Un espía en Moscú 6. Doble juego
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6. Doble juego

Doble juego

No sabía nada de espionaje y muy poco sobre los servicios secretos, salvo que existían.

R OBERT B RUCE L OCKHART

La inmersión de la condesa en la vida del agente británico se había intensificado en las semanas posteriores a la firma del Tratado de Brest-Litovsk, durante las cuales la pareja actuaba como si la guerra se estuviese librando en las antípodas.

Perdida en un incipiente cortejo de paseos en trineo, conversaciones distendidas y veladas regadas con alcohol en compañía de Cromie, Hicks y Garstin, Moura recordó esos momentos como «los días felices y agradables» en los que Bertie se convirtió en su « baby boy ».

El amorío todavía no se había consumado físicamente, pero conectaban intelectual y emocionalmente de una manera que iba más allá de la amistad.

Durante este proceso prestaron poca atención a Djon o Jean.

El primero había regresado a Yendel hecho una furia tras la revolución bolchevique.

Como patriota zarista, Djon no podía contemplar la idea de unirse a Lenin.

Esto llevó al deterioro de sus relaciones con Moura, quien, a pesar de su cautela hacia los bolcheviques, asumió que los tiempos del zarismo habían llegado a su fin.

En otras palabras, Moura tenía una visión abierta de la situación que coincidía más con las opiniones de Lockhart que con las de su esposo.

Lockhart seguía una deriva similar en su distanciamiento de Jean, que se había quedado en Gran Bretaña cuando él regresó a Rusia en enero de 1918.

Las primeras cartas que Robert envió a casa eran afectuosas y sinceras.

En ellas hablaba de sus preocupaciones por la misión y aseguraba a Jean que todo iba bien y que la quería profundamente.

Sin embargo, una combinación de respuestas de Jean —en las que advertía a Lockhart de que sus «informes no despertaban simpatías» en Whitehall—, el coqueteo con Moura y la intensidad de su trabajo cambiaron el rumbo de la relación.

Consumido por todo lo que tenía que ver con Rusia, Lockhart pasó gradualmente de escribir emotivas misivas a enviar breves noticias a Jean a través del australiano Rex Leeper, que se convirtió en el enlace entre la pareja en crisis.

Sin duda, Jean intuyó que su marido se estaba metiendo demasiado alegremente en el torbellino ruso de intrigas, contactos y vida social con los alemanes a la vuelta de la esquina y los bolcheviques en el poder.

Esto la llevó a sugerirle que podría ir a verlo a Moscú.

Su sensación de alejamiento se acentuó aún más cuando Lockhart respondió a través de un intermediario de Whitehall que la Rusia revolucionaria era un lugar demasiado peligroso para que se aceptara su solicitud de viajar hasta allí. 4

Lockhart pensaba en Moura cuando redactó esta respuesta, pero también tenía motivos más creíbles para mantener a Jean alejada.

Aparte del peligro que entrañaba vivir en las anárquicas ciudades rusas, en ese momento se encontraba plenamente dedicado a las tareas de adaptación de su equipo a la nueva misión después de Brest-Litovsk.

Cuando Lindley evacuó la embajada de Petrogrado en la última semana de febrero, se negó a ceder a sus empleados a Lockhart.

Pero esto no significaba que el agente británico se quedara solo.

Hicks le era exageradamente leal y Garstin estaba involucrado en la misión de guerra más interesante que había tenido nunca.

Por ello, ambos aceptaron quedarse con Lockhart en Moscú.

Cromie se tomó muy en serio su labor de mantener la Flota del Báltico rusa fuera del alcance de los alemanes y pasó la primavera elaborando planes para hundir las naves en caso de producirse un avance germano.

Para asegurarse de que se encontraría en el lugar adecuado cuando llegara el momento de ejecutar este gran acto de sabotaje, Cromie tomó el control efectivo del edificio abandonado de la embajada británica en el Muelle del Palacio después de que Hicks y Lockhart abandonaran Petrogrado y se mantuvo en estrecho contacto con sus compatriotas en Moscú.

Cuando llegó a la nueva capital bolchevique y se instaló en el Hotel Elite, Lockhart se llevó una grata sorpresa al descubrir que tres voluntarios habían decidido no seguir a Lindley al exilio y unirse a su misión.

Las nuevas incorporaciones al equipo eran Guy Tamplin y George Lingner, especialistas en claves secretas, y el capitán Alfred Hill (no confundir con George Hill), que llevaba en Rusia desde 1914 realizando labores de inteligencia para el ejército.

Fuera de este núcleo, Robins siguió proporcionando información hasta que partió hacia Estados Unidos en mayo, y Lockhart también se mantuvo en contacto con Hill, del MI6, a quien, al igual que al agente británico, sus superiores le habían dicho que podía «quedarse en Rusia con bastante libertad de acción».

El corresponsal de The Manchester Guardian en Rusia, Arthur Ransome, también fue un importante colaborador del equipo de Lockhart.

Al igual que Robins, este periodista de izquierdas había quedado cautivado por el momento revolucionario, hasta el punto de mantener una relación sentimental con la secretaria de Trotski.

Ransome alquiló una habitación en el Hotel Elite, a solo unas puertas de la suite del agente británico, por donde se pasaba a menudo para proporcionarle información.

Esto allanó el camino para su reclutamiento oficial por el MI6 en septiembre de 1918.

Completando el nuevo equipo de Lockhart estaba Moura, que mantenía el contacto con Cromie en Petrogrado y, tras trasladarse a Moscú en abril, compartía con su apuesto amante cualquier información útil que obtuviera. 5

Como parte de la reconfiguración del equipo, Lockhart dejó que Birse y Phelan regresaran a casa y, en marzo, envió un telegrama a Whitehall para solicitar que las carreras militares de Cromie, Hicks y Garstin «no se vieran perjudicadas en modo alguno por la decisión de acompañarme en mi misión y que cualquier efecto negativo que pudiera derivarse de mi labor política tampoco los afectara en modo alguno».

Esta sospechosa elección léxica revela cómo Lockhart cambió los parámetros de su misión después de Brest-Litovsk.

La negociación de acuerdos comerciales y la organización de visitas exploratorias a ciudades industriales ya no eran prioritarias, lo que hacía que Phelan y Birse fueran prescindibles.

En su lugar, Lockhart confió en un grupo de saboteadores y espías para lograr el objetivo de restablecer el frente oriental.

Aquí es donde la historia que Lockhart cuenta en sus memorias —a saber, que él no era más que un semidiplomático librando la honrosa batalla por las relaciones entre los aliados y los bolcheviques, y que solo abrazó la causa de la intervención a regañadientes— empieza a desmoronarse. 6

Mientras Lockhart pasó la mayor parte de marzo y abril de 1918 enfrentándose con Whitehall por la cuestión de la intervención, también se puso «en contacto con prácticamente todos» los personajes importantes de la clandestinidad contrarrevolucionaria rusa.

Tan evidente era la implicación de Lockhart en las intrigas antibolcheviques, que Robins comenzó a sospechar de sus intenciones y, a mediados de abril, confió a su diario que su amigo actuaba «demasiado alegremente» teniendo en cuenta la situación de las relaciones anglobolcheviques.

Y Ransome, más que Robins, era plenamente consciente del doble juego del agente británico.

Sabía que, al mismo tiempo que se presentaba ante Trotski con «un ejemplar de History of British Socialism encuadernado en tela roja bajo el brazo», el escocés confabulador recibía de Hill información sobre la Rusia Blanca y utilizaba a la secretaria de Trotski, que era también la amante de Ransome, para obtener información personal sobre su jefe.

No fue la única mujer bien situada que Lockhart utilizó como fuente.

Poco después del comienzo de su romance, Moura le proporcionó informes sobre la situación en Petrogrado, no todos ellos relacionados con complots antibolcheviques.

En una ocasión, Moura sostuvo que los alemanes estaban planeando asaltar por mar la ciudad el 1 de mayo.

Curiosamente, este informe de la aristócrata era idéntico al recibido por el embajador estadounidense David Francis en Vólogda, lo que hace pensar que las capacidades de Moura como agente de inteligencia habían mejorado desde sus días de aguzar el oído sobre las vanidosas élites de Petrogrado que acudían a sus salones literarios.