6. Doble juego #3
Los esfuerzos de los bolcheviques por poner fin a la anarquía también preocupaban al agente británico.
La mañana del 12 de abril, él y Robins recibieron en el Hotel Elite la visita de un hombre llamado Yákov Peters, que insistió en que lo acompañaran en un paseo en coche.
Peters, un estibador letón convertido en insurgente antizarista, había sido perseguido por la Ojrana en Rusia a principios de siglo y encontrado refugio en el este de Londres.
Allí se afilió a un grupo de emigrantes subversivos que robaron una joyería en Houndsditch en 1910, lo que dio lugar al llamado «asedio de Sidney Street», en el que Winston Churchill, entonces secretario de Estado de Interior, supervisó la actuación de los Guardias Escoceses en un tiroteo en las calles de Londres.
Aunque fue acusado de matar a tres agentes de policía, Peters fue absuelto de su participación en los disturbios y regresó a Rusia, donde abrazó la causa bolchevique.
Ascendió en las filas del partido y, en diciembre de 1917, fue nombrado segundo al mando de la Cheka, implacablemente dirigida por Félix Dzerzhinsky, un celoso y calculador maestro del espionaje al que la prensa contemporánea apodó acertadamente «el papa negro del bolchevismo».
Había sido por orden de Dzerzhinsky por lo que Peters fue a ver a Lockhart y Robins aquella fresca mañana de abril e insistió en que subieran a la parte trasera de su Rolls-Royce.
Incapaces de rechazar aquella orden disfrazada de petición, la pareja fue conducida por Moscú en un recorrido por sus guaridas anarquistas, la mayoría de las cuales eran antiguas mansiones que habían sido abandonadas por sus adinerados propietarios cuando estalló la revolución.
En un tono cortésmente amenazante, Peters explicó a sus pasajeros que él y Dzerzhinsky habían deducido que las mansiones eran la fuente de la que emanaba la anarquía de la ciudad.
Para restaurar el orden, habían decidido reducir a osarios las que una vez fueron elegantes moradas.
Como recordó uno de los chequistas implicados en esta operación en la llamada «Casa de la Anarquía» de la calle Malaya Dmitrovka, los «canallas anarquistas» habían llevado a esa morada «innumerables armas de todo tipo, ametralladoras que asomaban amenazantes por las ventanas e incluso había un cañón de montaña [un miniobús] en la entrada».
Esto obligó a los chequistas y a los soldados de la Brigada de Fusileros Letones a entrar por la fuerza derribando las puertas con granadas y masacrar a sus enemigos en el interior.
Con Peters haciendo de guía, Lockhart y Robins se vieron obligados a inspeccionar el resultado de la operación de la Cheka.
Los techos y paredes de la mansión estaban cosidos a balazos y los cadáveres yacían esparcidos sobre alfombras empapadas en sangre.
Algunos de los muertos todavía seguían sentados y desarmados, junto a mesas cubiertas de botellas rotas y ceniceros fríos.
Los caídos no eran solo bandidos. La mirada de Lockhart se fijó en los uniformes militares que algunos llevaban puestos.
También le perturbaron los cadáveres retorcidos de varias mujeres jóvenes, cuyos asesinatos Peters justificó encogiéndose de hombros con indiferencia y dando a entender que eran prostitutas.
También aseguró a sus horrorizados invitados que esta y las demás atrocidades cometidas contra los anarquistas eran necesarias para poner fin a la ola de crímenes en Moscú y reprimir a los enemigos políticos de los bolcheviques. 11
Fue un momento en el que Lockhart tendría que haber hecho un alto y reflexionar sobre su situación.
Había creado una red clandestina, algunos de cuyos miembros estaban en contacto con los rusos blancos, en un momento en que Lenin y Trotski estaban siendo cada vez más duros con sus enemigos.
Además, dos semanas antes de que Peters alardeara de los cubos de sangre que estaba dispuesto a derramar en defensa del régimen, Lockhart había enviado uno de sus primeros comunicados a Whitehall en el que hablaba abiertamente de tender la mano a los socialrevolucionarios opuestos a los bolcheviques para «averiguar si había alguna intención de iniciar una contrarrevolución».
Lockhart estaba jugando con fuego. Sin embargo, entre la emoción de comandar su equipo de subversivos, su creciente aversión por el bolchevismo y su apasionada aventura con Moura, el mismo aventurero que había jugado alegremente con el honor de un sultán en Malasia y perseguido a revolucionarios armados en Finlandia se negaba ahora a abandonar el peligroso sendero por el que se estaba adentrando.
Fue por esto por lo que, dos semanas después de la macabra exposición que había hecho Peters sobre lo que les esperaba a los anarquistas, Lockhart, sin dejarse intimidar, se reunió con el líder socialrevolucionario Borís Sávinkov.
Miembro de la insurgencia y con una legendaria reputación en Rusia, Sávinkov se había hecho famoso antes de la guerra como líder de un grupo paramilitar que llevó a cabo innumerables actos de terrorismo, incluido el asesinato de funcionarios zaristas.
En 1917 había servido brevemente en el gabinete de Kérenski, pero una vez que los bolcheviques llegaron al poder, pasó a la clandestinidad y se convirtió en una figura destacada del movimiento para derrocar a Lenin y Trotski.
Sávinkov comunicó esta condición a Lockhart jactándose de tener dos mil seguidores organizados en células repartidas por Moscú y Petrogrado.
Algunos estaban entrenados en la fabricación de bombas, mientras que otros eran hábiles propagandistas o espías profundamente infiltrados.
Todos ellos —aseguró el terrorista al agente británico— estaban curtidos en la práctica de la violencia más atroz y su plan era organizar un levantamiento contra los bolcheviques que se desencadenaría con el asesinato de Lenin la próxima vez que pusiera los pies fuera de las altas murallas del Kremlin.
Era un plan arriesgado y éticamente cuestionable, pero a Lockhart le pareció lógico.
Cercados por el desembarco japonés y los levantamientos checos, los bolcheviques parecían cada vez más unos oportunistas a los que el tiempo se les echaba encima.
Cromie y Moura habían informado de que el sentimiento antibolchevique estaba aumentando en Petrogrado, mientras que todo lo que Lockhart veía y escuchaba le hacía concluir que el momento contrarrevolucionario en Moscú también se aproximaba a marchas forzadas.
Posicionado y preparado para derrocar un régimen tambaleante, Sávinkov le pareció a Lockhart un hombre cuyo momento había llegado. 12
Algunos en Whitehall pensaban lo mismo. Sávinkov insistió a Lockhart en que las tropas aliadas debían desembarcar en Arcángel y Múrmansk al mismo tiempo que sus correligionarios socialrevolucionarios lanzaran sus ataques sobre Moscú y Petrogrado, los cuales incluirían el «asesinato de todos los líderes bolcheviques la noche del desembarco aliado».
Seguidamente, Sávinkov propuso, con el respaldo de las bayonetas amigas, formar un «gobierno que en realidad sería una dictadura militar».
Eran unos planes tan discordantes que hasta el displicente agente británico solicitó orientación oficial sobre si debía seguir hablando con el ambicioso y sanguinario Sávinkov, a lo que recibió una simple respuesta de dos palabras de lord Curzon desde el gabinete de Guerra: «Lo apruebo».
La lacónica contestación reflejaba la aprensión que sentía el gabinete al tratar con un terrorista.
Sin embargo, tal como Curzon reflejó en las actas internas, «los métodos de Savinkoff [ sic ] son drásticos», pero «probablemente eficaces».
Los diplomáticos franceses en Moscú pensaban lo mismo y proporcionaron a Sávinkov miles de rublos para hacerse con el personal y las armas que necesitaba para el gran día. 13
Por su conexión con el plan golpista de Sávinkov, su red de informantes y saboteadores, y la ayuda prestada a Kérenski, el agente británico ya estaba comprometido con la actividad antibolchevique cuando anunció a los diplomáticos de Vólogda su cambio de postura sobre la intervención.
Lockhart no era un maestro del espionaje, pero tras meses de conspiraciones con subversivos, disfrutaba actuando como tal.
Por esta razón, a medida que se intensificaban sus conversaciones con Sávinkov, el agente británico empezó a hablar con otro personaje cuestionable que estaba igualmente decidido a acabar con el bolchevismo.
Pero no sabía que este hombre iba a provocar la destrucción de su imperio de intrigas, el fin de su misión y un ensanchamiento de la ya considerable brecha entre Moscú y Occidente. Su nombre era Sidney Reilly.