Un espía en Moscú 6. Doble juego #2
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6. Doble juego #2

También es posible que Lockhart y Hill tuvieran algo que ver con que Moura comenzara a trabajar para la Cheka, la policía secreta bolchevique, en mayo de 1918.

A mediados de ese mes, Moura viajó a su Ucrania natal para recabar información para los bolcheviques sobre la situación del gobierno títere antisocialista que los alemanes habían establecido en Kiev.

No se puede asegurar con certeza que Lockhart y Hill empujaran a Moura a realizar esta peligrosa labor para infiltrarla en la Cheka como agente doble, pero, como mínimo, obtuvieron de ella información sobre las fuerzas antibolcheviques en Ucrania.

A este respecto, resulta interesante el hecho de que, el 25 de mayo, Lockhart reportara a Whitehall que había sido informado por una «fuente fiable» sobre la existencia de bolcheviques en Ucrania que estaban traicionando a Moscú poniéndose «en contacto con los alemanes».

Posteriormente, Moura recordó esta época como un tiempo en que «hablábamos de “la Misión”», pero cuando Lockhart escribió sus memorias en la década de 1930, ella le pidió que eliminara del manuscrito cualquier mención relativa a su «toque Mata Hari».

Fuera lo que fuera lo que Moura estuviera tramando en 1918, los detalles fueron lo suficientemente delicados para que no quisiera que se supieran más de una década después. 7

Además de las labores de inteligencia, Lockhart también se dedicó al negocio de la exfiltración.

El 15 de mayo recibió en el Hotel Elite la visita de un hombre imponente y de aspecto nervioso que, a pesar de ser desconocido para Lockhart, se dirigió a él llamándolo «Roman Romanovich», el nombre por el que lo conocían sus amigos y contactos rusos.

En el largo silencio posterior, los ojos del confundido agente británico se fueron acostumbrando al semblante del hombre.

Entornando los párpados y recurriendo a su imaginación, identificó al visitante como un antiguo asistente de Kérenski que, tras cortarse su imponente barba para evitar ser reconocido por la Cheka, se había colado de incógnito en el hotel para pedirle ayuda con la evacuación al Reino Unido del antiguo jefe del Gobierno provisional.

Desde su precipitada huida del Palacio de Invierno el año anterior, Kérenski había estado escondido, tratando en vano de reunir apoyos para un contragolpe contra los bolcheviques.

Debido a las divisiones entre los blancos —muchos de ellos no soportaban a Kérenski—, sus planes no prosperaron.

Esto lo llevó a concluir que necesitaba apoyo político y financiero del extranjero para su cruzada antibolchevique.

En un principio había acudido a Wardrop para pedirle un pasaporte que le permitiera huir de Rusia y buscar aliados en el Reino Unido.

Temiendo las repercusiones políticas de ayudar a un enemigo de Lenin, Wardrop rechazó la petición del antiguo primer ministro.

Su decisión se ajustaba a la opinión reinante en Whitehall.

Cuando Lockhart informó al gabinete de Guerra británico de la petición de ayuda de su misterioso visitante, la respuesta que obtuvo fue rotunda: «Debe desaconsejar la propuesta de que Kérenski viaje a Inglaterra».

El descarado agente británico ignoró esta orden inequívoca.

Días después de recibir al rasurado emisario de Kérenski, Lockhart informó al gabinete de Guerra de que había falsificado un pasaporte serbio para el primer ministro huido y había enviado a este a Múrmansk.

Además, Lockhart aconsejó al gabinete que, una vez que Kérenski llegara a Londres, sería prudente mantener su identidad en secreto, ya que el agente todavía mantenía contactos con «varias personas importantes de diferentes partidos» en Rusia, en opaca referencia al tipo de antibolcheviques con los que trabajaban Lockhart y su equipo. 8

Por lo tanto, antes de su supuesto giro repentino en contra de los bolcheviques en Vólogda, Lockhart se había convertido en la pieza clave de una red encubierta con vínculos con los contrarrevolucionarios.

La pregunta es: dada su situación, ¿por qué siguió discutiendo con Whitehall en favor de un acuerdo de los aliados con los bolcheviques?

La respuesta es sencilla. Libre de las firmes convicciones políticas que llevaron a gente como Robins y Sadoul a la irrelevancia, Lockhart estaba apostando a varios caballos en esta carrera.

Aunque esperaba un acuerdo entre los aliados y los bolcheviques, el agente británico no era tan ingenuo para no prepararse para una ruptura abierta entre Whitehall y el Kremlin, cosa que, en abril de 1918, parecía más probable que la fantasía de los hombres de Trotski de hacer frente común con las tropas británicas y francesas.

Esto se debía a que, temiendo nuevas incursiones alemanas en Rusia, Lenin había ofrecido una rama de olivo diplomática a Berlín, lo cual condujo al nombramiento de un embajador alemán en Moscú, el conde Wilhelm von Mirbach, el 23 de abril.

Lockhart estaba molesto por tener en su zona a un representante del enemigo británico e interpretó la llegada con aires de suficiencia de Mirbach como el fin de cualquier posibilidad de acercamiento entre los aliados y los bolcheviques.

Esta impresión se vio reforzada por la creciente renuencia de Trotski a reunirse con Lockhart con la misma regularidad que antes.

Mientras las atenciones de los bolcheviques pasaban del agente británico al embajador alemán, en la lejana Vladivostok desembarcaron por fin los japoneses, aunque en pequeño número y con el pretexto de responder a un incidente en el que unos soldados ebrios del Ejército Rojo habían matado a tres comerciantes japoneses de la ciudad.

El argumento esgrimido por Tokio de que solo se intentaba proteger la vida de los ciudadanos japoneses en Vladivostok fue irrelevante para los bolcheviques.

Lo que importaba era que quinientos pares de botas japonesas habían pisado suelo ruso sin invitación.

Este suceso y el provisional restablecimiento de las relaciones ruso-alemanas ensanchaban la brecha existente entre los aliados y el Kremlin, dejando a Lockhart aislado en el vacío resultante. 9

A medida que su distanciamiento de Lenin y Trotski crecía cada vez más, Lockhart también comenzó a poner en duda su hipótesis inicial de que la revolución fuera irreductible.

Tras el desembarco japonés en Vladivostok, la Legión Checa, que avanzaba hacia el este en dirección a la ciudad portuaria, comenzó a enfrentarse a las guarniciones del Ejército Rojo establecidas a lo largo de la línea del ferrocarril Transiberiano.

Los checos ganaron estas batallas con contundencia y expulsaron a los bolcheviques de varias ciudades siberianas, lo que puso en un brete el futuro de la revolución en el centro de Rusia.

En los enclaves rojos de Moscú y Petrogrado, el control del poder por parte de los bolcheviques también parecía estar debilitándose.

La escasez de comida que había asolado tanto al régimen zarista como al Gobierno provisional persistió en la era bolchevique, incluso después de que un decreto de Lenin sobre el reparto de alimentos estableciera nuevas medidas para la distribución de cereales.

Muchos rusos seguían al borde de la inanición, y la falta de pan y la sensación de desesperación avivaban los crímenes de odio.

A principios de marzo, unos bandidos hicieron bajarse de su trineo a un oficial de la Cheka, le robaron sus pertenencias y lo dejaron desnudo en medio de Petrogrado.

Un destino peor aguardó a dos chequistas fuera de servicio, que fueron asesinados a tiros en un bar de Moscú semanas más tarde.

Otros anarquistas reavivaron la ola de terrorismo salvaje que había invadido Rusia a principios del siglo  XX merodeando por las calles, haciendo detonar bombas y coreando «muerte a la civilización mundial».

Tal amenaza indiscriminada contra propios y extraños significaba que ni siquiera los funcionarios aliados se libraban del bandolerismo.

Una mañana, Robins se despertó y se encontró con un «grupo de entre diez y doce anarquistas armados con bayonetas» rodeando su camión de la Cruz Roja.

La banda sacó al conductor de la cabina y le dio una paliza despiadada antes de huir con el vehículo y su preciado cargamento de alimentos y medicinas.

El consulado de Wardrop también fue asaltado en varias ocasiones por bandidos armados que dispararon innecesariamente contra las paredes y rompieron jarrones de flores mientras exigían las billeteras del personal.

Lenin y Trotski llevaban seis meses en el poder, pero, en opinión de Lockhart, estaban muy lejos de dominar cuestiones básicas como eran alimentar y proteger a su población. 10