Un espía en Moscú 5. Encrucijada #4
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5. Encrucijada #4

Al igual que del dinero que se estaba canalizando hacia los blancos, Lockhart también estaba al tanto de las actividades de Hill.

Poco después de trasladarse a Moscú, se puso en contacto con el hombre del MI6, quien le reveló que contaba con pleno apoyo del gobierno para llevar a cabo operaciones antibolcheviques.

Lockhart también se dio cuenta de que a los agentes aliados que favorecían un acercamiento con los bolcheviques se les negaba ese respaldo.

El estadounidense Robins pasó gran parte de la primavera viajando entre la oficina de Lenin en el Kremlin y la improvisada embajada de su país en Vólogda tratando desesperadamente de conseguir una autorización de Washington para enviar ayuda a los bolcheviques.

Su misión era tan inútil como la del francés Sadoul, también probolchevique, cuya obstinada insistencia en que los aliados colaboraran con Lenin y Trotski llevó al embajador estadounidense, David Francis, a concluir que era un agente doble. 11

A Lockhart le caía bien Robins, y con Sadoul, aunque lo encontrara algo voluble de carácter, solía estar de acuerdo.

Se veía identificado con estos dos hombres que intentaban que Washington y París reconocieran a los bolcheviques como los gobernantes legítimos de Rusia y dieran su respaldo tácito a los logros de su revolución.

El lado Macgregor del agente británico —aventurero y guiado por las emociones— influyó en su afinidad con el pensamiento poco convencional de Robins y Sadoul.

Sin embargo, el pragmático y más frío Lockhart admitía que su misión no era ayudar a los bolcheviques, sino derrotar a Alemania.

Esperaba conseguirlo concediéndoles el deseo de que Japón se mantuviera alejado de Siberia a cambio de su consentimiento para que las tropas aliadas occidentales desembarcaran en los puertos árticos.

Frente a las negativas tanto del Foreign Office como de los líderes bolcheviques a aceptar esas condiciones de intervención, Lockhart se encontró con un nudo gordiano que solo se podía deshacer haciendo una concesión.

La decisión a la que se enfrentaba en mayo de 1918 era qué forma adoptaría esa concesión.

En sus memorias, Lockhart sitúa el lugar de su decisión en Vólogda, donde había estado la primera semana de mayo para discutir con los diplomáticos emigrados la política de intervención aliada.

Cuando el agente británico partió de Moscú para asistir al encuentro, Robins ya había tirado la toalla y preparaba su vuelta a Estados Unidos.

Después de anotar con resignación en su diario que «la marea está bajando y nos hemos quedado solos en todos los frentes», el norteamericano decidió dar un último paso para negociar un acuerdo entre los aliados y los bolcheviques llevando una carta personal de Lenin a Wilson.

Cualquier esperanza que albergara de convencer a su presidente de que negociara con los bolcheviques se vio frustrada por el hecho de que, como informó el jefe de inteligencia británico en Washington, «aquí no se toma en serio al coronel Robins y no será recibido por el presidente Wilson».

Senadores, congresistas y jefes de Estado Mayor también ignoraron la carta de Robins, lo que perjudicó aún más su ya quebrantado estado de ánimo.

Mientras tanto, Sadoul se había enemistado con el embajador francés Joseph Noulens.

Ardoroso antibolchevique, Noulens se negó a tolerar la vena rojiza de Sadoul y, como un padre que le quita el juguete favorito a su hijo problemático, le confiscó sus códigos.

Aferrándose a la imposible tarea de unir a los aliados y a los bolcheviques, Robins y Sadoul se habían expulsado a sí mismos del partido. 12

Lockhart temía correr la misma suerte y aceptó que el desempoderamiento marcaría su futuro si seguía dándose cabezazos con los muros de Whitehall.

En Malasia había fracasado como plantador de caucho y en el Moscú prerrevolucionario había estrellado su prometedora carrera contra las rocas de una pasión ineficaz.

Ya sabía lo que era ser un perdedor, pero se negaba a pasar de nuevo por ahí, así que, «para escapar del estigma de ir en contra de la opinión unánime de todos los representantes aliados ...

capitulé» y, junto con los respetables diplomáticos de Vólogda, convino en que las tropas aliadas debían desembarcar en Rusia, le gustara o no a Trotski.

Se brindó con oporto y brandy, hubo palmaditas en la espalda y el embajador David Francis comunicó a Washington que «Lockhart está totalmente a favor de la intervención aliada con o sin la aprobación soviética».

Al menos, así fue como Lockhart lo contó en sus memorias.

En realidad, semanas antes de este momento de revelación, el agente británico ya había iniciado su viraje contra Lenin y Trotski por razones que contradecían sus posteriores afirmaciones de pragmatismo profesional.

Lo que condujo a Lockhart a tramar la destrucción de los bolcheviques fueron más bien las dos fuerzas más poderosas en su vida: el encanto de una mujer y la promesa de aventuras. 13