia zarista que entregaban fondos a cualquiera que prometiera actuar contra Lenin y Trotski.

Al mismo tiempo, Lockhart exigió a sus superiores en Whitehall que organizaran una fuerza de invasión de doce mil hombres para desembarcar en los puertos árticos y, sopesando una intervención coordinada en el este de Rusia, les habló de cómo las tropas japonesas y checas «podrían invadir con éxito Siberia hasta el Volga».

En julio de 1918, Lockhart estaba firmemente decidido a derrocar el régimen bolchevique. 9

El pensamiento de grupo promovido por los diplomáticos franceses, que odiaban a Lenin, y por Reilly, obsesionado con la subversión, no fue la única razón por la que el apoyo de Lockhart a un levantamiento contrarrevolucionario se intensificó durante el verano.

Para entonces ya había aceptado que el país que le había robado el corazón estaba muerto y no había posibilidad de resucitarlo.

Las noches de libertinaje y las juergas bohemias de la Rusia anterior a 1917 habían sido erradicadas por la violenta represión de los bolcheviques y sus maniobras cada vez más erráticas para mantenerse en el poder.

Esta desoladora realidad quedó clara para Lockhart el 17 de julio, cuando le llegó la noticia de que el zar y su familia, que estaban bajo arresto domiciliario por los bolcheviques en la ciudad siberiana de Ekaterimburgo, habían sido encerrados en un sótano y acribillados a balazos.

Como primer representante aliado en Rusia que recibió la noticia de la masacre, Lockhart envió un telegrama a Whitehall inmediatamente.

Lo hizo con la infinita tristeza de saber que la noticia del asesinato de la familia real fue recibida con indiferencia por muchos en Moscú.

Aquellos cuya despreocupación había resultado encantadora para el escocés años atrás parecían haberse vuelto insensibles al horror de vivir bajo el bolchevismo.